La política espectáculo no es nueva, ni mucho menos. Ya en los años 60, el controvertido Guy Debord hablaba de ella, inscrita en lo que denominaba la sociedad espectáculo. Pero podríamos remontarnos muy bien hasta las escenificaciones del partido Nazi o la propaganda soviética y, por supuesto, ha estado muy presente siempre en la política norteamericana, desde Eisenhower a, por supuesto, Trump, pasando por Kennedy, Reagan y Obama.
Manejar bien la política espectáculo no es sencillo, pero suele funcionar bien «que hablen de uno, aunque sea bien» y la pelea no consiste en quien hace las mejores propuestas, sino por quien atrae las cámaras.
En España la política nos ha dado espectáculos interesantes. Recuerdo el dóberman del PSOE del 96, o a Hermida con las nuevas caras del PP de Aznar, quien montó el primer departamento de telegenia de un partido en España, o las puestas en escena de Caldera, la imagen de Chacón pasando revista a las tropas embarazada y, desde luego, el paso de los políticos por programas de entretenimiento.
Pero, en ninguna campaña, como en ésta, ha primado tanto el concepto del espectáculo por el espectáculo. Podemos es una fuerza política construida por obra y gracia de este principio, que también está detrás de la polémica generada por el PP con su himno a ritmo de merengue o su reciente y acertada producción audiovisual. El partido de Rivera que es más desigual y tiene una dependencia grande de la sobreexposición de su líder, nos ha dado recientemente algún momento bueno con la visita a Venezuela. El PSOE, que empezó bien con la llamada de Sánchez a Sálvame, y consiguió atraerse todas las cámaras durante la investidura, está resultando previsible, y aun así remonta posiciones. A ver las próximas semanas.
martes, 14 de junio de 2016
lunes, 6 de junio de 2016
Florecitas
El Correo de Andalucía 06-06-2016
En las últimas semanas, cada vez que coincido con algún militante o simpatizante socialista veo en su semblante la sombra de la preocupación. La pregunta que me hacen es siempre la misma: «Antonio ¿cómo ves la cosa?» Y mi respuesta, rara vez los deja más tranquilos.
Y es que tengo la impresión de que el PSOE no ha sabido leer la estrategia de esta segunda campaña. El partido que siempre supo interpretar mejor que nadie la partida de ajedrez que era la política en España no está sabiendo adaptarse a un escenario en el que las reglas son más parecidas a las del Risk, y se reciben ataques a diestro y siniestro. En marketing político, al diseñar esta campaña, lo primero que preguntaríamos es ¿por qué tengo que votar al PSOE y no a otros? La respuesta no parece que la respondan los mensajes de una campaña que a PP y Podemos interesa polarizada entre ambos.
Un partido que aspire a apelar a su base y que desee motivarla debe poner la atención en sus símbolos y su historia. Su discurso debe ir encaminado a motivar a su electorado más duro. Y, sinceramente, creo que la estrategia del PSOE, en esto, está de momento pinchando en hueso. Si se toma el mapa de España se puede ver claramente cómo el PSOE es fuerte en la mitad sur, mientras que, de Madrid para arriba, ha perdido ya cualquier atisbo de lo que llegó a ser ¿Es lógico en estas circunstancias introducir como tema de campaña la cuestión territorial y hacerlo de tal forma que cree incertidumbres en Andalucía, Extremadura o La Mancha, sin terminar de convencer en Cataluña? ¿O que el PSC firme acuerdos con Colau?
Ayer escuché a Pedro Sánchez en una entrevista reconocer que el electorado socialista está desmotivado. Es un buen comienzo, pero no sé si lo van a hacer reaccionar con florecitas.
Si quieres ver el artículo original, pulsa aquí.
En las últimas semanas, cada vez que coincido con algún militante o simpatizante socialista veo en su semblante la sombra de la preocupación. La pregunta que me hacen es siempre la misma: «Antonio ¿cómo ves la cosa?» Y mi respuesta, rara vez los deja más tranquilos.
Y es que tengo la impresión de que el PSOE no ha sabido leer la estrategia de esta segunda campaña. El partido que siempre supo interpretar mejor que nadie la partida de ajedrez que era la política en España no está sabiendo adaptarse a un escenario en el que las reglas son más parecidas a las del Risk, y se reciben ataques a diestro y siniestro. En marketing político, al diseñar esta campaña, lo primero que preguntaríamos es ¿por qué tengo que votar al PSOE y no a otros? La respuesta no parece que la respondan los mensajes de una campaña que a PP y Podemos interesa polarizada entre ambos.
Un partido que aspire a apelar a su base y que desee motivarla debe poner la atención en sus símbolos y su historia. Su discurso debe ir encaminado a motivar a su electorado más duro. Y, sinceramente, creo que la estrategia del PSOE, en esto, está de momento pinchando en hueso. Si se toma el mapa de España se puede ver claramente cómo el PSOE es fuerte en la mitad sur, mientras que, de Madrid para arriba, ha perdido ya cualquier atisbo de lo que llegó a ser ¿Es lógico en estas circunstancias introducir como tema de campaña la cuestión territorial y hacerlo de tal forma que cree incertidumbres en Andalucía, Extremadura o La Mancha, sin terminar de convencer en Cataluña? ¿O que el PSC firme acuerdos con Colau?
Ayer escuché a Pedro Sánchez en una entrevista reconocer que el electorado socialista está desmotivado. Es un buen comienzo, pero no sé si lo van a hacer reaccionar con florecitas.
Si quieres ver el artículo original, pulsa aquí.
martes, 31 de mayo de 2016
¿Qué fue de Sócrates?
El Correo de Andalucía 31/05/2016
La última semana me ha hecho recordar mis días de instituto, en una época en que el griego clásico y la filosofía no parecían asignaturas inútiles. Y se me ha venido a la memoria una frase recurrente que Platón ponía en boca de Sócrates: «Los sabios proceden con moderación».
Y he recordado esta frase, tras las elecciones en Austria y las referencias al avance de la ultraderecha. Desde mi punto de vista se trata de un análisis incompleto. No es sólo que la ultraderecha esté avanzando, es que la moderación está retrocediendo. En Austria, por ejemplo, por primera vez han quedado fuera de la segunda vuelta el partido socialista y el cristiano demócrata, un síntoma más de la mala situación de los partidos tradicionales en el viejo continente. ¿Quizás el fenómeno Trump obedezca al mismo proceso?
La situación económica y social de Europa ha llevado a los votantes a ser más radicales y extremistas en sus comportamientos electorales y eso ha desembocado en un auge de partidos de extrema izquierda y de extrema derecha, o en el endurecimiento de los discursos de los partidos tradicionales, que ven como sus posiciones históricas no hacen más que distanciarlos de sus teóricas bases sociales. ¿Es justo pensar que esto se debe sólo a la mala calidad de nuestra clase política? ¿No ha sido también el comportamiento de los electores el que ha provocado, por ejemplo, el endurecimiento de las posiciones de Merkel con respecto a los refugiados? ¿Si las posiciones moderadas fueran las imperantes entre los votantes alemanes creemos que la CDU se hubiera planteado la necesidad de cambiar su posición inicial?
Y es que ya lo decía Bernard Shaw, la democracia garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos.
La última semana me ha hecho recordar mis días de instituto, en una época en que el griego clásico y la filosofía no parecían asignaturas inútiles. Y se me ha venido a la memoria una frase recurrente que Platón ponía en boca de Sócrates: «Los sabios proceden con moderación».
Y he recordado esta frase, tras las elecciones en Austria y las referencias al avance de la ultraderecha. Desde mi punto de vista se trata de un análisis incompleto. No es sólo que la ultraderecha esté avanzando, es que la moderación está retrocediendo. En Austria, por ejemplo, por primera vez han quedado fuera de la segunda vuelta el partido socialista y el cristiano demócrata, un síntoma más de la mala situación de los partidos tradicionales en el viejo continente. ¿Quizás el fenómeno Trump obedezca al mismo proceso?
La situación económica y social de Europa ha llevado a los votantes a ser más radicales y extremistas en sus comportamientos electorales y eso ha desembocado en un auge de partidos de extrema izquierda y de extrema derecha, o en el endurecimiento de los discursos de los partidos tradicionales, que ven como sus posiciones históricas no hacen más que distanciarlos de sus teóricas bases sociales. ¿Es justo pensar que esto se debe sólo a la mala calidad de nuestra clase política? ¿No ha sido también el comportamiento de los electores el que ha provocado, por ejemplo, el endurecimiento de las posiciones de Merkel con respecto a los refugiados? ¿Si las posiciones moderadas fueran las imperantes entre los votantes alemanes creemos que la CDU se hubiera planteado la necesidad de cambiar su posición inicial?
Y es que ya lo decía Bernard Shaw, la democracia garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos.
martes, 24 de mayo de 2016
El Día del Celíaco
El Correo de Andalucía 24-05-2016
Sé que las personas que me conocen esperarían que este primer artículo tratara sobres las próximas elecciones. Sin embargo, me siento en la obligación moral de abstraerme momentáneamente de la atmósfera política y futbolística que lo invade todo y centrarme en un hecho que, no por pasar más desapercibido, es menos importante. El próximo viernes es el Día del Celíaco y quiero mostrar solidaridad con un colectivo que, sólo en Sevilla, incluye a casi 20.000 personas.
Cuando comencé a tener relación con la enfermedad hace más de una década –soy padre de una hija celíaca y la naturaleza se ha encargado de concienciarme– el desconocimiento era absoluto. Hoy, sin embargo, es bastante común que cuando a alguien le menciones la enfermedad sepa, al menos, que consiste en una intolerancia al gluten y que los que la padecen no pueden ingerir trigo y otros cereales. También es bastante común encontrar quien te diga «ya hay muchas cosas para celíacos».
Y es cierto. Pero todo lo que se ha conseguido en los últimos años ha sido por la visión comercial de algún establecimiento que veía en el colectivo un apetitoso nicho de mercado o, sobre todo, por el esfuerzo de un puñado de afectados que han dedicado de manera desinteresada gran parte de su tiempo a intentar mejorar la calidad de vida de personas que cuando salen se tienen que conformar con una pechuga de pollo a la plancha mientras los que están a su alrededor se deleitan con una cola de toro o unas espinacas con garbanzos, o viven con resignación el hecho de que una modesta pieza de pan cueste más de tres euros de media.
Lamentablemente los poderes públicos, en este asunto, no están, aunque se les espera. De momento ni la Junta ni el Gobierno están a la altura, y es una pena.
Puede ver el artículo original aquí.
jueves, 27 de junio de 2013
lunes, 17 de diciembre de 2012
Concierto benéfico: Misa en mi menor de Bach
Este jueves 20, a las 21:00 en la Iglesia del Sagrario. Concierto en beneficio del Banco de Alimentos.
Participan:
- Orquesta Sinfónica Hispalense
- Coro de la Universidad de Sevilla
- Coro Sacrae Armonia
- Director: José Carlos Carmona
- Rocío de Frutos, Soprano I
- Mª Jesús Pacheco, Soprano II
- Jorge E. Gª Ortega, Alto
- Francisco Romero, Tenor
- Javier Jiménez, Bajo
Venta de entradas:
- Coro de la Universidad de Sevilla
- En la entrada del concierto desde 30 min. antes.
- Por las mañanas, de 10 a 14 hs en calle Peral, 51, bajo (final de la Alameda). Unión de Actores e Intérpretes de Andalucía.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
miércoles, 20 de junio de 2012
Si...
Si puedes mantener en su lugar tu cabeza cuando todos a tu alrededor,
han perdido la suya y te culpan de ello.
Si crees en ti mismo cuando todo el mundo duda de ti,
pero también dejas lugar a sus dudas.
Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no te domina el odio
Y aun así no pareces demasiado bueno o demasiado sabio.
Si puedes soñar y no hacer de los sueños tu amo;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes conocer al triunfo y la derrota,
y tratar de la misma manera a esos dos impostores.
Si puedes soportar oír toda la verdad que has dicho,
tergiversada por malhechores para engañar a los necios.
O ver cómo se rompe todo lo que has creado en tu vida,
y agacharte para reconstruírlo con herramientas maltrechas.
Si puedes amontonar todo lo que has ganado
y arriesgarlo todo a un solo lanzamiento ;
y perderlo, y empezar de nuevo desde el principio
y no decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón y tus nervios y tus tendones,
para seguir adelante mucho después de haberlos perdido,
y resistir cuando no haya nada en ti
salvo la voluntad que te dice: "Resiste!".
Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
o caminar junto a reyes, y no distanciarte de los demás.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el inexorable minuto,
con sesenta segundos de lucha bravia...
Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más: serás un hombre, hijo mío.
Rudyard Kipling
han perdido la suya y te culpan de ello.
Si crees en ti mismo cuando todo el mundo duda de ti,
pero también dejas lugar a sus dudas.
Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no te domina el odio
Y aun así no pareces demasiado bueno o demasiado sabio.
Si puedes soñar y no hacer de los sueños tu amo;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes conocer al triunfo y la derrota,
y tratar de la misma manera a esos dos impostores.
Si puedes soportar oír toda la verdad que has dicho,
tergiversada por malhechores para engañar a los necios.
O ver cómo se rompe todo lo que has creado en tu vida,
y agacharte para reconstruírlo con herramientas maltrechas.
Si puedes amontonar todo lo que has ganado
y arriesgarlo todo a un solo lanzamiento ;
y perderlo, y empezar de nuevo desde el principio
y no decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón y tus nervios y tus tendones,
para seguir adelante mucho después de haberlos perdido,
y resistir cuando no haya nada en ti
salvo la voluntad que te dice: "Resiste!".
Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
o caminar junto a reyes, y no distanciarte de los demás.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el inexorable minuto,
con sesenta segundos de lucha bravia...
Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más: serás un hombre, hijo mío.
Rudyard Kipling
lunes, 4 de junio de 2012
LA LÍNEA 26
(Un relato breve de Antonio Hernández Espinal)
Querida Elena,
Después de tantos
meses, he considerado necesario ponerme en contacto con usted por medio de esta
carta.
Hoy hace justo
un año que nos conocemos o, por decirlo con más propiedad, que yo la conocí a usted
Es curioso, pero lo recuerdo perfectamente, a pesar de que en aquel momento no
era consciente de que ese hecho me iba a marcar la vida ¡Tenemos tanto en
común!
Soy una
persona acomodada que he podido organizar todos y cada uno de los aspectos que
rodean mi vida, justo a la medida de mis
necesidades. Tengo un buen trabajo, considerando que un buen trabajo es aquel
en el que me pagan mucho más de lo que quizás merezco por la labor que
desempeño, y que me da suficiente tiempo libre como para no tener que vivir
exclusivamente para trabajar. No trabajo de cara al público, gracias a Dios; nunca
me ha gustado demasiado tratar con la gente. Por eso vivo cómodamente, en una
soledad elegida y bien administrada, en una amplia casa —quizás demasiado para
mí— en las afueras. Soy un hombre cultivado y muy prudente, aficionado a la
buena literatura y usuario diario del transporte público, ya que detesto los
coches y ni siquiera tengo permiso de conducir.
Fue en enero,
me dirigía a mi trabajo en autobús, como hago todos los días. Es la misma línea
26 que ambos solemos tomar y que nos lleva por un interminable recorrido hasta
el centro, donde ambos tenemos nuestro trabajo. Yo suelo cogerlo a las siete y
treinta y cinco y usted lo hace a las ocho y veintidós, puntualmente, todos los
días. Nunca se ha retrasado, ni me ha sorprendido tomando el autobús que pasa cinco
minutos antes, ni el que lo hace cinco minutos después. Siempre el mismo, y eso
la hace aún más fascinante.
Como le decía,
era enero y hacía mucho, mucho frío. Era uno de esos días de enero lluviosos y
desagradables en los que uno está deseando ponerse a cubierto para calentarse
un poco. Son días en los que el obligado tránsito hasta el trabajo, o de vuelta
a casa, se vuelve insoportable, se hace más largo que nunca, si cabe. Y usted
sabe bien que en días así el autobús suele ir repleto hasta la bandera.
A menudo suelo
llevar algún libro a mano pero en esta ocasión no llevaba nada, así que me
dediqué, como he hecho tantas veces, a observar a las personas que abarrotaban
aquel autobús. Las juzgo en silencio y aventuro cómo serán sus vidas. Me gusta
sacar conclusiones según los hábitos que observo en ellos. Si leen tal o cual
cosa, si se quedan dormidos; veo cómo visten cada día o si juegan o hablan por
el teléfono móvil.
He de
confesarle que soy terriblemente bueno en esto. Me imagino, por ejemplo lo
aburrida que tiene que ser la vida de esa señora que, desde que la conozco, lee
novelas de amor sentada en el autobús. Cuando hablo de novelas de amor, no me
refiero a grandes obras de la literatura universal, como “Desayuno con
diamantes”, “Lolita” o “Cumbres borrascosas”. Me refiero a esas novelillas de
poca calidad que suelen tener dibujos, en la portada, de hombres musculosos, con
el torso desnudo y moreno, que abrazan a mujeres vestidas como si se hubieran
escapado de “Lo que el viento se llevó”, que se ofrecen lánguidas, presas de un
amor arrebatado y pecaminoso. Todo sobre un fondo de acantilados en un
atardecer con tormenta. —¿Por qué dibujan a estos señores con el torso desnudo,
con el día tan feo que hace?— No sé si se habrá percatado de la existencia de
esa señora, de que ella nunca se arregla, ni se pinta, y lleva años con la
misma ropa, pero se entrega con fruición a la lectura de esas novelillas, para huir,
sin duda, de una vida aburrida y sin emociones. Una vez se me sentó a mi lado y
pude comprobar, con desagrado, que huele a gato. Un olor insoportable y
penetrante que no puedo resistir, le confieso. Sin duda vive sola,
probablemente acompañada por uno o más felinos. En fin, esta mujer desagradable
y solitaria no viene al caso, sólo quería ilustrarle mi afición a observar a
las personas cuyos destinos convergen por azar con el mío, unos minutos, en el
autobús de la línea 26 y que me ayudan a matar el tiempo que tengo que invertir
obligatoriamente en mis traslados.
Pero aquel
maravilloso día de enero fue diferente porque usted entró en mi vida. Fue, como
tienen que ser las sorpresas agradables, sin avisar. Fue como un rayo de sol en
aquel día lluvioso. Desde entonces, los viajes en la línea 26 no han vuelto a
ser los mismos.
La verdad es
que no la vi entrar. Había demasiadas personas en el autobús aquella mañana y
yo estaba sentado en el fondo, pendiente de la conversación de una muchacha vulgar
y gritona con el que supuse que era su novio. Cuando me aburrí de la
conversación empecé a mirar al resto del pasaje, pero no encontré a nadie que
captara mi atención.
Buscando algo
que me ayudara a matar el tiempo alcancé a ver, por fin, su reflejo en el
cristal. Aquella visión fue hipnótica, fue una revelación, una epifanía. Su
imagen aparecía desdibujada, cambiante, pero intuí su belleza, su piel rosada y
pálida y aquellos rizos anaranjados con que tanto he soñado desde entonces.
Quería ver su imagen nítida, pero se me escapaba, a veces por el efecto de las
luces de la ciudad, que igual me la revelaban con claridad un instante, que la
oscurecían o la teñían de colores imposibles, como si se hubiera escapado de un
cuadro de Chagall. Su reflejo se iba desfigurando por el efecto de las gotas de
agua que salpicaban aquel cristal grabado —no lo olvidaré nunca—con el letrero
de “Romper en caso de emergencia”, que se exhibía como una amenaza, puesto que
en aquel momento aquel cristal era la bola mágica que unía mi mundo con el
suyo. Si se rompía, aunque fuera por una emergencia real, como un incendio o un
accidente, usted y yo podríamos quedar separados para siempre y ese pensamiento
me angustiaba y me hacía sentir deseos de detener el tiempo, si eso hubiera
sido posible.
El autobús se
detuvo y usted se levantó por fin. Pude verla en todo su esplendor. Comprobé
que aquellos rizos dorados que tanto me habían cautivado estaban, en realidad,
mojados y pegados a su cabeza. Se le había corrido el maquillaje y tenía la
ropa mojada y pegada al cuerpo —su cuerpo menudo y torneado fue para mí una
revelación. Aquella visón duró tan sólo unos segundos, hasta que llegó a su
parada, pero su imagen permaneció en mis retinas toda aquella jornada e,
incluso, aquella misma noche. No piense mal de mí, me limitaba a rememorar aquel
viaje en la línea 26 y de cómo usted había venido a romper el habitual hastío y
la monotonía. Yo no la llamé, pero irrumpió en mi vida y la cambió para
siempre.
A la mañana
siguiente me desperté como un niño en su primer día de colegio, expectante. Volví
a tomar el autobús temiendo no volver a verla, enumerando mentalmente las
muchas razones que podían hacer que no volviéramos a coincidir. De hecho, yo
tomaba todos los días el 26 a la misma hora pero jamás antes la había visto, y
eso no era una buena señal, puesto estaba convencido de que, de haberlo hecho,
habría reparado sin duda en su presencia —ya le he comentado lo buen observador
que soy y cómo suelo reparan con detalle en todos mis insignificantes
compañeros de viaje.
Pero allí
estaba usted, puntual, como siempre desde aquel día. No fallaba usted ni una
sola vez a nuestra cita.
Intenté no
perderla de vista cada día desde entonces. Procuraba ocupar algún asiento que
me permitiera observarla con detenimiento, memorizar cada uno de sus detalles,
de sus gestos. Durante aquellos meses aprendí a apreciar su buen gusto por la
buena literatura, la exquisitez de sus movimientos, la deliciosa forma en que
le gustaba pasar desapercibida reservándose, sin duda, sólo para mí.
Aquel invierno
leyó usted “Sabor a chocolate”, una interesante novela de José Carlos Carmona,
un relativamente conocido autor español. Recuerdo que me fijé en que no llevaba
alianza, lo que no significaba necesariamente que no estuviera casada. Pero me
descubrí contento y aliviado por pensar que usted era libre, libre como yo.
En primavera,
leyó usted “El Gran Gatsby”, de Scott Fitzgerald. Yo disfrutaba con sus blusas
y agradecí, enormemente, que el clima nos hubiera librado a los dos de unas
ropas de abrigo que la ocultan y que no le hacen justicia. En aquella época
reparé en que de su cuello pendía un colgante con la letra “E” y estuve semanas
elaborando listas, aventurando cual sería su nombre: Edurne, Edelmira, Edna,
Eduvigis, Esther, Eleonor, Eloisa o, quizás, el más moderno y desgraciadamente
de moda en la época en que sus padres decidieron cómo llamarla, Elisabeth. No,
no podía ser Elisabeth. Usted no se merecía llamarse así.
Imagino que
puede estar preguntándose por qué no la abordé, ni intenté entablar
conversación. La verdad es que yo sabía que usted había reparado en mi
existencia. Alguna vez nuestras miradas se habían cruzado en el autobús. Cuando
eso ocurría, yo fingía recorrer el interior del vehículo con la mirada, fijando
la vista en otras personas, a pesar de que ya no me importaba nadie más que usted
Me sabía patético y sé que jamás la pude engañar con ese ardid, pero
comprenderá que no sabía cuál iba a ser su reacción y no quería, no podía
permitirme perturbar, de aquella manera, la relación que habíamos forjado día a
día, en aquel autobús de la línea 26.
A veces, el
azar hacía que se sentara a mi lado, lo que yo solía recibir con tal
estremecimiento, que temía que usted se percatara y saliera huyendo de mí. Pero
eso nunca ocurrió. En esos días me deleitaba con su suave y grácil movimiento
de manos, con sus uñas cuidadas y pintadas, con su magnífico gusto para elegir
sus pulseras o su reloj pero, sobre todo, me embriagaba de su perfume, aquel
perfume sutil que tenía el poder de trasportarme a otros mundos, que me hacía
vivir una vida que no era mía. Un perfume que usted dosificaba, sin duda, con
el mimo necesario para que no fuera agresivo, sino sugerente.
Le confieso
que, la primera vez que lo olí, dediqué toda la tarde a buscarlo en unos
grandes almacenes. Fue una tarea durísima en la que, sin duda, mi pituitaria
tuvo que sufrir un sinfín de aromas arrogantes y ofensivos, hasta que di con
él, entre otros muchos de una estantería. “Luz” de Victorio & Luccino, en
aquel envase transparente y redondo, decorado con tres letras serigrafiadas en
rojo sobre. Cuando acerqué el ridículo cartoncito que dispensan para las
pruebas, su olor me transportó a aquel autobús de la línea 26, junto a usted,
leyendo “Libertad” de Jonathan Franzen. Le confieso con rubor que compré un frasco.
Quizás piense que mi comportamiento fue un poco enfermizo pero debe tener
presente que aquel recipiente era lo único que nos mantenía unidos a los dos,
las muchas horas que teníamos que pasar separados y que se me antojaban
eternas. Debería haber intuido que un perfume con ese nombre era el suyo. Luz.
Exactamente lo que usted representaba para mí en todos mis amaneceres de
autobús, oscuros y lóbregos. Para mí, amanecía cada día exactamente a las ocho
y veintidós.
A final de la
primavera, la sorprendí leyendo “La Crónica del pájaro que le da cuerda al
mundo” de Murakami; o mejor debería decir que fue usted quien me sorprendió a
mí. Habíamos compartido el mismo gusto por todos aquellos títulos con que usted
se deleitaba durante sus viajes en autobús, pero nunca pensé que podría ser
aficionada a la literatura oriental, tan lejana a nuestra cultura. No lo dudé
ni un instante y me compré el libro esa misma tarde, lo que, sin duda, fue una
de las decisiones más acertadas de toda mi vida. No sólo porque me descubriera usted,
sin saberlo, un autor interesante y me abriera nuevas perspectivas literarias,
sino por lo que ocurrió cuando se dio cuenta de que estábamos leyendo el mismo
libro en el autobús —aunque yo prácticamente no leía nada y me limitaba a
observarla pasar las hojas, apartarse el pelo de la cara, morderse
delicadamente el labio inferior…— Usted
aquella mañana de mayo, me deleitó con su sonrisa y yo, instintivamente,
ruborizado, se la devolví. Fue sólo un instante fugaz, quizás no llegara si
quiera a un segundo, una fracción insignificante de una vida humana, pero para
mí fue más que suficiente. Nunca me he sentido tan cerca de alguien, en una
comunión tan absoluta como en aquella milésima de segundo, cuando se
entrecruzaron nuestras sonrisas cómplices, gracias a Murakami.
El once de
junio salí tarde de trabajo y, como si el destino nos hubiera unido a los tres —a
usted, a mí y a la línea 26 del autobús urbano— coincidimos también en el viaje
de vuelta. Tenía aspecto de estar cansada, aunque su luz se abría paso frente
el agotamiento. Se bajó en su parada habitual y echó a andar en dirección a los
edificios. No lo dudé, pero le confieso que tampoco lo tenía pensado. Fue un
acto reflejo, un movimiento instintivo. Algo tiró de mí, salté como impulsado
por un resorte y me deslicé furtivamente detrás suyo. Mantuve prudentemente
cierta distancia, por miedo a ser descubierto. Esa tarde marcó un punto de
inflexión en nuestra relación. Por fin iba a conocer su refugio, su hogar,
donde pasa las horas que no está conmigo —si ignoramos, evidentemente, las que
pasa trabajando.
Era una típica
urbanización de las afueras, de altos edificios, de personas jóvenes que viven
unas ajenas a las demás. En fin, usted sabe perfectamente donde vive. Entró en
un portal y anoté mentalmente el número. Debe saber —no sé si lo habrá
arreglado su Comunidad después de tantos meses— que tienen la puerta de la
calle averiada. Se lo aviso porque desde aquel día me perturba que cualquier
desaprensivo pueda seguirla hasta su domicilio. ¡Y yo no estaría con usted para
socorrerla! Le confieso que este pensamiento me ha amenazado desde entonces y
que, alguna vez, me he bajado en su parada sólo para comprobar que usted
llegaba bien a casa.
Me acerqué al
ascensor, donde se había subido y comprobé que se detenía en la planta diez y
seis. Me imaginé que usted no se sentiría a gusto viviendo en una planta tan
alta. Yo, desde luego, sería incapaz de hacerlo y por eso me compré una casa en
las afueras que, si bien es verdad que me obliga a estar metido en el autobús bastante
tiempo, me permite vivir sin preocuparme por los siempre molestos vecinos.
Calculé mentalmente: el edificio tenía 18 plantas; a 4 viviendas por planta son
un total de 72 viviendas, que con una media de 3 miembros, hacen un total de
213 insufribles vecinos, que no eran capaces de arreglar el mísero portal de la
entrada.
Este
razonamiento me alarmó porque, según las estadísticas, en su piso deberían
vivir también tres personas, lo que significaba que usted no viviría sola y que
—desde que descubrí que no llevaba alianza, me había relajado y nunca había
vuelto a reparar en ello— usted podía estar casada e, incluso tener algún hijo.
Me acerqué casi perdiendo el sentido hacia los buzones y busqué,
inmediatamente, los que correspondían a la planta 16. Enseguida me tranquilicé,
allí estaba usted, sin duda, “Elena García Fernández”, sola en su buzón, como
invitándome a pasar.
Elena, tenía
que ser Elena, me fui pensando mientras volvía a mi casa en el 26. Nombre de
origen griego que significa “la que resplandece”, rezaba en la palma de mi mano
la respuesta a la pregunta que había lanzado en Internet. Usted era perfecta en
todo, también en el nombre.
Los siguientes
días del mes de julio coincidimos, como siempre, en nuestro viaje matinal, pero
me acostumbré a almorzar en el centro y esperar unas horas haciendo tiempo,
mientras la esperaba para que volviéramos juntos a casa, ya bien entrada la
tarde.
El mes de
agosto se me hizo eterno, interminable. Intentaba pensar si habría alguna forma
de localizarla en su lugar de vacaciones pero, lamentablemente no encontré
ninguna. No me quedó otro remedio que montarme todas las mañanas en el mismo 26
donde habíamos forjado nuestra relación. Debido a que yo también estaba de
vacaciones, y que ya no tenía que trabajar, resultaba un poco tedioso hacer
tiempo hasta la tarde por si la veía montarse de nuevo en el autobús.
Finalmente, tomé la decisión de esperar junto a su casa, en el parque que hay
junto a su edificio, esperando a verla a usted o, al menos, a descubrir una
señal que me indicara que, por fin, había vuelto. No fue fácil, aunque encontré
fuerzas de flaqueza, esperando a que
usted apareciera. Sabrá muy bien que aquel parque está un poco huérfano de
sombra y, en algunos momentos, el calor que pasaba esperando al sol, llegaba a
resultar ciertamente sofocante.
Po fin llegó
septiembres y allí estuvo usted de nuevo, puntual en nuestro autobús número 26
de las ocho y veintidós de la mañana. Observé que tenía el pelo algo más largo
y la piel, quizás menos pálida, pero no había perdido nada del encanto que me
llevó, aquel día de enero, a fijarme en usted. Leía “La guerra del fin del
mundo” del genial peruano Mario Vargas Llosa y volví a sentirme en comunión con
usted.
Las siguientes
semanas fueron maravillosas y retomamos nuestra relación justo en el punto en
el que la habíamos dejado hacía poco menos de un mes.
Sin embargo,
un buen día, usted me dejó. Fue el momento más triste de mi vida y, creame, si
le digo que, desde entonces, me cuesta encontrar una razón para seguir viviendo.
Fue un 13 de octubre el primer día en que usted falló a nuestra cita puntual en
el 26. Y, después de aquella fatídica cifra, hubo un catorce y un quince, llegó
noviembre y pasó diciembre, y nunca más volvimos a vernos. Allí estábamos yo y
aquella señora leyendo una novela de amor, con una portada diferente, y sin
embargo igual a todas las que le había visto antes.
Por eso le
escribo esta carta, a aquella dirección que furtivamente encontré aquel día en
que la acompañé a su casa. No podía pasar un mes más sin saber de su
existencia, aunque eso significara revelarle la mía.
Mañana tomaré,
puntual como siempre, el autobús de la línea 26 a las siete treinta y cinco y,
a las ocho y veintidós, la estaré esperando. Si usted quiere, podemos hablar.
Soy un gran conversador, a pesar de no tener, la verdad, demasiadas personas
con quienes cultivar el placer de una buena charla. Si usted quiere, ignóreme.
Retomemos nuestra relación en los mismos términos en que la dejamos.
Pero, por
favor, no vuelva a dejarme solo, como hizo aquel día, maldita sea la hora, en
que decidió comprarse un coche.
domingo, 3 de junio de 2012
Algunas preguntas para un "hombre bueno"
Bueno, pero ¿para qué?
Dices que no eres sobornable,
pero el rayo que cae sobre la casa tampoco es sobornable.
De lo que una vez has dicho no te retractas.
Pero, ¿qué has dicho?
Dices que eres honesto, que lo que piensas lo dices.
Pero, ¿qué piensas?
Que eres valiente. ¿Contra quién?
Que eres sabio. ¿Para quién?
No te preocupa tu beneficio personal.
¿El de quién entonces?
Que eres un buen amigo. ¿De buena gente?
Entonces escucha: sabemos que eres nuestro enemigo.
Por eso ahora vamos a mandarte al paredón.
Pero teniendo en cuenta tus méritos y tus buenas cualidades,
será un buen paredón, y te dispararemos
con buenas balas de buenos fusiles
y te enterraremos con una buena pala en una buena tierra.
Nuestras derrotas no demuestran nada
Cuando los que luchan contra la injusticia
muestran sus caras ensangrentadas,
la incomodidad de los que están a salvo es grande.
¿Por qué se quejan ustedes?, les preguntan.
¿No han combatido la injusticia? Ahora
ella los derrotó.
No protesten.
El que lucha debe saber perder
El que busca pelea se expone al peligro.
El que enseña la violencia
no debe culpar a la violencia.
Ay, amigos.
Ustedes que están asegurados,
¿por qué tanta hostilidad?
¿Acaso somos
vuestros enemigos los que somos
enemigos de la injusticia?
Cuando los que luchan contra la injusticia
están vencidos,
no por eso tiene razón la injusticia.
Nuestras derrotas lo único que demuestran
es que somos pocos
los que luchan contra la infamia.
Y de los espectadores, esperamos
que al menos se sientan avergonzados.
Bertolt Brecht
viernes, 11 de mayo de 2012
UN PUÑADO DE REFLEXIONES SOBRE EL PAPEL DE TWITTER EN LA COMUNICACIÓN POLÍTICA Y ELECTORAL
Últimamente, algunos de los más prestigiosos consultores políticos españoles se han enfrascado en un debate on-line alrededor de la utilidad, o no, de Twitter en política. Todos han hecho un magnífico trabajo y todas las lecturas me han resultado tremendamente interesantes y me han aportado mucha luz sobre esta cuestión. Pero, la verdad es que no he podido evitar la tentación de aportar mi granito de arena al debate. No quiero echar más leña al fuego, pero sí poner un poquito de la mía encima de la mesa.
Cuando escucho y leo algunos comentarios sobre Twitter, siempre me acuerdo de Henri Bergson, cuando venía a decir eso de que nuestra tendencia a establecer categorías y clasificaciones era como intentar pillar el argumento de una película, observándola fotograma a fotograma. La realidad es un continuo y discutir sobre si Twitter es un medio de comunicación o una red social nos aleja de la auténtica realidad: Twitter es Twitter. Ni todos los usuarios nos acercamos igual a esta herramienta, ni el uso que se hace de ella es igual hoy que ayer y, probablemente, mañana sea muy diferente. Pero, lo queramos o no, Twitter está en escena. Quizás no sea el protagonista, pero está y tiene “su” papel.
Por otra parte, el debate sobre si es bueno o malo en política, útil o inútil, así sin más, para todos los escenarios, en todas las campañas, en cualquier parte del mundo, me parece que simplemente tiende a alejarnos de la realidad. Quizás se equivoquen aquellos que quieren ver en él la herramienta democratizadora definitiva, que ha venido a revolucionar los procesos de generación de eso que llamamos “opinión pública”. Quizás se equivoquen aquéllos que manifiestan que no sirve para nada, o para casi nada. O quizas todos tengan una parte de razón. Lo que está claro es que está y no podemos mirar para otro lado.
“El medio es el mensaje”. Todos los que nos dedicamos, en mayor o menor medida, al mundo de la comunicación, llevamos grabada a fuego esta máxima de Marshall McLuhan. Evidentemente la podemos aplicar también a Twitter, porque el hecho de utilizar esta herramienta transmite un mensaje en sí mismo. Por tanto, insisto en el hecho de que creo que no se trata de que sea intrínsecamente bueno o malo, pero es evidente que “no estar” emite un mensaje, y que “estar” emite otro muy diferente y que, por lo tanto, desde el punto de vista de la comunicación política, lo que debemos es tenerlo en cuenta y saber si nos interesa emitir ese mensaje o el contrario, y siempre será mejor intentar controlar lo que comunicamos porque es imposible no comunicar.
Twitter es sesgado. Ya sea para emitir, recibir, dialogar, observar, pulsar la realidad, o cualquier otra cosa que se nos ocurra que se puede hacer con él, lo que es evidente es que existe un sesgo sociodemográfico en el uso de esta herramienta. Si atendemos a los datos del estudio del uso de Twitter en España realizado por ADIGITAL (Asociación de la Economía Digital) de julio de 2010, hace casi un año, el perfil del usuario de Twitter en España era mayoritariamente el de un hombre joven, cuya edad oscilaba entre los 25 y los 44 años, con formación de grado superior y trabajador por cuenta ajena. Por otro lado, cabe señalar que casi la mitad de los usuarios vivían en Madrid y Cataluña. Evidentemente este perfil está muy lejos de ser una fiel traslación del de la sociedad española y debemos ser muy cuidadosos a la hora de interpretar hasta qué punto un sentir, más o menos multitudinario en Twitter, es reflejo o tiene reflejo en la opinión pública, pero no podemos obviar algunos aspectos importantes.
En primer lugar, no es un medio nada desdeñable en cuanto al número de usuarios potenciales. Las últimas cifras de Nielsen Netratings muestran como la red social, en España, ha pasado de registrar 1,5 millones de usuarios únicos en diciembre de 2009, a alcanzar una audiencia de 2,8 millones de usuarios únicos en diciembre de 2010 que, para que nos hagamos una idea, vendría a situarse en cifras próximas a la audiencia media de un programa líder como “Hoy por hoy” de la Cadena Ser. ¿Os imagináis a algún candidato rechazando una entrevista de Francino? De todas formas, por ser fiel a la realidad, para igualar la audiencia de Francino tendríamos que ser capaces de que nos siguieran absolutamente todos los usuarios de Twitter españoles. Si atendemos a los datos de la última Campaña de Elecciones Generales en España, ninguno de los candidatos alcanzó esta cifra. Rajoy tenía unos 108.000 seguidores, mientras que Rubalcaba tenía 74.000 y, francamente, la mayoría de ellos militaban en las respectivas parroquias. Tiene mucha razón Luis Arroyo cuando dice que, en general, “los que te siguen están ya convencidos”.
De todas formas, si vemos el “Klout Score” (indicador de medida de la influencia en redes sociales en una escala de 1 a 100) de Rajoy, por ejemplo, vemos que el Presidente del Gobierno tiene hoy más de 300.000 seguidores que llevan a cabo unos 14.000 retweets y unas 120.000 menciones —aquí, evidentemente, las habrá de partidarios y detractores—, y se le calcula una influencia real sobre unas 170.000 personas. No voy a profundizar demasiado en un aspecto que, por otra parte, creo que es un elemento muy a tener en cuenta, pero para interpretar estos datos debemos partir de la base de que todos somos mucho más permeables a un argumento propagado por personas a las que seguimos, que por el propio personaje político en cuestión, como nos demuestran los datos de la investigación de mercado Global Web Index, y como creen firmemente la mayoría de las empresas presentes en Internet, que no paran de intentar captar a nuevos “influenciadores”.
Este último dato puede ser interpretado de muchas maneras: alto, bajo, bueno, malo… cada candidato y cada campaña deberá valorar si estas cifras son rentables poniéndolas en relación con lo que les cuesta llevar a cabo la denominada campaña 2.0. Siento no poder extraer una conclusión a este respecto ya que este mercado se encuentra en una fase en la que podemos encontrar desde quienes contratan a algún “visionario o gurú”, que cobra una fortuna por este “elemento imprescindible y decisivo de la campaña electoral”, a quienes lo resuelven con voluntarios de mayor o menor capacidad con, a menudo, muchas ganas pero pocos conocimientos. En este sentido, si se hace un sencillo cálculo del coste por impacto —una medida muy habitual para el cálculo de la rentabilidad de cualquier acción publicitaria—, se podrá saber si tal candidato ha hecho el “canelo” o ha conseguido sacar provecho de sus escasos recursos económicos. Aquí suele haber de todo, y, por mi experiencia, quiénes menos tienen suelen sacar más partido a este tipo de comunicación, que puede conseguir un buen nivel de impacto a unos precios más que razonables. Esto no es la tele, pero es que la televisión suele costar muchísimo más y está, sobre todo en España, bastante más regulada y no suele tratar demasiado bien a los partidos sin representación parlamentaria, que también tienen que establecer sus estrategias de comunicación y para quienes Internet, a menudo, es la alternativa más rentable.
Hasta este momento he querido ser muy pragmático, pero quiero terminar esta breve aportación —sin ninguna pretensión de agotar el tema en cuestión, que tiene enormes y apasionantes matices y que soporta, como estamos comprobando, toneladas de bits—, mencionando un aspecto que, desde mi punto de vista, tiene más valor cualitativa que cuantitativamente.
La credibilidad de nuestros políticos está por los suelos. La confianza y el interés de las “personas normales” —permítaseme el uso de este término— por las cosas de los políticos —que no por la política— se encuentra bajo mínimos, lo que lleva al votante a ser bastante impermeable a los mensajes lanzados desde el mundo de la política. Creo que debemos, por tanto, reflexionar no sólo alrededor del uso de herramientas para “colocar” mensajes. Los políticos no andan sobrados de baños de realidad, ni de contacto real con el “ciudadano de a pie” —otro término clásico que me tomo la licencia de utilizar—. Por tanto, si Twitter, o Facebook —o lo que sea que aparezca mañana—, le permiten recibir mensajes desde la sociedad, aunque sean sesgados y vengan en pequeñas dosis homeopáticas de 140 caracteres, bienvenidos sean. Confieso que, más que como un medio para transmitir mensajes, me gustan estas herramientas porque permiten acercar a muchos ciudadanos a unos políticos que rara vez se suelen poner a tiro. Y, evidentemente, no podremos dialogar con todos —es ciertamente imposible—pero siempre será mejor que vivir aislado en un despacho, alimentándote de una realidad también sesgada, que importa a muy poca gente y filtrada por unos medios de comunicación que también dejan mucho que desear. Las distintas herramientas que nos aporta Internet no son la panacea, pero representan una bocanada de aire fresco después de lustros de comunicación mediada: Comunicar es dialogar, hoy más que ayer y, tengo la esperanza, menos que mañana.
Y, dicho esto, voy a “tuitear” que he escrito esta entrada en el blog a todos mis seguidores 
Antonio Hernández Espinal @el_hermeneuta
Senior Partner de Dialoga Consultores
lunes, 9 de abril de 2012
Los tópicos siempre miran al sur
EL PAÍS - Carmen Morán - 08/04/2012
Andalucía era en el siglo XIX el lugar más visitado de España por los que entonces, en lugar de turistas, se llamaban viajeros. Algunos de ellos, de renombre y buena pluma, ingleses, pero sobre todo franceses, retrataron una sociedad muy atrasada, aunque no lo estaba más que el resto del país. Y, esto es lo relevante, extendieron dentro y fuera de las fronteras una estampa costumbrista que se fijó como un daguerrotipo: bandoleros, tabernas, mujeres salerosas. Algunos contaron lo que vieron, pero muchos vinieron ya con el cuento en la cabeza. El tópico se abonó con abundancia.
Esta es parte de la mala prensa de la que habla el historiador de la Universidad de Málaga Juan Antonio Lacomba. También hubo, dice, mala suerte prolongada. El cóctel de ambas ha depositado sobre Andalucía un peso, en ocasiones intolerable, de clasismo, xenofobia y clichés que se ceban con esta región hasta el punto de convertirla en la reina del sur, el sur maldito al que unos pocos, bien que machaconamente, se permiten mirar por encima del hombro o apellidar con saña a sus ciudadanos porque votan en las elecciones al partido que les da la gana, o sea, como todo el mundo. Afortunadamente, como señala el periodista Francisco Giménez Alemán, “la gente normal no participa de esas tropelías”.
Dieron los valencianos mayoría absoluta a un presidente entonces imputado en tribunales y los comentarios se quedaron en la arena política. La corrupción y el desgaste han retirado en Andalucía nueve escaños al partido gobernante y alzado venced or —que no victorioso— al opositor, y se ha desencadenado una marea de insultos de pegajosa resaca, algunos de los cuales da pudor hasta reproducirlos.
Al historiador español José Manuel Cuenca Toribio le gusta poner la línea divisoria en el Tajo. Alguna diferencia habrá por cima y por bajo de ese río para que se repitan los desmanes que de tarde en tarde tienen que escuchar los andaluces. Mala prensa y mala suerte, decía Lacomba. La mala prensa se extendió todo el siglo XX, desde los tebeos hasta las series de televisión, de las películas a los comentarios domésticos: andaluz luego paleto; andaluz, por tanto, vago; el chistoso, el subsidiado; las horas muertas en la taberna, la juerga, el taconeo, la chacha y el jornalero. Y en la última vuelta de tuerca, el ciudadano que no vota lo correcto.
Curiosamente, son los políticos los que más burlan lo políticamente correcto cuando les viene bien. “A algunos habría que taparles la boca, desde luego. Fue muy desafortunado aquel ‘pitas, pitas, pitas’ que señaló Esperanza Aguirre para referirse al andaluz subvencionado”, menciona Giménez Alemán, que fue director del diario Abc de Sevilla durante años. Y Javier Arenas, el candidato de la derecha tantas veces frustrado en esa región, bien tuvo que lamentar, en otra campaña electoral, las declaraciones de su correligionaria, ahora ministra de Sanidad, Ana Mato, cuando se dejó engañar por un vídeo para afirmar que algunos niños andaluces, pobrecillos, daban clase “en el suelo” por falta de pupitres. Sobre esa mentira se revolvió de nuevo la memoria colectiva de los andaluces para recordar que unas décadas atrás, no hace tanto, lo que faltaba eran escuelas. Y ahora las tienen. Con mesas y sillas.
No hay uno solo de los consultados para este reportaje que no coincida en que los andaluces han votado legítimamente lo que han tenido a bien. Pero todos opinan también que ciertas “redes clientelares” y una suerte de “neocaciquismo” pueden estar afeando algunas de las estadísticas andaluzas: educativas, de desempleo. Dicho esto, ¿queda algo para la mala suerte que citaba Lacomba? El historiador sostiene que sí. Mala suerte que está en el origen del retraso que aún se atisba en algunos ámbitos. La mala suerte del sur de España, del sur de Italia, la fatalidad de todos los sures del mundo. Algo han de tener en común. “El clima puede propiciar ciertas formas de vida y determinados modelos de producción, desde luego”, afirma Juan Carlos Pereira, director del Departamento de Historia Contemporánea de la Complutense.
No es sencillo buscar el desencadenante de la historia, pero sí cabe analizarla y señalar sus consecuencias. Cuando se habla de la de Andalucía, como de la extremeña, por seguir en el margen sur del Tajo, el libro de Miguel Delibes, que fue después famosa película, está en mente de todos: Los santos inocentes. “Hay enormes diferencias entre la industrialización del norte y su burguesía, de mente liberal, más abierta a la formación y la cultura, y los propietarios del sur, latifundistas cerrados y conservadores. Estos últimos son más resistentes a las aperturas, son continuistas”, dice Pereira. “Eso configura sociedades más inmovilistas, cuando no explota la revolución, que en Andalucía [y en Badajoz], hay que recordarlo, se aplastó ferozmente en la guerra y la dictadura”, añade.
La madrileña Carmen Anula Castells, andaluza de adopción, es catedrática de Sociología la Universidad de Sevilla. Recuerda cuando llegó a Andalucía y se pateó los pueblos para hacer su tesis, El mito de la Andalucía subsidiada: “Me llamó mucho la atención que la gente desayunaba en la calle, en el bar... El origen de esa costumbre es jornalero, cuando salían a la plaza para que el amo de las tierras los seleccionara uno a uno para trabajar ese día. Giménez Alemán dice que “en Andalucía sigue habiendo residuos del señoritismo. “En Sevilla es fácil ver en los barrios acomodados a empleadas del hogar vestidas con el uniforme de rayadillo y a rentistas terratenientes que no dan un palo al agua. Llegué a la capital en 1984 y me llamó la atención el Círculo de Labradores y Propietarios. Son propietarios, no empresarios, esa terminología hay que cambiarla, porque en Andalucía hay empresas punteras en muchos sectores, tecnológicos, científicos y el AVE viaja lleno de ejecutivos”, sostiene este periodista que reconoce que le hubiera gustado que cambiara el color del Gobierno regional. Pero el cliché aún se apoya en aquellos residuos de épocas en que la tierra se dividía fatalmente entre amos y criados, una imagen que el franquismo congeló durante 40 años. Los unos ociaban, los otros trabajaban sin descanso, a veces solo por estar bajo un techo. De los amos era la tierra, las órdenes las daban ellos y el poder les era natural.
Por eso, a algunos se les encoge el corazón cuando Javier Arenas repite lo de la “apropiación indebida de las instituciones” por parte de los socialistas. ¿De quién son las instituciones y el poder? La izquierda en Andalucía ha atizado el tópico del miedo al señorito; la derecha no siempre ha podido convencer de que pertenecía al pasado. Tan poco ayudan algunas declaraciones políticas, como las críticas impúdicas al pueblo llano de un aristócrata de los Alba, a lomos de su caballo. Baste decir que le reconvino hasta su madre.
El campo no necesitaba más formación que la fuerza de un par de brazos y a los señoritos no les entusiasmaba que sus jornaleros estudiaran. La maldición del analfabetismo se heredaba de padres a hijos. Hasta anteayer. “Pobres y analfabetos, que no incultos”, puntualiza el historiador andaluz Cuenca Toribio.
El prestigio y la clase al sur del Tajo lo determinaba la posesión de tierras y palacios, donde se lucía una suerte de indolencia que se daba también entre los hacendados de otros países. Trabajar no estaba bien visto. Cazar, sí. Y jugar. Y hacer fiestas.
Pero Andalucía siempre fue tierra hermosa y rica. Tenían agricultura, también minas y hubo una floreciente y prometedora industria. Lo recuerda Lacomba: “En Málaga estuvieron los Loring (finanzas), los Heredia (grandes ferreteros, de los primeros de España), y los Larios (los segundos del textil en todo el país). También los Ibarra, Carbonell... Ninguno era andaluz”. Tampoco los bodegueros. Y, para colmo, acababan imitando las costumbres, “cuando hacían dinero, compraban tierras”, dice Lacomba.
La minería, que pudo explotarse con éxito, “chocó con medidas gubernamentales proteccionistas que beneficiaban a las regiones del norte”, sigue Lacomba. Otra vía muerta. De nada sirvió que la mayoría de los ministros del siglo XIX, algunos de los más influyentes, fueran andaluces. Arriba se protegía la industria, abajo campaban los terratenientes.
Y sin embargo, a finales del XIX, Andalucía es el símbolo de lo español. “Esa idea se fabricó en Madrid, ya desde los noventayochistas”, dice el catedrático de Sociología de la Complutense Fermín Bouza. El frasco de las esencias patrias lo tenía antes Castilla, “la nobleza, la austeridad, la sinceridad castellanas, pero perdió su influencia simbólica en favor del sur”. “Madrid empieza a sentirse una excepción fiel a lo español frente a Cataluña, País Vasco, Galicia... La periferia se le escapa de las manos y los unitaristas elevan a Andalucía al trono de la españolidad”, explica. El franquismo retoca y hace suya esa idea de los unitaristas frente a los federalistas. Los andaluces triunfan en la capital y, en su nombre, promocionan España. El exotismo de su tierra atrae al turismo, y eso da dinero. “Con el turismo de los sesenta los andaluces se andalucean, porque era la vía de atraer recursos. ¿Flamenco querían? Flamenco les daban”, explica Lacomba. Folklore y emigrantes analfabetos.
Hoy todavía se siente el clasismo que llega del norte. Algunos dicen que, sobre todo, de Madrid, del “pijerío madrileño”. “Puede que en el sur este extendido el clientelismo, pero de ahí a decir que los andaluces son vagos... La derecha madrileña no ha podido reprimir su frustración”, dice Jaime Pastor, profesor de Política en la UNED. Benjamín García, profesor de Ecología y Población de la Complutense, dice, sin embargo: “Ellos creen en la igualdad y en el reparto, muy bien, pero para repartir hay que crear primero. No quieren el desarrollo, no quieren trabajar”. ¿Cree que no quieren trabajar? “Lo que digo es que si con el paro les dan 400 euros y trabajando 600, pues claro, yo haría lo mismo. Los pobres del Norte no tienen nada que ver con los pobres del Sur. Pero el desarrollo no depende de la gente, sino de las políticas y ellos han optado por lo que les conviene”, dice.
Parecida opinión se ha oído en algunos medios de comunicación madrileños —“solo la caverna”, dice Giménez Alemán— que abrieron la caja de los truenos tras los resultados electorales, despertando una queja de la Asociación de la Prensa de Sevilla. Pero, como en Valencia, los andaluces votan, en noviembre y en marzo, lo correcto, que es, exactamente, lo que les da la gana.
miércoles, 28 de marzo de 2012
Yo voy a la huelga
Hoy reproduzco algunas de sus frases que me parecen brutalmente actuales, casi 50 años después, en vísperas de una huelga general:
Los remolinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia. Pero hay algo que debo decir a mi gente que aguarda en el cálido umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
miércoles, 21 de septiembre de 2011
jueves, 1 de septiembre de 2011
miércoles, 31 de agosto de 2011
La fiesta y la cruzada
La Prensa - Mario Vargas Llosa - 28/08/2011
“Durante mucho tiempo se creyó que con el avance de los conocimientos y de la cultura democrática, la religión, esa forma elevada de superstición, se iría deshaciendo, y que la ciencia y la cultura la sustituirían con creces. Ahora sabemos que esa era otra superstición que la realidad ha ido haciendo trizas”.
Bonito espectáculo el de Madrid invadido por cientos de miles de jóvenes procedentes de los cinco continentes para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud que presidió Benedicto XVI y que convirtió a la capital española por varios días en una multitudinaria Torre de Babel. Todas las razas, lenguas, culturas, tradiciones, se mezclaban en una gigantesca fiesta de muchachas y muchachos adolescentes, estudiantes, jóvenes profesionales venidos de todos los rincones del mundo a cantar, bailar, rezar y proclamar su adhesión a la Iglesia católica y su “adicción” al papa (“Somos adictos a Benedicto” fue uno de los estribillos más coreados).
Salvo el millar de personas que, en el aeródromo de Cuatro Vientos, sufrieron desmayos por culpa del despiadado calor y debieron ser atendidas, no hubo accidentes ni mayores problemas. Todo transcurrió en paz, alegría y convivencia simpática. Los madrileños tomaron con espíritu deportivo las molestias que causaron las gigantescas concentraciones que paralizaron Cibeles, la Gran Vía, Alcalá, la Puerta del Sol, la Plaza de España y la Plaza de Oriente, y las pequeñas manifestaciones de laicos, anarquistas, ateos y católicos insumisos contra el Papa provocaron incidentes menores, aunque algunos grotescos, como el grupo de energúmenos al que se vio arrojando condones a unas niñas que, animadas por lo que Rubén Darío llamaba “un blanco horror de Belcebú”, rezaban el rosario con los ojos cerrados.
Hay dos lecturas posibles de este acontecimiento, que “El País” ha llamado “la mayor concentración de católicos en la historia de España”. La primera ve en él un festival más de superficie que de entraña religiosa, en el que jóvenes de medio mundo han aprovechado la ocasión para viajar, hacer turismo, divertirse, conocer gente, vivir alguna aventura, la experiencia intensa pero pasajera de unas vacaciones de verano. La segunda la interpreta como un rotundo mentís a las predicciones de una retracción del catolicismo en el mundo de hoy, la prueba de que la Iglesia de Cristo mantiene su pujanza y su vitalidad, de que la nave de San Pedro sortea sin peligro las tempestades que quisieran hundirla.
Una de estas tempestades tiene como escenario a España, donde Roma y el gobierno de Rodríguez Zapatero han tenido varios encontrones en los últimos años y mantienen una tensa relación. Por eso, no es casual que Benedicto XVI haya venido ya varias veces a este país, y dos de ellas durante su pontificado. Porque resulta que la “católica España” ya no lo es tanto como lo era. Las estadísticas son bastante explícitas. En julio del año pasado, un 80 por ciento de los españoles se declaraba católico; un año después, solo 70 por ciento. Entre los jóvenes, 51 por ciento dicen serlo, pero solo 12 por ciento aseguran practicar su religión de manera consecuente, en tanto que el resto lo hace solo de manera esporádica y social (bodas, bautizos, etcétera). Las críticas de los jóvenes creyentes —practicantes o no— a la Iglesia se centran, sobre todo, en la oposición de esta al uso de anticonceptivos y a la píldora del día siguiente, a la ordenación de mujeres, al aborto, al homosexualismo.
Mi impresión es que estas cifras no han sido manipuladas, que ellas reflejan una realidad que, porcentajes más o menos, desborda lo español y es indicativo de lo que pasa también con el catolicismo en el resto del mundo. Ahora bien, desde mi punto de vista esta paulatina declinación del número de fieles de la Iglesia católica, en vez de ser un síntoma de su inevitable ruina y extinción es, más bien, fermento de la vitalidad y energía que lo que queda de ella —decenas de millones de personas— ha venido mostrando, sobre todo bajo los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI.
Es difícil imaginar dos personalidades más distintas que las de los dos últimos papas. El anterior era un líder carismático, un agitador de multitudes, un extraordinario orador, un pontífice en el que la emoción, la pasión, los sentimientos prevalecían sobre la pura razón. El actual es un hombre de ideas, un intelectual, alguien cuyo entorno natural son la biblioteca, el aula universitaria, el salón de conferencias. Su timidez ante las muchedumbres aflora de modo invencible en esa manera casi avergonzada y como disculpándose que tiene de dirigirse a las masas. Pero esa fragilidad es engañosa pues se trata probablemente del Papa más culto e inteligente que haya tenido la Iglesia en mucho tiempo, uno de los raros pontífices cuyas encíclicas o libros un agnóstico como yo puede leer sin bostezar (su breve autobiografía es hechicera y sus dos volúmenes sobre Jesús más que sugerentes). Su trayectoria es bastante curiosa. Fue, en su juventud, un partidario de la modernización de la Iglesia y colaboró con el reformista Concilio Vaticano II convocado por Juan XXIII.
Pero, luego, se movió hacia las posiciones conservadores de Juan Pablo II, en las que ha perseverado hasta hoy. Probablemente, la razón de ello sea la sospecha o convicción de que, si continuaba haciendo las concesiones que le pedían los fieles, pastores y teólogos progresistas, la Iglesia terminaría por desintegrarse desde adentro, por convertirse en una comunidad caótica, desbrujulada, a causa de las luchas intestinas y las querellas sectarias. El sueño de los católicos progresistas de hacer de la Iglesia una institución democrática es eso, nada más: un sueño. Ninguna Iglesia podría serlo sin renunciar a sí misma y desaparecer. En todo caso, prescindiendo del contexto teológico, atendiendo únicamente a su dimensión social y política, la verdad es que, aunque pierda fieles y se encoja, el catolicismo está hoy día más unido, activo y beligerante que en los años en que parecía a punto de desgarrarse y dividirse por las luchas ideológicas internas.
¿Es esto bueno o malo para la cultura de la libertad? Mientras el Estado sea laico y mantenga su independencia frente a todas las iglesias, a las que, claro está, debe respetar y permitir que actúen libremente, es bueno, porque una sociedad democrática no puede combatir eficazmente a sus enemigos —empezando por la corrupción— si sus instituciones no están firmemente respaldadas por valores éticos, si una rica vida espiritual no florece en su seno como un antídoto permanente a las fuerzas destructivas, disociadoras y anárquicas que suelen guiar la conducta individual cuando el ser humano se siente libre de toda responsabilidad.
Durante mucho tiempo se creyó que con el avance de los conocimientos y de la cultura democrática, la religión, esa forma elevada de superstición, se iría deshaciendo, y que la ciencia y la cultura la sustituirían con creces. Ahora sabemos que esa era otra superstición que la realidad ha ido haciendo trizas. Y sabemos, también, que aquella función que los librepensadores decimonónicos, con tanta generosidad como ingenuidad, atribuían a la cultura, esta es incapaz de cumplirla, sobre todo ahora. Porque, en nuestro tiempo, la cultura ha dejado de ser esa respuesta seria y profunda a las grandes preguntas del ser humano sobre la vida, la muerte, el destino, la historia, que intentó ser en el pasado, y se ha transformado, de un lado, en un divertimento ligero y sin consecuencias, y, en otro, en una cábala de especialistas incomprensibles y arrogantes, confinados en fortines de jerga y jerigonza y a años luz del común de los mortales.
La cultura no ha podido reemplazar a la religión ni podrá hacerlo, salvo para pequeñas minorías, marginales al gran público. La mayoría de seres humanos solo encuentra aquellas respuestas, o, por lo menos, la sensación de que existe un orden superior del que forma parte y que da sentido y sosiego a su existencia, a través de una trascendencia que ni la filosofía, ni la literatura, ni la ciencia, han conseguido justificar racionalmente. Y, por más que tantos brillantísimos intelectuales traten de convencernos de que el ateísmo es la única consecuencia lógica y racional del conocimiento y la experiencia acumuladas por la historia de la civilización, la idea de la extinción definitiva seguirá siendo intolerable para el ser humano común y corriente, que seguirá encontrando en la fe aquella esperanza de una supervivencia más allá de la muerte a la que nunca ha podido renunciar. Mientras no tome el poder político y este sepa preservar su independencia y neutralidad frente a ella, la religión no solo es lícita, sino indispensable en una sociedad democrática.
Creyentes y no creyentes debemos alegrarnos por eso de lo ocurrido en Madrid en estos días en que Dios parecía existir, el catolicismo ser la religión única y verdadera, y todos como buenos chicos marchábamos de la mano del Santo Padre hacia el reino de los cielos.
miércoles, 13 de julio de 2011
Táctica y estrategia
Del blog de Dialoga Consultores
Quiero empezar con un precioso poema homónimo de Mario Benedetti.
Se trata, sin duda, de un precioso poema de amor. Nada que ver con la estrategia política ¿verdad? Sin embargo, recomiendo al lector que vuelva a leerlo, pero desde un punto de vista político. Yo lo hice una vez y no he encontrado un texto que explique mejor la diferencia entre táctica y estrategia y que, además, resuma muchos de los elementos principales de una buena estrategia en oposición.
No es casualidad. Como ya hemos comentado en alguna ocasión, la política tiene mucho que ver con las emociones y con la seducción y, por tanto, no es casualidad que la más breve y acertada expresión de una buena estrategia política venga de parte de uno de los mejores poetas en lengua hispana.
1. “Mi táctica es mirarte, aprender como sos, quererte como sos”
No debe haber nada más importante que saber exactamente como es nuestro votante. Debemos utilizar todas las herramientas que podamos permitirnos para averiguar qué hace, qué quiere, dónde está y cómo es.
Suele ganar las elecciones el candidato o el partido con el que más se identifican los votantes. En definitiva, el que consigue parecerse más a ellos y, por lo tanto, el mejor consejo para empezar esta lección de estrategia política del Maestro Benedetti es “estudia a tus votantes, aprende como son y quiérelos tal y como son, no como quieres que sean”
Un grupo en la oposición no debería escatimar, sin más limitación que la presupuestaria, evidentemente, en sondeos y estudios cuantitativos y cualitativos. Hay varios aspectos, que profundizaremos en otros apartados, de los que conviene tener la mayor información, y de mejor calidad: un buen mapa electoral, con un análisis cuantitativo y cualitativo de los resultados electorales a nivel de sección electoral, comparativa con los resultados electorales en contiendas anteriores; un buen targeting territorial y ciudadano, en base al análisis de los resultados con un informe de territorios-objetivo y de grupo de ciudadanos-objetivo; un detallado mapa de aliados, stakeholders y líderes de opinión, incluyendo los posibles colaboradores en el funcionariado; un conocimiento detallado de los recursos humanos y materiales del partido y de su disponibilidad; un buen análisis de debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades de los partidos y candidatos (incluyendo al nuestro); análisis cuantitativos y cualitativos periódicos, etc.
En definitiva, cuida y alimenta un buen laboratorio de inteligencia.
2. “Mi táctica es hablarte y escucharte, construir con palabras un puente indestructible”
Después del análisis de datos, lo siguiente que debe hacer un partido en oposición es construir un relato para los próximos cuatro años.
¿Qué significa “construir un relato”? La palabra de moda es storytelling, que no es más que el arte de contar historias.
Contar historias está en nuestra propia arquitectura cultural. Desde tiempo inmemorial hemos aprendido a formar parte de una comunidad a través de historias, ya fueran sagas, mitos o simplemente cuentos infantiles. El storytelling, como disciplina, surge en Estados Unidos en los años 90 y desde entonces su uso no ha hecho sino aumentar en el mundo de la comunicación y en el de la política.
A menudo, la tentación de los políticos, y con mayor frecuencia en los políticos progresistas, es la de hacer listas, creyendo que con eso los votantes caerán rendidos a sus pies. Se presentan ante el electorado con listas de inauguraciones, con inversiones y con balances de gestión de muchas páginas de extensión. Cuando pierden, estos políticos suelen decir eso tan socorrido de “lo hemos hecho bien, pero no lo hemos sabido comunicar”. En esta frase tan usada se esconde una gran verdad, pero también una enorme falacia. Ha existido un error de comunicación, pero no ha consistido en contar mal lo que se ha hecho, sino que, normalmente, habremos estado contando una historia que nadie había planificado, ni verificado, ni medido su eficacia.
Según Seth Godin, el inventor norteamericano del marketing viral, “el nuevo marketing tiene como objetivo contar historias, y no concebir realidades”, “según el mismo autor, “todo, en el personaje político, cuenta una historia, su ropa, su esposa, sus asesores…”
Este es el reto, planificar un relato coherente y que todos los elementos “cuenten” ese relato. Un relato de superación de dificultades, con héroes y con villanos y, recuerde, todo lo que haga, diga o deje de hacer o de decir, estará contando un relato sobre el que, si no ha hecho sus deberes, no tendrá ningún control.
Debemos recordar también que, en la actualidad, “comunicar es dialogar”. No basta con “vender” o “colocar” nuestro mensaje. Actualmente la política, o mejor dicho la ciudadanía, exige que exista retroalimentación en la comunicación con sus representantes.
Se le acercarán muchos consultores, más o menos profesionales, verdaderos gurús de la llamada política 2.0, que le venderán la importancia de estar en las redes sociales. Es normal, está de moda.
Dele la dimensión exacta a su campaña 2.0. Recuerde que este es un espacio en el que hay que estar, pero debemos evitar la tentación de pensar que la política 2.0 es la principal vía de contacto con los ciudadanos y ciudadanas. Según el último barómetro del CIS de junio de 2011, en España, el 62,1% de los españoles nunca utiliza Internet para obtener información acerca de la política o la sociedad. A menudo, las campañas 2.0 se limitan a emitir información a los propios militantes y simpatizantes, que estos comparten entre ellos mismos, en un círculo endogámico del que rara vez se sale para llegar a la inmensa mayoría de los ciudadanos, que son los que deben darle la victoria en una campaña electoral. Utilice su campaña 2.0 como una herramienta más para llegar a los ciudadanos, junto con otras, como la interlocución directa, el puerta a puerta, el voluntariado, etc. (eso que últimamente, adquirido de las campañas americanas, denominamos en el argot, como grassroots).
No olvide, por tanto, que las redes sociales no son un fin, sino un medio. No debe utilizar estas redes únicamente para vocear y amplificar su mensaje. Lo mejor que tienen estas herramientas es que nos van a dar la posibilidad de escuchar a nuestros vecinos, de llegar mucho más lejos de lo que lo podríamos hacer personalmente para escucharlos y demostrarles que nos importa lo que tienen que decirnos. Esa es la verdadera revolución digital de la política contemporánea: hoy gobernamos con los ciudadanos.
3. “Mi táctica es quedarme en tu recuerdo, no sé cómo, ni sé con qué pretexto, pero quedarme en vos”
Benedetti vuelve a tocar varios elementos claves: la notoriedad, el grado de conocimiento y el posicionamiento de nuestro partido y de nuestro candidato.
El grado de conocimiento y valoración son factores que suelen ser despreciados en muchas campañas electorales y, sin embargo, deben ser tenidos en cuenta. Si sus votantes no le conocen, no podrán tener una opinión sobre Vd. Si no lo valoran positivamente no será fácil que tengan la intención de votarlo, teniendo en cuenta que, de los que manifiestan la intención, no todos son los que depositan finalmente el voto en la urna. Si, además, Vd. espera que pasados cuatro años vuelvan a votarlo, deberá tener en cuenta que la fidelización casi siempre es inferior al voto anterior. Es decir que, partiendo del grado de conocimiento, todos los demás elementos tienden a decrecer. Si quiere que le voten, primero tienen que saber quién es.
4. “Mi táctica es ser franco y saber que sos franca, y que no nos vendamos simulacros para que entre los dos no haya telón ni abismos”
No debemos mentir nunca y debemos cuidar que no exista lo que técnicamente se denomina “disonancia cognitiva”, es decir que lo que hacemos, decimos y somos mantenga siempre una coherencia.
Hemos de ser conscientes de lo exigente que es el votante con sus responsables políticos. Eso es un factor positivo, porque habla de la salud que goza nuestra democracia. Casi el 80% de los españoles, lo que más valora en un político es su honradez, hasta el punto de que más del 60% preferirían votar a un/a político/a honrado/a pero poco eficaz, a lo contrario.
Puede ser injusto, pero un responsable político hoy debe trasmitir imagen de integridad, o lo más probable es que se tenga que dedicar a otra cosa. Si ha decidido dedicarse a la política, recuerde que esto le va a implicar estar en el punto de mira de los ciudadanos y ciudadanas. Sea ejemplar en su comportamiento y haga siempre lo mismo que predica y, recuerde esta regla de oro: nunca, bajo ningún concepto, mienta. Si le pillan falseando la verdad, por nimio que pueda parecer en un principio, pocos se lo van a perdonar.
5. “Mi estrategia es en cambio más profunda y más simple. Mi estrategia es que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto, por fin me necesites”
Y, por fin, hemos llegado a la estrategia. Es, en palabras de María José Canel, Catedrática de Comunicación Política de la Universidad Complutense de Madrid y prestigiosa consultora política, una campaña es “un proceso secuencial en el que tras el análisis del contexto o situación, se diseña el mensaje electoral, se comunica y, finalmente se evalúa”.
Una campaña electoral no es un periodo limitado por ley a los quince días anteriores a unas elecciones. Muchos expertos coinciden en que, principalmente desde la era Reagan, se ha acuñado e impuesto el concepto de “Campaña Permanente” para referirse a la utilización del cargo por parte de los elegidos para construir y mantener una amplia y suficiente base de apoyo popular (usando para ello los instrumentos de la comunicación política) a fin de abrirle espacios a sus programas y de lograr la victoria en la siguiente convocatoria electoral.
La estrategia, una vez fijada, no debe cambiarse. Puede cambiar de tácticas para adaptarse mejor a los acontecimientos, pero si tiene que cambiar de estrategia durante la campaña es que, probablemente, haya planificado mal y, si no le queda más remedio que corregir el rumbo, con casi total seguridad, lo va a pagar en las urnas.
Si gobierna, recuerde que su trabajo y el de sus asesores no ha concluido. No ha alcanzado la meta, sólo ha cubierto una etapa. Si, en cambio, se encuentra en su particular travesía del desierto desde los bancos de la oposición, contemplando como su adversario utiliza estas estrategias, prepárese todos los días, profesionalice su comunicación y espere a “que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto”, por fin le necesiten. Recuerde que el éxito electoral no sólo depende de la campaña que haga, ni se puede evaluar una campaña exclusivamente por su resultado. Magníficas campañas y magníficos candidatos pueden fracasar estrepitosamente, y viceversa, pero, utilizando la estrategia y las herramientas adecuadas, con disciplina y tenacidad, cualquier día puede llegar su oportunidad. Procure estar preparado para cuando eso ocurra.
Quiero empezar con un precioso poema homónimo de Mario Benedetti.
Se trata, sin duda, de un precioso poema de amor. Nada que ver con la estrategia política ¿verdad? Sin embargo, recomiendo al lector que vuelva a leerlo, pero desde un punto de vista político. Yo lo hice una vez y no he encontrado un texto que explique mejor la diferencia entre táctica y estrategia y que, además, resuma muchos de los elementos principales de una buena estrategia en oposición.
No es casualidad. Como ya hemos comentado en alguna ocasión, la política tiene mucho que ver con las emociones y con la seducción y, por tanto, no es casualidad que la más breve y acertada expresión de una buena estrategia política venga de parte de uno de los mejores poetas en lengua hispana.
1. “Mi táctica es mirarte, aprender como sos, quererte como sos”
No debe haber nada más importante que saber exactamente como es nuestro votante. Debemos utilizar todas las herramientas que podamos permitirnos para averiguar qué hace, qué quiere, dónde está y cómo es.
Suele ganar las elecciones el candidato o el partido con el que más se identifican los votantes. En definitiva, el que consigue parecerse más a ellos y, por lo tanto, el mejor consejo para empezar esta lección de estrategia política del Maestro Benedetti es “estudia a tus votantes, aprende como son y quiérelos tal y como son, no como quieres que sean”
Un grupo en la oposición no debería escatimar, sin más limitación que la presupuestaria, evidentemente, en sondeos y estudios cuantitativos y cualitativos. Hay varios aspectos, que profundizaremos en otros apartados, de los que conviene tener la mayor información, y de mejor calidad: un buen mapa electoral, con un análisis cuantitativo y cualitativo de los resultados electorales a nivel de sección electoral, comparativa con los resultados electorales en contiendas anteriores; un buen targeting territorial y ciudadano, en base al análisis de los resultados con un informe de territorios-objetivo y de grupo de ciudadanos-objetivo; un detallado mapa de aliados, stakeholders y líderes de opinión, incluyendo los posibles colaboradores en el funcionariado; un conocimiento detallado de los recursos humanos y materiales del partido y de su disponibilidad; un buen análisis de debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades de los partidos y candidatos (incluyendo al nuestro); análisis cuantitativos y cualitativos periódicos, etc.
En definitiva, cuida y alimenta un buen laboratorio de inteligencia.
2. “Mi táctica es hablarte y escucharte, construir con palabras un puente indestructible”
Después del análisis de datos, lo siguiente que debe hacer un partido en oposición es construir un relato para los próximos cuatro años.
¿Qué significa “construir un relato”? La palabra de moda es storytelling, que no es más que el arte de contar historias.
Contar historias está en nuestra propia arquitectura cultural. Desde tiempo inmemorial hemos aprendido a formar parte de una comunidad a través de historias, ya fueran sagas, mitos o simplemente cuentos infantiles. El storytelling, como disciplina, surge en Estados Unidos en los años 90 y desde entonces su uso no ha hecho sino aumentar en el mundo de la comunicación y en el de la política.
A menudo, la tentación de los políticos, y con mayor frecuencia en los políticos progresistas, es la de hacer listas, creyendo que con eso los votantes caerán rendidos a sus pies. Se presentan ante el electorado con listas de inauguraciones, con inversiones y con balances de gestión de muchas páginas de extensión. Cuando pierden, estos políticos suelen decir eso tan socorrido de “lo hemos hecho bien, pero no lo hemos sabido comunicar”. En esta frase tan usada se esconde una gran verdad, pero también una enorme falacia. Ha existido un error de comunicación, pero no ha consistido en contar mal lo que se ha hecho, sino que, normalmente, habremos estado contando una historia que nadie había planificado, ni verificado, ni medido su eficacia.
Según Seth Godin, el inventor norteamericano del marketing viral, “el nuevo marketing tiene como objetivo contar historias, y no concebir realidades”, “según el mismo autor, “todo, en el personaje político, cuenta una historia, su ropa, su esposa, sus asesores…”
Este es el reto, planificar un relato coherente y que todos los elementos “cuenten” ese relato. Un relato de superación de dificultades, con héroes y con villanos y, recuerde, todo lo que haga, diga o deje de hacer o de decir, estará contando un relato sobre el que, si no ha hecho sus deberes, no tendrá ningún control.
Debemos recordar también que, en la actualidad, “comunicar es dialogar”. No basta con “vender” o “colocar” nuestro mensaje. Actualmente la política, o mejor dicho la ciudadanía, exige que exista retroalimentación en la comunicación con sus representantes.
Se le acercarán muchos consultores, más o menos profesionales, verdaderos gurús de la llamada política 2.0, que le venderán la importancia de estar en las redes sociales. Es normal, está de moda.
Dele la dimensión exacta a su campaña 2.0. Recuerde que este es un espacio en el que hay que estar, pero debemos evitar la tentación de pensar que la política 2.0 es la principal vía de contacto con los ciudadanos y ciudadanas. Según el último barómetro del CIS de junio de 2011, en España, el 62,1% de los españoles nunca utiliza Internet para obtener información acerca de la política o la sociedad. A menudo, las campañas 2.0 se limitan a emitir información a los propios militantes y simpatizantes, que estos comparten entre ellos mismos, en un círculo endogámico del que rara vez se sale para llegar a la inmensa mayoría de los ciudadanos, que son los que deben darle la victoria en una campaña electoral. Utilice su campaña 2.0 como una herramienta más para llegar a los ciudadanos, junto con otras, como la interlocución directa, el puerta a puerta, el voluntariado, etc. (eso que últimamente, adquirido de las campañas americanas, denominamos en el argot, como grassroots).
No olvide, por tanto, que las redes sociales no son un fin, sino un medio. No debe utilizar estas redes únicamente para vocear y amplificar su mensaje. Lo mejor que tienen estas herramientas es que nos van a dar la posibilidad de escuchar a nuestros vecinos, de llegar mucho más lejos de lo que lo podríamos hacer personalmente para escucharlos y demostrarles que nos importa lo que tienen que decirnos. Esa es la verdadera revolución digital de la política contemporánea: hoy gobernamos con los ciudadanos.
3. “Mi táctica es quedarme en tu recuerdo, no sé cómo, ni sé con qué pretexto, pero quedarme en vos”
Benedetti vuelve a tocar varios elementos claves: la notoriedad, el grado de conocimiento y el posicionamiento de nuestro partido y de nuestro candidato.
El grado de conocimiento y valoración son factores que suelen ser despreciados en muchas campañas electorales y, sin embargo, deben ser tenidos en cuenta. Si sus votantes no le conocen, no podrán tener una opinión sobre Vd. Si no lo valoran positivamente no será fácil que tengan la intención de votarlo, teniendo en cuenta que, de los que manifiestan la intención, no todos son los que depositan finalmente el voto en la urna. Si, además, Vd. espera que pasados cuatro años vuelvan a votarlo, deberá tener en cuenta que la fidelización casi siempre es inferior al voto anterior. Es decir que, partiendo del grado de conocimiento, todos los demás elementos tienden a decrecer. Si quiere que le voten, primero tienen que saber quién es.
4. “Mi táctica es ser franco y saber que sos franca, y que no nos vendamos simulacros para que entre los dos no haya telón ni abismos”
No debemos mentir nunca y debemos cuidar que no exista lo que técnicamente se denomina “disonancia cognitiva”, es decir que lo que hacemos, decimos y somos mantenga siempre una coherencia.
Hemos de ser conscientes de lo exigente que es el votante con sus responsables políticos. Eso es un factor positivo, porque habla de la salud que goza nuestra democracia. Casi el 80% de los españoles, lo que más valora en un político es su honradez, hasta el punto de que más del 60% preferirían votar a un/a político/a honrado/a pero poco eficaz, a lo contrario.
Puede ser injusto, pero un responsable político hoy debe trasmitir imagen de integridad, o lo más probable es que se tenga que dedicar a otra cosa. Si ha decidido dedicarse a la política, recuerde que esto le va a implicar estar en el punto de mira de los ciudadanos y ciudadanas. Sea ejemplar en su comportamiento y haga siempre lo mismo que predica y, recuerde esta regla de oro: nunca, bajo ningún concepto, mienta. Si le pillan falseando la verdad, por nimio que pueda parecer en un principio, pocos se lo van a perdonar.
5. “Mi estrategia es en cambio más profunda y más simple. Mi estrategia es que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto, por fin me necesites”
Y, por fin, hemos llegado a la estrategia. Es, en palabras de María José Canel, Catedrática de Comunicación Política de la Universidad Complutense de Madrid y prestigiosa consultora política, una campaña es “un proceso secuencial en el que tras el análisis del contexto o situación, se diseña el mensaje electoral, se comunica y, finalmente se evalúa”.
Una campaña electoral no es un periodo limitado por ley a los quince días anteriores a unas elecciones. Muchos expertos coinciden en que, principalmente desde la era Reagan, se ha acuñado e impuesto el concepto de “Campaña Permanente” para referirse a la utilización del cargo por parte de los elegidos para construir y mantener una amplia y suficiente base de apoyo popular (usando para ello los instrumentos de la comunicación política) a fin de abrirle espacios a sus programas y de lograr la victoria en la siguiente convocatoria electoral.
La estrategia, una vez fijada, no debe cambiarse. Puede cambiar de tácticas para adaptarse mejor a los acontecimientos, pero si tiene que cambiar de estrategia durante la campaña es que, probablemente, haya planificado mal y, si no le queda más remedio que corregir el rumbo, con casi total seguridad, lo va a pagar en las urnas.
Si gobierna, recuerde que su trabajo y el de sus asesores no ha concluido. No ha alcanzado la meta, sólo ha cubierto una etapa. Si, en cambio, se encuentra en su particular travesía del desierto desde los bancos de la oposición, contemplando como su adversario utiliza estas estrategias, prepárese todos los días, profesionalice su comunicación y espere a “que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto”, por fin le necesiten. Recuerde que el éxito electoral no sólo depende de la campaña que haga, ni se puede evaluar una campaña exclusivamente por su resultado. Magníficas campañas y magníficos candidatos pueden fracasar estrepitosamente, y viceversa, pero, utilizando la estrategia y las herramientas adecuadas, con disciplina y tenacidad, cualquier día puede llegar su oportunidad. Procure estar preparado para cuando eso ocurra.
viernes, 8 de julio de 2011
Ausencia
Habré de levantar la vasta vidaJorge Luis Borges
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.
jueves, 19 de mayo de 2011
SEAMOS REALISTAS, PIDAMOS LO IMPOSIBLE
De http://www.cristinaperezgalvez.com/2011/05/19/seamos-realistas-pidamos-lo-imposible/
El 15 de mayo se convocaron hasta 60 manifestaciones por toda España bajo el lema “¡Democracia Real YA!”. Manifestaciones, en palabras de las organizaciones convocantes “contra políticos y banqueros”
Desde que empecé mis estudios universitarios compatibilicé mi militancia política en Juventudes Socialistas con mis estudios y, en 1999, entré a formar parte de la lista electoral del PSOE para las elecciones municipales de Tomares. He sido Delegada de Medio Ambiente y Salud ocho años y, los últimos cuatro, portavoz de la oposición en el Ayuntamiento de Tomares.
En la actualidad me presento como candidata a la Alcaldía de Tomares por mi partido.
Soy, por tanto, uno de esos políticos y políticas contra los que se manifestaron miles de ciudadanos y ciudadanas por todo el país y, sin embargo, cuando contemplo las fotos de las manifestaciones no puedo evitar sentirme, en gran medida, reflejada en muchos de los ojos de los manifestantes.
Supongo que muchas de las personas que lean este artículo se extrañarán ante lo que digo, pero he de confesar que comparto muchas de las inquietudes de estos ciudadanos indignados con las circunstancias del mundo que les ha tocado vivir y con los que entienden que somos los culpables, por acción o por omisión.
Yo también me he educado en la creencia de que la democracia debe ser el “gobierno del pueblo”, no sólo etimológicamente, y me indigno cuando veo un mundo en que el verdadero poder no está en manos de los ciudadanos.
Los miles de manifestantes de la jornada del domingo 15 de mayo estuvieron ejerciendo un derecho maravilloso, el de ciudadanía y los políticos, fundamentalmente los de izquierdas, deberíamos tener muy presente el mensaje que nos han hecho llegar.
En este preciso momento, en el que ciudades y pueblos de toda España están a punto de elegir quiénes deben ser sus gobernantes en los próximos cuatro años, los que podemos optar a dirigir los designios de nuestras localidades debemos enviar un mensaje alto y claro a todos nuestros vecinos y vecinas.
Es el momento de profundizar en la democracia mejorando la participación de los ciudadanos y ciudadanas en la vida política. Los políticos debemos desterrar el vicio de acordarnos de los ciudadanos sólo cuando hay elecciones.
Por responsabilidad, los políticos y políticas de este país debemos comenzar un proceso profundo de reflexión y entender estas manifestaciones, no como una agresión, sino como un oportunidad.
En mi caso particular, quise desde el primer momento predicar con el ejemplo y poner mi programa electoral en manos de la gente de Tomares y concurro a estas elecciones con el compromiso de cumplir los compromisos que ellos han manifestado y que hoy conforman mi programa de gobierno que se puede consultar en www.cristinaperezgalvez.com.
Para estar más cerca de los ciudadanos tendré una oficina itinerante que esté cada día de la semana en un barrio distinto de mi ciudad y pondré en marcha el Programa Juntos por Tomares, en el que mantendré reuniones semanales con mis vecinos, en sus domicilios particulares.
La transparencia no debe ser un opción programática sino la expresión de un derecho de los ciudadanos. Internet nos abre la posibilidad de que absolutamente toda la información municipal esté a disposición de todos nuestros vecinos, de forma sencilla y accesible.
Por último y, aunque creo que hay muchas personas interesadas en desprestigiar la política y los políticos para dañar la democracia, tengo cada vez más claro que los políticos debemos ser, en todo momento, ejemplares en nuestra vida pública y privada.
Los enemigos de la democracia son muchos y muy poderosos. Hoy los gobiernos del mundo entero parecen estar en manos de intereses particulares y los políticos no podemos resolver todos los problemas de los ciudadanos. Aquel político que nos prometa tener una solución para todo, o es un iluso, o sencillamente miente. Pero estoy convencida de que si renovamos la alianza entre los políticos y la ciudadanía nada, absolutamente nada podrá vencernos.
Es la hora de los ciudadanos. Ahora, vosotros y vosotras tenéis la palabra. El domingo 22 no nos bastará con estar indignados.
Cristina Pérez Gálvez
El 15 de mayo se convocaron hasta 60 manifestaciones por toda España bajo el lema “¡Democracia Real YA!”. Manifestaciones, en palabras de las organizaciones convocantes “contra políticos y banqueros”
Desde que empecé mis estudios universitarios compatibilicé mi militancia política en Juventudes Socialistas con mis estudios y, en 1999, entré a formar parte de la lista electoral del PSOE para las elecciones municipales de Tomares. He sido Delegada de Medio Ambiente y Salud ocho años y, los últimos cuatro, portavoz de la oposición en el Ayuntamiento de Tomares.
En la actualidad me presento como candidata a la Alcaldía de Tomares por mi partido.
Soy, por tanto, uno de esos políticos y políticas contra los que se manifestaron miles de ciudadanos y ciudadanas por todo el país y, sin embargo, cuando contemplo las fotos de las manifestaciones no puedo evitar sentirme, en gran medida, reflejada en muchos de los ojos de los manifestantes.
Supongo que muchas de las personas que lean este artículo se extrañarán ante lo que digo, pero he de confesar que comparto muchas de las inquietudes de estos ciudadanos indignados con las circunstancias del mundo que les ha tocado vivir y con los que entienden que somos los culpables, por acción o por omisión.
Yo también me he educado en la creencia de que la democracia debe ser el “gobierno del pueblo”, no sólo etimológicamente, y me indigno cuando veo un mundo en que el verdadero poder no está en manos de los ciudadanos.
Los miles de manifestantes de la jornada del domingo 15 de mayo estuvieron ejerciendo un derecho maravilloso, el de ciudadanía y los políticos, fundamentalmente los de izquierdas, deberíamos tener muy presente el mensaje que nos han hecho llegar.
En este preciso momento, en el que ciudades y pueblos de toda España están a punto de elegir quiénes deben ser sus gobernantes en los próximos cuatro años, los que podemos optar a dirigir los designios de nuestras localidades debemos enviar un mensaje alto y claro a todos nuestros vecinos y vecinas.
Es el momento de profundizar en la democracia mejorando la participación de los ciudadanos y ciudadanas en la vida política. Los políticos debemos desterrar el vicio de acordarnos de los ciudadanos sólo cuando hay elecciones.
Por responsabilidad, los políticos y políticas de este país debemos comenzar un proceso profundo de reflexión y entender estas manifestaciones, no como una agresión, sino como un oportunidad.
En mi caso particular, quise desde el primer momento predicar con el ejemplo y poner mi programa electoral en manos de la gente de Tomares y concurro a estas elecciones con el compromiso de cumplir los compromisos que ellos han manifestado y que hoy conforman mi programa de gobierno que se puede consultar en www.cristinaperezgalvez.com.
Para estar más cerca de los ciudadanos tendré una oficina itinerante que esté cada día de la semana en un barrio distinto de mi ciudad y pondré en marcha el Programa Juntos por Tomares, en el que mantendré reuniones semanales con mis vecinos, en sus domicilios particulares.
La transparencia no debe ser un opción programática sino la expresión de un derecho de los ciudadanos. Internet nos abre la posibilidad de que absolutamente toda la información municipal esté a disposición de todos nuestros vecinos, de forma sencilla y accesible.
Por último y, aunque creo que hay muchas personas interesadas en desprestigiar la política y los políticos para dañar la democracia, tengo cada vez más claro que los políticos debemos ser, en todo momento, ejemplares en nuestra vida pública y privada.
Los enemigos de la democracia son muchos y muy poderosos. Hoy los gobiernos del mundo entero parecen estar en manos de intereses particulares y los políticos no podemos resolver todos los problemas de los ciudadanos. Aquel político que nos prometa tener una solución para todo, o es un iluso, o sencillamente miente. Pero estoy convencida de que si renovamos la alianza entre los políticos y la ciudadanía nada, absolutamente nada podrá vencernos.
Es la hora de los ciudadanos. Ahora, vosotros y vosotras tenéis la palabra. El domingo 22 no nos bastará con estar indignados.
Cristina Pérez Gálvez
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