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miércoles, 20 de junio de 2012

Si...

Si puedes mantener en su lugar tu cabeza cuando todos a tu alrededor,
han perdido la suya y te culpan de ello.

Si crees en ti mismo cuando todo el mundo duda de ti,
pero también dejas lugar a sus dudas.

Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no te domina el odio
Y aun así no pareces demasiado bueno o demasiado sabio.

Si puedes soñar y no hacer de los sueños tu amo;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes conocer al triunfo y la derrota,
y tratar de la misma manera a esos dos impostores.
Si puedes soportar oír toda la verdad que has dicho,
tergiversada por malhechores para engañar a los necios.
O ver cómo se rompe todo lo que has creado en tu vida,
y agacharte para reconstruírlo con herramientas maltrechas.

Si puedes amontonar todo lo que has ganado
y arriesgarlo todo a un solo lanzamiento ;
y perderlo, y empezar de nuevo desde el principio
y no decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón y tus nervios y tus tendones,
para seguir adelante mucho después de haberlos perdido,
y resistir cuando no haya nada en ti
salvo la voluntad que te dice: "Resiste!".

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
o caminar junto a reyes, y no distanciarte de los demás.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el inexorable minuto,
con sesenta segundos de lucha bravia...

Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,

y lo que es más: serás un hombre, hijo mío.

Rudyard Kipling

lunes, 4 de junio de 2012

LA LÍNEA 26


(Un relato breve de Antonio Hernández Espinal)


Querida Elena,

Después de tantos meses, he considerado necesario ponerme en contacto con usted por medio de esta carta.

Hoy hace justo un año que nos conocemos o, por decirlo con más propiedad, que yo la conocí a usted Es curioso, pero lo recuerdo perfectamente, a pesar de que en aquel momento no era consciente de que ese hecho me iba a marcar la vida ¡Tenemos tanto en común!

Soy una persona acomodada que he podido organizar todos y cada uno de los aspectos que rodean  mi vida, justo a la medida de mis necesidades. Tengo un buen trabajo, considerando que un buen trabajo es aquel en el que me pagan mucho más de lo que quizás merezco por la labor que desempeño, y que me da suficiente tiempo libre como para no tener que vivir exclusivamente para trabajar. No trabajo de cara al público, gracias a Dios; nunca me ha gustado demasiado tratar con la gente. Por eso vivo cómodamente, en una soledad elegida y bien administrada, en una amplia casa —quizás demasiado para mí— en las afueras. Soy un hombre cultivado y muy prudente, aficionado a la buena literatura y usuario diario del transporte público, ya que detesto los coches y ni siquiera tengo permiso de conducir.

Fue en enero, me dirigía a mi trabajo en autobús, como hago todos los días. Es la misma línea 26 que ambos solemos tomar y que nos lleva por un interminable recorrido hasta el centro, donde ambos tenemos nuestro trabajo. Yo suelo cogerlo a las siete y treinta y cinco y usted lo hace a las ocho y veintidós, puntualmente, todos los días. Nunca se ha retrasado, ni me ha sorprendido tomando el autobús que pasa cinco minutos antes, ni el que lo hace cinco minutos después. Siempre el mismo, y eso la hace aún más fascinante.

Como le decía, era enero y hacía mucho, mucho frío. Era uno de esos días de enero lluviosos y desagradables en los que uno está deseando ponerse a cubierto para calentarse un poco. Son días en los que el obligado tránsito hasta el trabajo, o de vuelta a casa, se vuelve insoportable, se hace más largo que nunca, si cabe. Y usted sabe bien que en días así el autobús suele ir repleto hasta la bandera.

A menudo suelo llevar algún libro a mano pero en esta ocasión no llevaba nada, así que me dediqué, como he hecho tantas veces, a observar a las personas que abarrotaban aquel autobús. Las juzgo en silencio y aventuro cómo serán sus vidas. Me gusta sacar conclusiones según los hábitos que observo en ellos. Si leen tal o cual cosa, si se quedan dormidos; veo cómo visten cada día o si juegan o hablan por el teléfono móvil.

He de confesarle que soy terriblemente bueno en esto. Me imagino, por ejemplo lo aburrida que tiene que ser la vida de esa señora que, desde que la conozco, lee novelas de amor sentada en el autobús. Cuando hablo de novelas de amor, no me refiero a grandes obras de la literatura universal, como “Desayuno con diamantes”, “Lolita” o “Cumbres borrascosas”. Me refiero a esas novelillas de poca calidad que suelen tener dibujos, en la portada, de hombres musculosos, con el torso desnudo y moreno, que abrazan a mujeres vestidas como si se hubieran escapado de “Lo que el viento se llevó”, que se ofrecen lánguidas, presas de un amor arrebatado y pecaminoso. Todo sobre un fondo de acantilados en un atardecer con tormenta. —¿Por qué dibujan a estos señores con el torso desnudo, con el día tan feo que hace?— No sé si se habrá percatado de la existencia de esa señora, de que ella nunca se arregla, ni se pinta, y lleva años con la misma ropa, pero se entrega con fruición a la lectura de esas novelillas, para huir, sin duda, de una vida aburrida y sin emociones. Una vez se me sentó a mi lado y pude comprobar, con desagrado, que huele a gato. Un olor insoportable y penetrante que no puedo resistir, le confieso. Sin duda vive sola, probablemente acompañada por uno o más felinos. En fin, esta mujer desagradable y solitaria no viene al caso, sólo quería ilustrarle mi afición a observar a las personas cuyos destinos convergen por azar con el mío, unos minutos, en el autobús de la línea 26 y que me ayudan a matar el tiempo que tengo que invertir obligatoriamente en mis traslados.

Pero aquel maravilloso día de enero fue diferente porque usted entró en mi vida. Fue, como tienen que ser las sorpresas agradables, sin avisar. Fue como un rayo de sol en aquel día lluvioso. Desde entonces, los viajes en la línea 26 no han vuelto a ser los mismos.

La verdad es que no la vi entrar. Había demasiadas personas en el autobús aquella mañana y yo estaba sentado en el fondo, pendiente de la conversación de una muchacha vulgar y gritona con el que supuse que era su novio. Cuando me aburrí de la conversación empecé a mirar al resto del pasaje, pero no encontré a nadie que captara mi atención.

Buscando algo que me ayudara a matar el tiempo alcancé a ver, por fin, su reflejo en el cristal. Aquella visión fue hipnótica, fue una revelación, una epifanía. Su imagen aparecía desdibujada, cambiante, pero intuí su belleza, su piel rosada y pálida y aquellos rizos anaranjados con que tanto he soñado desde entonces. Quería ver su imagen nítida, pero se me escapaba, a veces por el efecto de las luces de la ciudad, que igual me la revelaban con claridad un instante, que la oscurecían o la teñían de colores imposibles, como si se hubiera escapado de un cuadro de Chagall. Su reflejo se iba desfigurando por el efecto de las gotas de agua que salpicaban aquel cristal grabado —no lo olvidaré nunca—con el letrero de “Romper en caso de emergencia”, que se exhibía como una amenaza, puesto que en aquel momento aquel cristal era la bola mágica que unía mi mundo con el suyo. Si se rompía, aunque fuera por una emergencia real, como un incendio o un accidente, usted y yo podríamos quedar separados para siempre y ese pensamiento me angustiaba y me hacía sentir deseos de detener el tiempo, si eso hubiera sido posible.

El autobús se detuvo y usted se levantó por fin. Pude verla en todo su esplendor. Comprobé que aquellos rizos dorados que tanto me habían cautivado estaban, en realidad, mojados y pegados a su cabeza. Se le había corrido el maquillaje y tenía la ropa mojada y pegada al cuerpo —su cuerpo menudo y torneado fue para mí una revelación. Aquella visón duró tan sólo unos segundos, hasta que llegó a su parada, pero su imagen permaneció en mis retinas toda aquella jornada e, incluso, aquella misma noche. No piense mal de mí, me limitaba a rememorar aquel viaje en la línea 26 y de cómo usted había venido a romper el habitual hastío y la monotonía. Yo no la llamé, pero irrumpió en mi vida y la cambió para siempre.

A la mañana siguiente me desperté como un niño en su primer día de colegio, expectante. Volví a tomar el autobús temiendo no volver a verla, enumerando mentalmente las muchas razones que podían hacer que no volviéramos a coincidir. De hecho, yo tomaba todos los días el 26 a la misma hora pero jamás antes la había visto, y eso no era una buena señal, puesto estaba convencido de que, de haberlo hecho, habría reparado sin duda en su presencia —ya le he comentado lo buen observador que soy y cómo suelo reparan con detalle en todos mis insignificantes compañeros de viaje.

Pero allí estaba usted, puntual, como siempre desde aquel día. No fallaba usted ni una sola vez a nuestra cita.

Intenté no perderla de vista cada día desde entonces. Procuraba ocupar algún asiento que me permitiera observarla con detenimiento, memorizar cada uno de sus detalles, de sus gestos. Durante aquellos meses aprendí a apreciar su buen gusto por la buena literatura, la exquisitez de sus movimientos, la deliciosa forma en que le gustaba pasar desapercibida reservándose, sin duda, sólo para mí.

Aquel invierno leyó usted “Sabor a chocolate”, una interesante novela de José Carlos Carmona, un relativamente conocido autor español. Recuerdo que me fijé en que no llevaba alianza, lo que no significaba necesariamente que no estuviera casada. Pero me descubrí contento y aliviado por pensar que usted era libre, libre como yo.

En primavera, leyó usted “El Gran Gatsby”, de Scott Fitzgerald. Yo disfrutaba con sus blusas y agradecí, enormemente, que el clima nos hubiera librado a los dos de unas ropas de abrigo que la ocultan y que no le hacen justicia. En aquella época reparé en que de su cuello pendía un colgante con la letra “E” y estuve semanas elaborando listas, aventurando cual sería su nombre: Edurne, Edelmira, Edna, Eduvigis, Esther, Eleonor, Eloisa o, quizás, el más moderno y desgraciadamente de moda en la época en que sus padres decidieron cómo llamarla, Elisabeth. No, no podía ser Elisabeth. Usted no se merecía llamarse así.

Imagino que puede estar preguntándose por qué no la abordé, ni intenté entablar conversación. La verdad es que yo sabía que usted había reparado en mi existencia. Alguna vez nuestras miradas se habían cruzado en el autobús. Cuando eso ocurría, yo fingía recorrer el interior del vehículo con la mirada, fijando la vista en otras personas, a pesar de que ya no me importaba nadie más que usted Me sabía patético y sé que jamás la pude engañar con ese ardid, pero comprenderá que no sabía cuál iba a ser su reacción y no quería, no podía permitirme perturbar, de aquella manera, la relación que habíamos forjado día a día, en aquel autobús de la línea 26.

A veces, el azar hacía que se sentara a mi lado, lo que yo solía recibir con tal estremecimiento, que temía que usted se percatara y saliera huyendo de mí. Pero eso nunca ocurrió. En esos días me deleitaba con su suave y grácil movimiento de manos, con sus uñas cuidadas y pintadas, con su magnífico gusto para elegir sus pulseras o su reloj pero, sobre todo, me embriagaba de su perfume, aquel perfume sutil que tenía el poder de trasportarme a otros mundos, que me hacía vivir una vida que no era mía. Un perfume que usted dosificaba, sin duda, con el mimo necesario para que no fuera agresivo, sino sugerente.

Le confieso que, la primera vez que lo olí, dediqué toda la tarde a buscarlo en unos grandes almacenes. Fue una tarea durísima en la que, sin duda, mi pituitaria tuvo que sufrir un sinfín de aromas arrogantes y ofensivos, hasta que di con él, entre otros muchos de una estantería. “Luz” de Victorio & Luccino, en aquel envase transparente y redondo, decorado con tres letras serigrafiadas en rojo sobre. Cuando acerqué el ridículo cartoncito que dispensan para las pruebas, su olor me transportó a aquel autobús de la línea 26, junto a usted, leyendo “Libertad” de Jonathan Franzen. Le confieso con rubor que compré un frasco. Quizás piense que mi comportamiento fue un poco enfermizo pero debe tener presente que aquel recipiente era lo único que nos mantenía unidos a los dos, las muchas horas que teníamos que pasar separados y que se me antojaban eternas. Debería haber intuido que un perfume con ese nombre era el suyo. Luz. Exactamente lo que usted representaba para mí en todos mis amaneceres de autobús, oscuros y lóbregos. Para mí, amanecía cada día exactamente a las ocho y veintidós.

A final de la primavera, la sorprendí leyendo “La Crónica del pájaro que le da cuerda al mundo” de Murakami; o mejor debería decir que fue usted quien me sorprendió a mí. Habíamos compartido el mismo gusto por todos aquellos títulos con que usted se deleitaba durante sus viajes en autobús, pero nunca pensé que podría ser aficionada a la literatura oriental, tan lejana a nuestra cultura. No lo dudé ni un instante y me compré el libro esa misma tarde, lo que, sin duda, fue una de las decisiones más acertadas de toda mi vida. No sólo porque me descubriera usted, sin saberlo, un autor interesante y me abriera nuevas perspectivas literarias, sino por lo que ocurrió cuando se dio cuenta de que estábamos leyendo el mismo libro en el autobús —aunque yo prácticamente no leía nada y me limitaba a observarla pasar las hojas, apartarse el pelo de la cara, morderse delicadamente el labio inferior…—  Usted aquella mañana de mayo, me deleitó con su sonrisa y yo, instintivamente, ruborizado, se la devolví. Fue sólo un instante fugaz, quizás no llegara si quiera a un segundo, una fracción insignificante de una vida humana, pero para mí fue más que suficiente. Nunca me he sentido tan cerca de alguien, en una comunión tan absoluta como en aquella milésima de segundo, cuando se entrecruzaron nuestras sonrisas cómplices, gracias a Murakami.

El once de junio salí tarde de trabajo y, como si el destino nos hubiera unido a los tres —a usted, a mí y a la línea 26 del autobús urbano— coincidimos también en el viaje de vuelta. Tenía aspecto de estar cansada, aunque su luz se abría paso frente el agotamiento. Se bajó en su parada habitual y echó a andar en dirección a los edificios. No lo dudé, pero le confieso que tampoco lo tenía pensado. Fue un acto reflejo, un movimiento instintivo. Algo tiró de mí, salté como impulsado por un resorte y me deslicé furtivamente detrás suyo. Mantuve prudentemente cierta distancia, por miedo a ser descubierto. Esa tarde marcó un punto de inflexión en nuestra relación. Por fin iba a conocer su refugio, su hogar, donde pasa las horas que no está conmigo —si ignoramos, evidentemente, las que pasa trabajando.

Era una típica urbanización de las afueras, de altos edificios, de personas jóvenes que viven unas ajenas a las demás. En fin, usted sabe perfectamente donde vive. Entró en un portal y anoté mentalmente el número. Debe saber —no sé si lo habrá arreglado su Comunidad después de tantos meses— que tienen la puerta de la calle averiada. Se lo aviso porque desde aquel día me perturba que cualquier desaprensivo pueda seguirla hasta su domicilio. ¡Y yo no estaría con usted para socorrerla! Le confieso que este pensamiento me ha amenazado desde entonces y que, alguna vez, me he bajado en su parada sólo para comprobar que usted llegaba bien a casa.

Me acerqué al ascensor, donde se había subido y comprobé que se detenía en la planta diez y seis. Me imaginé que usted no se sentiría a gusto viviendo en una planta tan alta. Yo, desde luego, sería incapaz de hacerlo y por eso me compré una casa en las afueras que, si bien es verdad que me obliga a estar metido en el autobús bastante tiempo, me permite vivir sin preocuparme por los siempre molestos vecinos. Calculé mentalmente: el edificio tenía 18 plantas; a 4 viviendas por planta son un total de 72 viviendas, que con una media de 3 miembros, hacen un total de 213 insufribles vecinos, que no eran capaces de arreglar el mísero portal de la entrada.

Este razonamiento me alarmó porque, según las estadísticas, en su piso deberían vivir también tres personas, lo que significaba que usted no viviría sola y que —desde que descubrí que no llevaba alianza, me había relajado y nunca había vuelto a reparar en ello— usted podía estar casada e, incluso tener algún hijo. Me acerqué casi perdiendo el sentido hacia los buzones y busqué, inmediatamente, los que correspondían a la planta 16. Enseguida me tranquilicé, allí estaba usted, sin duda, “Elena García Fernández”, sola en su buzón, como invitándome a pasar.

Elena, tenía que ser Elena, me fui pensando mientras volvía a mi casa en el 26. Nombre de origen griego que significa “la que resplandece”, rezaba en la palma de mi mano la respuesta a la pregunta que había lanzado en Internet. Usted era perfecta en todo, también en el nombre.

Los siguientes días del mes de julio coincidimos, como siempre, en nuestro viaje matinal, pero me acostumbré a almorzar en el centro y esperar unas horas haciendo tiempo, mientras la esperaba para que volviéramos juntos a casa, ya bien entrada la tarde.

El mes de agosto se me hizo eterno, interminable. Intentaba pensar si habría alguna forma de localizarla en su lugar de vacaciones pero, lamentablemente no encontré ninguna. No me quedó otro remedio que montarme todas las mañanas en el mismo 26 donde habíamos forjado nuestra relación. Debido a que yo también estaba de vacaciones, y que ya no tenía que trabajar, resultaba un poco tedioso hacer tiempo hasta la tarde por si la veía montarse de nuevo en el autobús. Finalmente, tomé la decisión de esperar junto a su casa, en el parque que hay junto a su edificio, esperando a verla a usted o, al menos, a descubrir una señal que me indicara que, por fin, había vuelto. No fue fácil, aunque encontré fuerzas de flaqueza, esperando a  que usted apareciera. Sabrá muy bien que aquel parque está un poco huérfano de sombra y, en algunos momentos, el calor que pasaba esperando al sol, llegaba a resultar ciertamente sofocante.

Po fin llegó septiembres y allí estuvo usted de nuevo, puntual en nuestro autobús número 26 de las ocho y veintidós de la mañana. Observé que tenía el pelo algo más largo y la piel, quizás menos pálida, pero no había perdido nada del encanto que me llevó, aquel día de enero, a fijarme en usted. Leía “La guerra del fin del mundo” del genial peruano Mario Vargas Llosa y volví a sentirme en comunión con usted.

Las siguientes semanas fueron maravillosas y retomamos nuestra relación justo en el punto en el que la habíamos dejado hacía poco menos de un mes.

Sin embargo, un buen día, usted me dejó. Fue el momento más triste de mi vida y, creame, si le digo que, desde entonces, me cuesta encontrar una razón para seguir viviendo. Fue un 13 de octubre el primer día en que usted falló a nuestra cita puntual en el 26. Y, después de aquella fatídica cifra, hubo un catorce y un quince, llegó noviembre y pasó diciembre, y nunca más volvimos a vernos. Allí estábamos yo y aquella señora leyendo una novela de amor, con una portada diferente, y sin embargo igual a todas las que le había visto antes.

Por eso le escribo esta carta, a aquella dirección que furtivamente encontré aquel día en que la acompañé a su casa. No podía pasar un mes más sin saber de su existencia, aunque eso significara revelarle la mía.

Mañana tomaré, puntual como siempre, el autobús de la línea 26 a las siete treinta y cinco y, a las ocho y veintidós, la estaré esperando. Si usted quiere, podemos hablar. Soy un gran conversador, a pesar de no tener, la verdad, demasiadas personas con quienes cultivar el placer de una buena charla. Si usted quiere, ignóreme. Retomemos nuestra relación en los mismos términos en que la dejamos.

Pero, por favor, no vuelva a dejarme solo, como hizo aquel día, maldita sea la hora, en que decidió comprarse un coche.

lunes, 4 de abril de 2011

El porvenir encubre dolores y alegrías

El porvenir encubre
Dolores y alegrías.
Paso a paso marchamos
Hacia delante siempre,
Sin que el temor nos rinda.
Allá, a lo lejos, muéstrase
Imponente una cúpula,
sobre la cual, arriba
Reposan las estrellas;
Y abajo, en paz, las tumbas.
Mas no haya temor; que arriba
Están llamándonos las voces
De los genios y maestros:
“No perdáis tiempo, mortales:
Servid al bien con denuedo”.
Aquí, en silencio perenne,
Téjense bellas coronas,
Que habrán de ceñir las sienes
De quien por el bien labora.
¡Animo, pues, y a la obra!
Johann Wolfgang von Goethe

viernes, 26 de noviembre de 2010

La isla del Capitán Glutamato

La Isla del Capitán Glutamato
Un cuento que le escribí a mi hija y que ganó el Primer Premio del  I Concurso de Cuentos Breves de ASPROCESE. Espero que os sea de utilidad, sobre todo si tenéis hijos con algún tipo de intolerancia o alergia alimentaria.

jueves, 31 de enero de 2008

LA TEORÍA DE LAKOFF

LA VANGUARDIA. MANUEL CASTELLS.
El alcance de la teoría de Lakoff, por discutibles que sean algunas de sus hipótesis, rebasa el ámbito estadounidense, aunque sus aplicaciones directas tengan como referencia la cultura de ese país.

Qué tiene que ver la neurolingüística con la política? Al parecer bastante, si juzgamos por el entusiasmo que despierta entre los medios demócratas y progresistas de EEUU la teoría de George Lakoff. Cuando este académico mundialmente famoso, catedrático de ciencia cognitiva en Berkeley, da una de sus frecuentes charlas a lo largo de la geografía de EEUU, miles de personas hacen cola para escucharle. No vienen movidos por un interés científico, sino por su frustración política. Les quema el sentimiento de ver como sus conciudadanos siguen votando a George W. Bush y a los neoconservadores a pesar del deterioro de su nivel de vida y de la continuación de una guerra que rechaza la gran mayoría de la población. No es sólo el miedo al terrorismo o un nacionalismo mal entendido, les dice Lakoff. Es, según él, la capacidad de los estrategos republicanos de activar estructuras mentales inconscientes que motivan nuestros comportamientos sin prestar atención a la racionalidad de nuestros intereses o a los datos de la realidad. Lakoff se ha convertido en el símbolo de una regeneración de la política demócrata estadounidense.

Su panfleto político “¡No pienses en un elefante!” (el elefante es el símbolo del Partido Republicano) es un best seller y está prologado por Howard Dean, el actual presidente del Partido Demócrata. Hillary Clinton, probablemente la candidata presidencial demócrata en 2008, lo llama a consulta, al igual que los principales líderes del partido. “The New York Times” ha dedicado un reportaje especial a la influencia de Lakoff. Y multimillonarios como George Soros y otros están financiando el Rockridge Institute, una fundación para la formación política que prepara a los candidatos y agentes de campañas políticas del Partido Demócrata para las próximas elecciones, poniendo en práctica las hasta ahora abstractas teorías de este científico metido a político por la indignación que siente hacia lo que pasa en su país y en el mundo por culpa de su país.

¿De qué se trata entonces? ¿Ha descubierto Lakoff la piedra filosofal de la manipulación política y por tanto el antídoto contra ella? Pues algo así. Su idea es muy simple, aunque ha sido sesudamente argumentada en varios volúmenes de investigación importantes hasta llegar a su estadio panfletario. La ciencia cognitiva ha establecido que pensamos en términos de marcos mentales y metáforas, antes de entrar en el razonamiento analítico. Estos marcos mentales (frames) tienen existencia material, están en las sinapsis de nuestro cerebro, configurados físicamente en los circuitos neuronales. Cuando la información que recibimos (los datos) no se conforman a los marcos inscritos en nuestro cerebro, nos quedamos con los marcos e ignoramos los hechos. Por ejemplo, si se ha activado un marco que define al Presidente como protector contra todos los peligros del mundo, cualquier información que contradiga ese marco (como la falta de conexión entre Al Qaeda y Sadam Hussein, o la inexistencia de armas de destrucción masiva) tiene mucha dificultad para penetrar nuestra decisión consciente. Naturalmente, si ese marco no es operativo o si otro tipo de marco es el activado, entonces ocurre lo contrario, los datos se convierten en argumentos en contra de la política del miedo.

Lakoff piensa que uno de los marcos más importantes es aquel que se refiere al padre estricto y protector, al que tiene que castigar por nuestro propio bien, el que define las reglas de conducta y las transforma en disciplina, con respecto a nosotros y al mundo exterior. Y sostiene que los republicanos más conservadores han conseguido activar ese marco en una gran parte de la población. No por casualidad, sino como resultado de una larga estrategia desde hace tres décadas, para contrarrestar la hegemonía demócrata en la población. Financiaron con decenas de millones de dólares fundaciones y programas de investigación, reclutaron universitarios, publicistas, periodistas, escritores, especialistas de la imagen, y fueron perfeccionando poco a poco su lenguaje y su temática. Por ejemplo, al hablar de los impuestos como carga tributaria sin referirse a lo que se recibe a cambio de lo que se paga, se activa el mito del ciudadano expoliado por el Estado. O al hablar de matrimonio homosexual (en lugar de unión entre personas) se implica la devaluación de algo sacrosanto para mucha gente. Lo cual tiene consecuencias en la política. Porque Lakoff sostiene, apoyándose en estudios electorales, que la mayoría de la gente no vota por sus intereses, sino en función de su identidad. Los ciudadanos votan “según su identidad, sobre la base de quiénes son, de qué valores tienen y a quién y a qué admiran”. Y los estereotipos culturales y morales son los que más directamente enmarcan el voto por afinidad o por rechazo.

Ahora bien, Lakoff rechaza la interpretación práctica que se hace de sus enseñanzas en términos de reducirlo todo a una manipulación lingüística. Al contrario, les dice a los políticos, lo importante son las ideas y la relación de las ideas que se proponen con los valores inscritos en la identidad de las personas. Pero como todos tenemos distintos marcos de referencia, la clave es cómo activar esos valores latentes, cómo hacer que el deseo de solidaridad sea más fuerte que la agresividad individualista o el deseo de paz más fuerte que el miedo. De hecho, acusa a los demócratas de reducir la política a imágenes y de cambiar sus posiciones para conseguir el voto. En contraste, dice él, con los neoconservadores que afirman claramente sus valores, dicen exactamente lo que son y lo que quieren, y con esta claridad de principios articulan estrategias de comunicación no tanto para seducir a los electores, sino para convencer a los ciudadanos. Si alguien llega a convencerse de la justicia de la guerra en Irak como un reflejo de protección, entonces estará dispuesto a entender los errores de Bush sobre las armas de destrucción masiva y otras minucias. Por tanto, su fórmula de entrenamiento político es afirmar claramente los valores demócratas y progresistas y encontrar un lenguaje propio para comunicarlos, en lugar de intentar vanamente oponer los hechos al discurso articulado de los conservadores que busca establecer una complicidad de valores.

El alcance de la teoría de Lakoff, por discutibles que sean algunas de sus hipótesis, rebasa el ámbito estadounidense, aunque sus aplicaciones directas tengan como referencia la cultura de ese país. La idea de que la simple racionalidad o el cálculo del interés propio no es el determinante central del comportamiento es ampliamente aceptada, como muestra el éxito de los análisis en términos de inteligencia emocional. Pero en el ámbito de la política hay más resistencia a aceptarlo porque las ideologías liberal o marxista del progreso mediante la razón han ido arrinconando los valores y la identidad como fuentes de motivación en el espacio público. Y, sin embargo, si pueblo tras pueblo votan con frecuencia a favor de quienes representan intereses contradictorios a los suyos, es que hay otros mecanismos que deciden el poder. Por eso la gente busca, en EEUU y en otras partes, una explicación y una práctica que les permita liberarse del laberinto de metáforas inducidas en nuestros cerebros.

miércoles, 2 de enero de 2008

LAS VOCES Y LOS ECOS

Decía el Hermano Antonio Machado (sevillano y masón, como yo) "(...) Desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna. A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una.(...)"

Como ya hemos recordado en alguna entrada anterior, corresponde a Goebbles la paternidad de la afirmación de que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Yo añadiría además que si dicha mentira consigue aparecer entre las primeras páginas de búsqueda de Google, entonces la carta patente de veracidad está garantizada.

Quiero dedicar este primer envío del año, para colaborar a distinguir entre las voces y los ecos, especialmente en un medio como éste (Internet), con dos ejemplos con los que me he topado y que, sin duda, no serán los últimos.

Circulan por Internet dos hermosas poesías atribuidas, de forma bastante generalizada, a autores distintos de los suyos.

La primera a la que me refiero es a ésta, titulada "Queda prohibido":

¿Qué es lo verdaderamente importante?,
busco en mi interior la respuesta,
y me es tan difícil de encontrar.
Falsas ideas invaden mi mente,

acostumbrada a enmascarar lo que no entiende,
aturdida en un mundo de irreales ilusiones,
donde la vanidad, el miedo, la riqueza,
la violencia, el odio, la indiferencia,
se convierten en adorados héroes,
¡no me extraña que exista tanta confusión,
tanta lejanía de todo, tanta desilusión!.
Me preguntas cómo se puede ser feliz,
cómo entre tanta mentira puede uno convivir,
cada cual es quien se tiene que responder,
aunque para mí, aquí, ahora y para siempre:
Queda prohibido llorar sin aprender,

levantarme un día sin saber qué hacer,
tener miedo a mis recuerdos,
sentirme sólo alguna vez.
Queda prohibido no sonreír a los problemas,

no luchar por lo que quiero,
abandonarlo todo por tener miedo,
no convertir en realidad mis sueños.
Queda prohibido no demostrarte mi amor,

hacer que pagues mis dudas y mi mal humor,
inventarme cosas que nunca ocurrieron,
recordarte sólo cuando no te tengo.
Queda prohibido dejar a mis amigos,

no intentar comprender lo que vivimos,
llamarles sólo cuando los necesito,
no ver que también nosotros somos distintos.
Queda prohibido no ser yo ante la gente,

fingir ante las personas que no me importan,
hacerme el gracioso con tal de que me recuerden,
olvidar a todos aquellos que me quieren.
Queda prohibido no hacer las cosas por mí mismo,

no creer en mi dios y hallar mi destino,
tener miedo a la vida y a sus castigos,
no vivir cada día como si fuera un último suspiro.
Queda prohibido echarte de menos sin alegrarme,

odiar los momentos que me hicieron quererte,
todo porque nuestros caminos han dejado de abrazarse,
olvidar nuestro pasado y pagarlo con nuestro presente.
Queda prohibido no intentar comprender a las personas,

pensar que sus vidas valen más que la mía,
no saber que cada uno tiene su camino y su dicha,
sentir que con su falta el mundo se termina.
Queda prohibido no crear mi historia,

dejar de dar las gracias a mi familia por mi vida,
no tener un momento para la gente que me necesita,
no comprender que lo que la vida nos da, también nos lo quita.

Este poema está, de forma bastante generalizada, atribuido a Pablo Neruda, a pesar de que su estilo y lenguaje distan mucho de los de este autor. En realidad estos versos fueron escritos por Alfredo Cuervo Barrero, un joven poeta vasco. Sin embargo, alguien los atribuyó a Neruda, otra persona bebió de esta fuente sin confirmarla y así, sucesivamente, se fue extendiendo la falacia. (¡Cómo me recuerda esta forma de actuar a la de muchos medios de comunicación!)

Otro caso particular es el que se da con otro hermoso poema, titulado "Deseo":

Te deseo primero que ames y que,
Amando, también seas amado.
Y que, de no ser así, seas breve en olvidar
Y que después de olvidar no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que si es,
Sepas ser sin desesperar.
Te deseo también que tengas amigos y que,
Incluso malos e inconsecuentes, sean valientes y fieles,
Y que por lo menos haya uno en quien puedas confiar sin dudar.
Y porque la vida es así, te deseo también que tengas
Enemigos. Ni muchos ni pocos, en la medida exacta para que,
Algunas veces, te cuestiones tus propias certezas.
Y que entre ellos, haya por lo menos uno que sea justo,
Para que no te sientas demasiado seguro.
Te deseo además que seas útil, mas no insustituible.
Y que en los momentos malos, cuando no quede nada más,
Esa utilidad sea suficiente para mantenerte en pie.
Igualmente te deseo que seas tolerante;
No con los que se equivocan poco, porque eso es fácil,
Sino con los que se equivocan mucho e irremediablemente,
Y que haciendo buen uso de esa tolerancia,
Sirvas de ejemplo a otros.
Te deseo que siendo joven no madures demasiado deprisa,
Y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer,
Y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placer y su dolor
Y es necesario dejar que fluyan entre nosotros.
Te deseo de paso que seas triste,
No todo el año sino apenas un día.
Pero que en ese día descubras que la risa diaria es buena,
Que la risa habitual es sosa y la risa constante es malsana.
Te deseo que descubras, con urgencia máxima,
Por encima y a pesar de todo, que existen
Y que te rodean seres oprimidos
Tratados con injusticia, y personas infelices.
Te deseo que acaricies un gato, alimentes a un pájaro
Y oigas a un jilguero erguir triunfante su canto matinal,
Porque de esta manera te sentirás bien por nada.
Deseo también que plantes una semilla,
Por más minúscula que sea, y la acompañes en su crecimiento,
Para que descubras de cuántas vidas está hecha un árbol.
Te deseo, además, que tengas dinero,
Porque es necesario ser práctico.
Y que por lo menos una vez por año pongas algo
De ese dinero enfrente de ti y digas: 'Esto es mío',
Sólo para que quede claro quién es el dueño de quién.
Te deseo también que ninguno de tus afectos muera
Pero que, si muere alguno, puedas llorar sin lamentarte
Y sufrir sin sentirte culpable.
Te deseo por fin que, siendo hombre, tengas una buena mujer,
Y que, siendo mujer, tengas un buen hombre
Mañana y al día siguiente, y que cuando estéis exhaustos
Y sonrientes, aún sobre amor para empezar de nuevo.
Si todas estas cosas llegaran a pasar,
No tengo nada más que desearte."

En este caso, la atribución apócrifa es más atrevida, puesto que dicen que pertenece a Victor Hugo, e incluso se maravillan de su vigencia y actualidad. Su autor es el escritor brasileño Sergio Jockymann y fue publicada en 1980. Como demostración, la verdadera versión en portugués:
"Desejo primeiro, que você ame,e que amando, também seja amado. E que se não for, seja breve em esquecer e esquecendo não guarde magoa. Desejo pois, que não seja assim, mas se for, saiba ser sem desesperar. Desejo também que tenha amigos, que mesmo maus e inconseqüentes, sejam corajosos e fiéis, e que em pelo menos num deles você possa confiar sem duvidar, E porque a vida é assim, desejo ainda que você tenha inimigos; Nem muitos, nem poucos, mas na medida exata para que, algumas vezes, você se interpele a respeito de suas próprias certezas.
"E que entre eles, haja pelo menos um que seja justo, para que você não se sinta demasiado seguro. Desejo depois que você seja útil, mas não insubstituível. E que nos maus momentos, quando não restar mais nada, essa utilidade seja suficiente para manter você de pé. Desejo ainda que você seja tolerante; não com os que erram pouco, porque isso é fácil, mas com os que erram muito e irremediavelmente, e que fazendo bom uso dessa tolerância, você sirva de exemplo aos outros. Desejo que você sendo jovem não amadureça depressa demais,e que sendo maduro, não insista em rejuvenescer e que sendo velho não se dedique ao desespero.
Porque cada idade tem o seu prazer e a sua dor e é preciso deixar que eles escorram por entre nós. Desejo por sinal que você seja triste; não o ano todo, mas apenas um dia. Mas que nesse dia descubra que o riso diário é bom; o riso habitual é insosso e o riso constante é insano. Desejo que você descubra, com o máximo de urgência, acima e a despeito de tudo, que existem oprimidos, injustiçados e infelizes, e que estão à sua volta.
Desejo ainda que você afague um gato, alimente um cuco e ouça o João-de-barro erguer triunfante o seu canto matinal; porque assim, você se sentirá bem por nada. Desejo também que você plante uma semente, por mais minúscula que seja, e acompanhe o seu crescimento, para que você saiba de quantas muitas vidas é feita uma árvore.
"Desejo outrossim, que você tenha dinheiro,porque é preciso ser prático. E que pelo menos uma vez por ano coloque um pouco dele na sua frente e diga "Isso é meu", só para que fique bem claro quem é o dono de quem. Desejo também que nenhum dos seus afetos morra, por ele e por você,mas que se morrer, você possa chorar sem se lamentar e sofrer sem se culpar.
"Desejo por fim que você sendo um homem, tenha uma boa mulher, e que sendo uma mulher, tenha um bom homem e que se amem hoje, amanhã e no dia seguinte, e quando estiverem exaustos e sorridentes, ainda haja amor para recomeçar.E se tudo isso acontecer, não tenho nada mais a te desejar."
Es probable que, algunos casos, las mentiras sean intencionadas, para aprovechar la tendencia natural que tenemos de aceptar las citas y pensamientos de los personajes ilustres y que, cuanto más ilustre sea éste, mejores van a ser sus ideas. Nos hemos vuelto consumidores, también, de ideas.

La mentira acecha de mil formas diferentes, y es capaz de adoptar mil caras, pero debemos siempre hacer del pensamiento crítico nuestra forma de vida para poder distinguir las VOCES de los ECOS.

He dicho.

martes, 20 de noviembre de 2007

HOLA MUNDO

Soy un amante del Diccionario de la Real Academia. Casi un adicto. Y suelo consultarlo a menudo para ver lo que significan exactamente las palabras.
Me autodefino como ecléctico, en su sentido más estricto, es decir que intento practicar estas dos acepciones del término:
  1. Modo de juzgar u obrar que adopta una postura intermedia, en vez de seguir soluciones extremas o bien definidas.
  2. Escuela filosófica que procura conciliar las doctrinas que parecen mejores o más verosímiles, aunque procedan de diversos sistemas.

El eclecticismo es para mí una forma de entender y de ver el mundo, una actitud que se debe practicar activamente porque, desgraciadamente, tenemos una tendencia absurda al extremismo.

Como decalración de intenciones y haciendo gala de mi eclecticismo, os voy a decir que, aunque también puedo introducir otros temas, hablaremos en este blog de aquellas cosas que más me interesan. Es decir, y no necesariamente en este orden: Política, Filosofía y Cultura (sobre todo literatura, música y cine).

Cualquier intento de autodefinirse, de etiquetarse, es siempre un ejercicio de simplificación ontológica. sin embargo, pretendo en este blog declararme públicamente (aunque oculto por un seudónimo) masón, miembro del PSOE de Sevilla, republicano, agnóstico y, por supuesto, bético.

Así que, después, que nadie venga diciendo que no está avisado de antemano.

He dicho.