miércoles, 31 de agosto de 2011
La fiesta y la cruzada
jueves, 15 de julio de 2010
Viene Benedicto
sábado, 3 de julio de 2010
Al César lo que es del César...
lunes, 21 de junio de 2010
La Masonería liberal reivindica el principio constitucional de aconfesionalidad
sábado, 8 de agosto de 2009
LAICIDAD COMO ANTÍDOTO
jueves, 8 de mayo de 2008
DE LA VEGA VIAJA HACIA LA LAICIDAD
lunes, 5 de mayo de 2008
¿VIVIMOS EN UN ESTADO LAICO?
La ceremonia de toma de posesión de los miembros del Gobierno está siempre presidida, aparate de la Constitución, por un enorme crucifijo y una Biblia de 1791 que fue propiedad de Carlos IV, abierta por un pasaje sobre el voto y el juramento del Libro de los Números.lunes, 31 de marzo de 2008
"EL LAICISMO NO ES ANTIRRELIGIOSO"
"La educación pública tiene que ser laica a todos los niveles. Dentro de una educación pública laica sólo se pueden transmitir conocimientos científicos y principios constitucionales", resumió el pensador. Savater defendió la educación como pilar esencial de las democracias. "Una democracia tiene que ser educativa", recalcó.
Savater remontó el concepto de separación entre la Iglesia y el Estado a las propias raíces del cristianismo. "Hace unos años, con motivo de la frustrada Constitución europea, se planteó si se debía hacer una mención específica a las raíces cristianas de Europa en esa Constitución. Parecía que era una pretensión que podría ser inmanejable y engañosa. Yo veía algo tramposo en ella porque, precisamente, lo que aporta el cristianismo es una separación entre el Estado y la religión entendida como legitimación del poder, las instituciones y el emperador. Ello convierte a la religión en algo que está al margen del Estado", detalló el escritor donostiarra.
"La verdadera raíz cristiana es la separación de la Iglesia y el Estado. La aportación del cristianismo es la separación entre el Estado y la religión. Las raíces cristianas de Europa son el laicismo. Eso es lo que no existe en el mundo musulmán, donde no ha existido nunca una separación entre el Estado y la religión", agregó Savater. El filósofo recordó, además, que "la expresión más sencilla y comprensible del laicismo está en el Evangelio: 'Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".
Savater hizo un repaso histórico del rechazo de la Iglesia católica a la democracia y la libertad de conciencia a lo largo de los siglos XVIII, XIX y parte del XX. El Concilio Vaticano rompió con esta tendencia. "A partir del Concilio Vaticano se acepta la libertad de conciencia como parte de la libertad humana", señaló Savater. "Como decía Voltaire en una de sus cartas, 'Cada inglés va al cielo o al infierno por el camino que prefiera. Ésa es la libertad de conciencia", añadió el escritor.
Savater hizo un elogio de la libertad de conciencia y de sus consecuencias. Esa libertad supone, a su juicio, que "se respeten todas las posturas sabiendo que eso implica que a uno le molesten muchas de las cosas que oye y muchas de las conductas que ve". "El verdadero laicismo es el reconocimiento de esta situación y que todos nos acostumbremos a que tenemos que convivir con aspectos ideológicos que no nos agradan", afirmó el filósofo.
Savater, que defendió la asignatura de Educación para la Ciudadanía, hizo hincapié en que las expresiones públicas de la religión "tienen que ser a título privado y no se pueden convertir en obligatorias para todo el mundo". Sobre la obligatoriedad de la religión en el ámbito privado de las personas contó una anécdota pavorosa. El protagonista de esta historia fue Casanova, el aventurero y escritor italiano del siglo XVIII. Cuenta Casanova en sus memorias que cuando llegó a Madrid, sintió un primer motivo de asombro al ver que en la habitación de su pensión no había pestillo. La posadera le explicó que el pestillo estaba en la parte exterior de la puerta. Y le dijo que cerraban la puerta por fuera por si venían los sabuesos de la Inquisición a comprobar con quién dormía cada huésped. "Esto ha existido hasta ahora. En Europa ha habido integrismo hasta hace poco. No es algo que les pase exclusivamente a los islámicos", recordó Savater.
El filósofo insistió en su defensa de la libertad de conciencia. "La religión o la irreligión es un derecho de cada cual. Lo malo es que para el verdadero creyente la religión no es un derecho, sino un deber para él y para los demás", concluyó el pensador.
jueves, 13 de marzo de 2008
CREYENTES Y NO CREYENTES
La situación de los musulmanes en Europa constituye una parte significativa de este debate, pero es importante recordar que las cuestiones son mucho más amplias. En los últimos tiempos, la discusión sobre los musulmanes en Europa ha cristalizado en torno a unos cuantos personajes públicos, incluidas ciertas opiniones que se me atribuyen a mí. Esta personalización del debate contribuye a darle más visibilidad, pero también corre el riesgo de que se deshaga en oscuros callejones polémicos del tipo de "quién dijo o no dijo qué sobre quién". Seguramente es más útil dejar de lado a las individualidades, por el momento, y volver a formular algunos de los principios fundamentales de la posición liberal laica que yo propongo. Como es natural, no puedo detallarlos en un solo artículo -haría falta un libro-, pero he aquí unos cuantos elementos básicos.
Los musulmanes parten del islam. Los liberales parten del liberalismo. Yo soy liberal, de modo que mi origen está en el liberalismo; no en la parodia propagada por la derecha estadounidense, sino en el liberalismo debidamente interpretado como la búsqueda del máximo grado posible de libertad individual, siempre que sea compatible con la libertad de los demás. Creo que, ante los retos que supone una diversidad en aumento, los ciudadanos debemos ponernos de acuerdo y detallar con más claridad los principios fundamentales de una sociedad libre. Una forma de avanzar en este sentido sería una carta de los derechos y los deberes de los ciudadanos como la que propone el primer ministro británico, Gordon Brown.
Uno de esos principios fundamentales es la libertad de expresión, que se ha visto erosionada de manera alarmante por las amenazas de muerte de los extremistas y por la desacertada voluntad de apaciguarlos de antemano por parte de diversas instituciones públicas y privadas. La libertad de expresión incluye necesariamente el derecho a ofender; no el deber, sino el derecho. En especial, debemos ser libres de decir lo que queramos sobre las figuras históricas, se trate de Moisés, Jesús, Mahoma, Churchill, Hitler o Gandhi, y luego dejar que se contrasten nuestras afirmaciones con las pruebas documentales. Puede que no estemos de acuerdo con lo que digan quienes quieren levantar controversias sobre estas figuras, pero debemos defender hasta la muerte su derecho a decirlo. Por motivos obvios, debe haber límites a lo que se puede decir sobre personas que aún están vivas, pero deben ser unos límites muy precisos.
Otro principio fundamental del liberalismo es la igualdad ante la ley, que incluye la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Otro es la libertad religiosa. Como una de las ideas liberales por excelencia es que debemos ser libres -no sólo de perseguir nuestra propia versión de lo que es una buena vida, sino de cuestionarla y revisarla-, se deduce que debemos ser libres para propagar, poner en tela de juicio, cambiar y abandonar nuestra religión. En una sociedad libre, el proselitismo, la herejía y la apostasía no son delitos. Eso es algo, especialmente en el caso de la apostasía, que muchas versiones tradicionales del islam -para no hablar de las extremistas- no aceptan, pero es una idea liberal fundamental a la que no podemos renunciar.
Para garantizar estas libertades necesitamos una esfera pública laica. ¿Pero a qué nos referimos exactamente cuando decimos eso? Si hablamos de "los valores de la Ilustración", hay que preguntar: ¿qué Ilustración? ¿La Ilustración de John Locke, que reivindicaba la libertad religiosa, o la de Voltaire, que aspiraba a que estuviéramos libres de religión? (simplifico deliberadamente una historia más compleja). ¿Un orden liberal en el que los devotos de todos los dioses tengan libertad para intervenir en la vida pública, en igualdad de condiciones con quienes afirman -a mi juicio, con razón- que no existe Dios? ¿O un orden liberal en el que se mantenga a todos los dioses lo más lejos posible de la plaza pública? (El término republicano francés de laicité se aproxima más a la segunda modalidad, y la tradición de la primera enmienda estadounidense, a la primera). Yo me inclino más hacia Locke, pero no creo que convenga realizar este debate en el nivel abstracto y teórico de ¿qué Ilustración? Es mejor abordar aspectos concretos: escuelas religiosas, nuevas mezquitas, la enseñanza de la evolución, el hiyab, las caricaturas de Mahoma, y así sucesivamente.
No obstante, lo que sí debemos dejar más claro es la diferencia entre el laicismo y el ateísmo. En mi opinión, el laicismo debería consistir en una discusión sobre las normas para una vida social y pública común; el ateísmo es un debate sobre la verdad científica, la liberación individual y la esencia de una buena vida. El debate actual sobre el islam está pervertido por una confusión entre las dos cosas. Los ateos deben tener derecho a decir a los musulmanes, cristianos y judíos: "Seríais mucho más libres de mente si abandonarais vuestra ridícula fe en Dios". Y los creyentes deben tener derecho a contestar: "Tendríais un sentido más profundo de la libertad personal si tuvierais fe". Ahora bien, ninguno puede imponer su postura al otro ni convertirla en condición indispensable para participar como ciudadano en una sociedad libre. El debate político sobre la libertad para la religión y el debate personal sobre la libertad de religión o de la religión tienen que producirse en planos distintos.
Esa distinción, por supuesto, perdería valor si ser un musulmán devoto fuera verdaderamente incompatible con ser un ciudadano de pleno derecho en una sociedad libre. Me da la impresión de que eso es lo que creen varios de quienes participan en el debate actual, tanto ateos como cristianos, aunque no suelen decirlo con todas las letras. Pero la idea asoma una y otra vez: por ejemplo, en la fórmula de que "el islam es incompatible con la democracia". Sin embargo, yo, que no soy musulmán, no tengo más remedio que coincidir con el autor Edward Mortimer, que en su estudio sobre la política del islam, Faith and power, llegaba a la conclusión de que no existe un islam único e inmutable -"no hay más que lo que oigo decir y veo hacer a los musulmanes"-. Lo que dicen y hacen los musulmanes, en nombre del islam, ha variado enormemente a lo largo de la historia, y sigue variando hoy día. Están el Corán y el Hadith (tradiciones orales sobre la vida y enseñanzas de Mahoma), desde luego, igual que está la Biblia. Pero, como en todas las grandes religiones, se trata de textos complejos, sujetos a diversas interpretaciones.
Cuando, esta semana, en The Guardian, un musulmán escribía una carta en la que decía, apoyándose en referencias del Corán, que el islam, debidamente interpretado, apoya "el principio crucial de la libertad de expresión", ¿qué interés podemos tener los liberales no musulmanes en discutirle esa afirmación? Si un cristiano apoya el imperio de la ley, tal como lo entendemos en un Estado liberal y laico del siglo XXI, no se nos ocurre gritar: ¡pero tu Antiguo Testamento dice "vida por vida, ojo por ojo, diente por diente!". A no ser que los intereses ateos -demostrar que la religión no sólo es una tontería, sino una tontería peligrosa- puedan más que los intereses laicos liberales, que consisten en ver cómo puede convivir gente de distintas creencias en paz y libertad.
Se me acaba el espacio, y no he hecho más que empezar. Hay mucho que decir todavía. Todos los comentarios serán bien recibidos, y seguiremos con esta conversación tan importante.
jueves, 21 de febrero de 2008
DE LAICOS, LAICISTAS Y ACONFESIONALES
Mi amigo Javier Otaola escribe en su Blog, NONOBSTANTE, un comentario a la entrada anterior titulada “Sevilla Laica” que tengo que agradecerle, porque me sugiere aspectos en los que no había reparado con anterioridad. Su comentario es el siguiente:“Me gusta el documento pero se me ocurren dos objeciones, (1) ¿la laicidad es
una condición que se predica del Estado o de la Sociedad? ¿Qué significa exactamente que la "sociedad es laica"?
Desde mi punto de vista decir que una sociedad es laica no tiene sentido: la sociedad será "a pro rata" agnóstica, atea, católica, musulmana o lo que sea pero la laicidad como regla institucional no es aplicable a "lo social", sino sólo al discurso político. Si los entes colectivos carecen de conciencia propia tampoco "La Sociedad" pude tener una conciencia laica. La Metereología como ciencia es laica, pero un metereólogo puede ser católico, protestante, musulmán, judío, ateo, agnóstico...y la sociedad o el colectivo de los metereólogos será lo que sean aquellos.
(2) ¿Por qué el Derecho Público no puede reconocer institucionalmente a las religiones organizadas como interlocución en aquello que pueda ser de interés mutuo? Incluso en Francia -modelo de laicidad- se produce ese reconocimiento, vg: Consejo Musulmán de Francia...también en Turquía existe una Dirección de Asuntos Religiosos.
En mi opinión la laicidad es un instrumento para la libertad, pero no un fin en sí misma. Es más, hay Estados que han creado regímenes de libertad sin pasar por la laicidad: vg: Reino Unido, Holanda, Dinamarca, Suecia, Japón...”
Ante esto debo decir que, a la primera objeción, debemos tener en cuenta lo que el diccionario entiende por sociedad:
Dicho esto, dependerá del conjunto de personas que cojamos al hablar de sociedad, que deberemos entender si debe o no ésta ser laica: Si hablamos de la sociedad de los católicos, evidentemente esta no será laica, sino católica, pero si hablamos de la sociedad sevillana (y lo mismo sería aplicable a la española), a la que hacía referencia el documento, en tanto en cuanto que formada por personas de distintas confesiones, ésta creo que debe ser laica, es decir, “independiente de cualquier organización o confesión religiosa” (el entrecomillado está extraído del diccionario de la RAE).
Otra cosa es que apliquemos una metonimia muy común que asimila sociedad a “sociedad civil” es decir, al “ámbito no público, sociedad de los ciudadanos y sus relaciones y actividades privadas.” Que, en tanto que privada, no va a ser nunca laica sino que, como muy bien explicas, va a ser católica, protestante, musulmana, judía, atea, agnóstica… La sociedad civil es como es, no como la queramos definir, y se expresa como convenientemente decide. Esto es lo que justifica, por ejemplo, expresiones civiles de profundo contenido religioso, como por ejemplo las procesiones de Semana Santa que tenemos en Sevilla.
De todas formas, esto apunta un problema muy común propiciado por el hecho de que solemos utilizar tres términos casi como sinónimos, cuando realmente no lo son:
Laicidad: Galicismo que no existe en el diccionario de la Real Academia, pero que, si atendemos a su origen (laïcité), vendría a designar una característica de las instituciones públicas o privadas, que según este principio son independientes de las distintas Iglesias y que también se refiere a la imparcialidad y neutralidad, en este caso del Estado, con respecto a las distintas religiones (sería casi como un sinónimo de nuestra aconfesionalidad pues observemos que, en francés, el antónimo de confesionalidad es laicidad, no a-confesionalidad).
Laicismo: Nuestro diccionario entiende el laicismo como aquella “doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa.” Esta definición es ambigua porque prácticamente incluye lo que entendemos por laicidad, pero está connotada de su significado original en francés, que se refiere a la doctrina que quiere excluir la religión de todas las instituciones públicas.
Aconfesionalidad: Que según la RAE sólo significa “que no pertenece o está adscrito a ninguna confesión religiosa” (significado que, como ya he comentado, es en la práctica casi sinónimo de laicidad). Es verdad que, el necesario pacto constitucional de 1979, provocó que, frente a algunos que pretendían definir el Estado español como laico, como ocurre en otras muchas Constituciones de nuestro entorno, los sectores católicos transaccionaron permitiendo que se utilizara el término aconfesional que viene a decir solamente, que no tiene una religión como propia.
La referencia al significado en francés, al que debiera la Real Academia (en una alarde de laicidad, si se me permite) adaptarse, viene dada por el hecho de que este debate nos llegó a nosotros con las ideas de la Ilustración importadas de Francia.
En cuanto al segundo punto, estoy totalmente de acuerdo contigo, independientemente de lo que exprese el manifiesto. De hecho, la Constitución dice que "los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española" y que deberán "establecer relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones". Aunque, justificando en cierto modo la redacción, creo que es un exceso que lo que realmente quiere prevenir es de la tentación tan frecuente y tan vigente de que las religiones quieran imponer sus preceptos morales al ordenamiento jurídico general.
Esto no significa que no puedan ser interlocutores. Más bien al contrario, la independencia y autonomía de los poderes públicos es la que garantiza la convivencia de todos (cristianos, judíos, musulmanes, agnósticos, ateos o cienciólogos) apoyándose en dicha capacidad mediadora.
De todas formas, como podemos ver, el tema es muy complejo y lleno de recovecos, aunque fundamental en la sociedad actual.
martes, 19 de febrero de 2008
SEVILLA LAICA

Sevilla Laica es una iniciativa para crear un grupo organizado de personas que defiendan la laicidad, entendida como el establecimiento de las condiciones jurídicas, políticas y sociales idóneas para el desarrollo pleno de la libertad de conciencia, base de los Derechos Humanos.
Nuestra asociación se define como laicista, entendiendo por laicismo la defensa del pluralismo ideológico en pie de igualdad como regla fundamental del Estado de Derecho y el establecimiento de un marco jurídico adecuado y efectivo que lo garantice y lo proteja frente a toda interferencia de instituciones religiosas que impliquen ventajas o privilegios. Por ello se alinea con el resto de las organizaciones laicistas europeas que defienden la consideración del ciudadano individual como el único titular de la libertad de conciencia y la distinción entre la esfera de lo público, que concierne a todos y a cada uno de los ciudadanos, independientemente de sus orientaciones en materia de conciencia, y la esfera de lo privado, lugar de las creencias particulares. En consecuencia, propugna la estricta separación de las iglesias y el Estado. Para el logro de una sociedad laica en un sentido genuino y pleno, nuestra asociación considera fundamentales los principios siguientes:
- El individuo, en tanto que ciudadano, es el único titular de la libertad de conciencia, que debe ser protegida por el ordenamiento jurídico. Toda fe o confesión religiosa es atributo de una conciencia individual, nunca de una entidad colectiva (pueblo, sociedad, estado o asociación). Es, pues, sólo la conciencia individual, tanto en la libertad de su fuero interno como en las actividades que ejerce en la vida práctica, la que tiene pleno derecho a ser protegida. Las entidades colectivas carecen de conciencia propia y no son, por lo tanto, sujetos de derecho en materia de libertad de conciencia.
- Los individuos miembros de entidades colectivas poseen el derecho a que se protejan sus convicciones en el espacio propio de dichas entidades, sin más límites que los principios de igualdad de todos los ciudadanos (igualdad positiva) y de orden público sin discriminaciones (igualdad negativa).
- Los poderes públicos, en el ámbito de su soberanía (supraestatal, estatal o intraestatal), deberán ser no confesionales y neutrales en materia religiosa. Ninguna asociación religiosa podrá recibir privilegios, excepciones o estatutos diferentes de las formas del derecho común. El Derecho Público no deberá reconocer institucionalmente las religiones. Asimismo deben mantenerse vigilantes para evitar que las organizaciones religiosas intenten presionarlos para imponer sus creencias a los ciudadanos.
- Los poderes públicos deberán proteger la libertad ideológica, entendida como un aspecto del derecho de los individuos a la libre conciencia sin discriminaciones de ninguna clase, no como un derecho de las confesiones religiosas.
- El instrumento básico para lograr una sociedad laica es la escuela pública, universal, no confesional y financiada íntegramente por el Estado. Dicha escuela deberá respetar y promover el pluralismo ideológico y la libertad de conciencia, cuya defensa debe ser uno de sus objetivos fundamentales. La enseñanza debe basarse en el hecho científico y en el humanismo, sentando las bases para una convivencia democrática entre iguales.
lunes, 18 de febrero de 2008
LAICISMO: CINCO TESIS
El debate sobre la relación entre el laicismo y la sociedad democrática actual (en España y en Europa) viene ya siendo vivo en los últimos tiempos y probablemente cobrará nuevo vigor en los que se avecinan: dentro de nuestro país, por las decisiones políticas en varios campos de litigio que previsiblemente adoptará el próximo Gobierno; y en toda Europa, a causa de los acuerdos que exige la futura Constitución europea y por la amenaza de un terrorismo vinculado ideológicamente a determinada confesión religiosa. En cuestiones como ésta, en que la ceguera pasional lleva a muchos a tomar por enemistad diabólica con Dios el veto a ciertos sacristanes y demasiados inquisidores, conviene intentar clarificar los argumentos para dar precisión a lo que se plantea. A ello y nada más quisieran contribuir las cinco tesis siguientes, que no pretenden inaugurar mediterráneos, sino sólo ayudar a no meternos en los peores charcos.
- Durante siglos, ha sido la tradición religiosa -institucionalizada en la iglesia oficial- la encargada de vertebrar moralmente las sociedades. Pero las democracias modernas basan sus acuerdos axiológicos en leyes y discursos legitimadores no directamente confesionales, es decir, discutibles y revocables, de aceptación en último caso voluntaria y humanamente acordada. Este marco institucional secular no excluye ni mucho menos persigue las creencias religiosas: al contrario, las protege a las unas frente a las otras. Porque la mayoría de las persecuciones religiosas han sucedido históricamente a causa de la enemistad intolerante de unas religiones contra las demás o contra los herejes. En la sociedad laica, cada iglesia debe tratar a las demás como ella misma quiere ser tratada... y no como piensa que las otras se merecen. Convertidos los dogmas en creencias particulares de los ciudadanos, pierden su obligatoriedad general pero ganan en cambio las garantías protectoras que brinda la Constitución democrática, igual para todos.
- En la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que pueda imponerse a nadie. De modo que es necesaria una disposición secularizada y tolerante de la religión, incompatible con la visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para otros o para todos. Lo mismo resulta válido para las demás formas de cultura comunitaria, aunque no sean estrictamente religiosas, tal como dice Tzvetan Todorov: «Pertenecer a una comunidad es, ciertamente, un derecho del individuo pero en modo alguno un deber; las comunidades son bienvenidas en el seno de la democracia, pero sólo a condición de que no engendren desigualdades e intolerancia» (Memoria del mal).
- Las religiones pueden decretar para orientar a sus creyentes qué conductas son pecado, pero no están facultadas para establecer qué debe o no ser considerado legalmente delito. Y a la inversa: una conducta tipificada como delito por las leyes vigentes en la sociedad laica no puede ser justificada, ensalzada o promovida por argumentos religiosos de ningún tipo ni es atenuante para el delincuente la fe (buena o mala) que declara. De modo que si alguien apalea a su mujer para que le obedezca o apedrea al sodomita (lo mismo que si recomienda públicamente hacer tales cosas), da igual que los textos sagrados que invoca a fin de legitimar su conducta sean auténticos o apócrifos, estén bien o mal interpretados, etcétera...: en cualquier caso debe ser penalmente castigado. La legalidad establecida en la sociedad laica marca los límites socialmente aceptables dentro de los que debemos movernos todos los ciudadanos, sean cuales fueren nuestras creencias o nuestras incredulidades. Son las religiones quienes tienen que acomodarse a las leyes, nunca al revés.
- En la escuela pública sólo puede resultar aceptable como enseñanza lo verificable (es decir, aquello que recibe el apoyo de la realidad científicamente contrastada en el momento actual) y lo civilmente establecido como válido para todos (los derechos fundamentales de la persona constitucionalmente protegidos), no lo inverificable que aceptan como auténtico ciertas almas piadosas o las obligaciones morales fundadas en algún credo particular. La formación catequística de los ciudadanos no tiene por qué ser obligación de ningún Estado laico, aunque naturalmente debe respetarse el derecho de cada confesión a predicar y enseñar su doctrina a quienes lo deseen. Eso sí, fuera del horario escolar. De lo contrario, debería atenderse también la petición que hace unos meses formularon medio en broma medio en serio un grupo de agnósticos: a saber, que en cada misa dominical se reservasen diez minutos para que un científico explicara a los fieles la teoría de la evolución, el Big Bang o la historia de la Inquisición, por poner algunos ejemplos.
- Se ha discutido mucho la oportunidad de incluir alguna mención en el preámbulo de la venidera Constitución de Europa a las raíces cristianas de nuestra cultura. Dejando de lado la evidente cuestión de que ello podría entonces implicar la inclusión explícita de otras muchas raíces e influencias más o menos determinantes, dicha referencia plantearía interesantes paradojas. Porque la originalidad del cristianismo ha sido precisamente dar paso al vaciamiento secular de lo sagrado (el cristianismo como la religión para salir de las religiones, según ha explicado Marcel Gauchet), separando a Dios del César y a la fe de la legitimación estatal, es decir, ofreciendo cauce precisamente a la sociedad laica en la que hoy podemos ya vivir. De modo que si han de celebrarse las raíces cristianas de la Europa actual, deberíamos rendir homenaje a los antiguos cristianos que repudiaron los ídolos del Imperio y también a los agnósticos e incrédulos posteriores que combatieron al cristianismo convertido en nueva idolatría estatal. Quizá el asunto sea demasiado complicado para un simple preámbulo constitucional...
Coda y final: el combate por la sociedad laica no pretende sólo erradicar los pujos teocráticos de algunas confesiones religiosas, sino también los sectarismos identitarios de etnicismos, nacionalismos y cualquier otro que pretenda someter los derechos de la ciudadanía abstracta e igualitaria a un determinismo segregacionista. No es casualidad que en nuestras sociedades europeas deficientemente laicas (donde hay países que exigen determinada fe religiosa a sus reyes o privilegian los derechos de una iglesia frente a las demás) tenga Francia el Estado más consecuentemente laico y también el más unitario, tanto en su concepción de los servicios públicos como en la administración territorial. Por lo demás, la mejor conclusión teológica o ateológica que puede orientarnos sobre estos temas se la debo a Gonzalo Suárez: "Dios no existe, pero nos sueña. El Diablo tampoco existe, pero lo soñamos nosotros" (Acción-Ficción).
Copyright © 2004 Fernando Savater Se permite la reproducción de este texto por cualquier medio siempre que sea sin fines comerciales y esta nota se mantenga.
miércoles, 13 de febrero de 2008
¿CUÁNTO NOS CUESTA ESTA IGLESIA A LOS ESPAÑOLES? (2)

- La Iglesia Católica nos cuesta alrededor de medio punto de crecimiento económico anual.
- Es una cifra igual la que Naciones Unidas establece que sería necesaria para acabar con el SIDA en el mundo o la que dedica la UE a Investigación y Desarrollo en un año.
En fin, un dineral...
viernes, 8 de febrero de 2008
¿CUÁNTO NOS CUESTA ESTA IGLESIA A LOS ESPAÑOLES?
Hasta hoy la Iglesia ha sido incapaz de cumplir el acuerdo suscrito en 1987 para financiarse sólo con la entrega del 0´5% de la cuota del IRPF de los contribuyentes que lo deseen, lo que nos ha costado a todos los españoles enormes cantidades de recursos.Como resultado de los acuerdos de 1979 con la Santa Sede en 1980 el Estado Español, con el gobierno de Adolfo Suárez, entregó a la Iglesia una suma equivalente a 45 millones de euros. En 1990, con el gobierno de Felipe González, la cantidad entregada a la Iglesia ascendió a casi el doble: 86 millones de euros. En el año 2000, con el gobierno de Aznar, la cantidad entregada a la Iglesia Católica fue de 128 millones de euros. En 2006 fue de 144 millones de euros, y en 2007 de 150 millones de euros, por la reciente revisión al alza del porcentaje de IRPF entregado por este Gobierno (que se supone le tiene declarada la guerra a la Iglesia), que ha pasado a ser el 0´7%, aunque los obispos reclamaban el 0´8%.
Según el Ministerio de Hacienda la Conferencia Episcopal y la Iglesia perciben mucho más: 150 millones de euros de la dotación de IRPF; 3.200 millones de euros en subvenciones a colegios concertados; 517 millones para sueldos de profesor de religión; 90 millones a organizaciones sociales; 60 millones a hospitales e instituciones de beneficencia; 30 millones a capellanías castrenses en cárceles y cuarteles; 200 millones para el patrimonio inmobiliario y artístico; 60 millones para otras actuaciones en el ámbito urbano. A esto hay que añadir unos 750 millones de euros de ahorro por desembolsos fiscales no realizados: la Iglesia Católica española no paga el IVA porque así lo estipula el Acuerdo del Estado español con la Santa Sede. Las compras de objetos relacionados con el culto, desde obras de orfebrería hasta terrenos para la construcción de un templo, no pagan este impuesto. Eso por no hablar del valor incalculable de las innumerables cesiones de parcelas de terreno público que reciben, o de lo que nos cuesta a todos mantener un patrimonio cultural que, como propietarios, tienen el deber de mantener y no lo hacen, a pesar de estar más que demostrado que no es por falta de recursos (y lo peor es que seguro que se me pasa algo).
LA IGLESIA CATÓLICA PERCIBE ANUALMENTE UNA SUMA QUE RONDA LOS 5.000 MILLONES DE EUROS, CIFRA ELEVADÍSIMA LIBRE DE IMPUESTOS DADO QUE LA IGLESIA FINANCIERAMENTE ACTÚA COMO PARAÍSO FISCAL.
Es tan escandalosa esta situación, que hasta la Comisión Europea ha tenido que ordenar al Gobierno español para que elimine la exención del IVA de la que disfruta la Iglesia Católica. Orden que, por cierto este gobierno “ateo” y “filomasón” ha evitado cumplir.
Esto es desorbitado y, sin embargo, la Iglesia está haciendo circular un e-mail en el que defiende la peregrina idea de que esto no es nada comparado con el dinero que ahorra al estado. Dicho documento es falaz y engañoso, a propósito (Esto por cierto sería para ellos pecado, pero tratándose de dinero…): Cojamos lo que dicen, por ejemplo, de su valiosa aportación a la educación con 5.141 centros de enseñanza. Sin hacer una valoración de lo importante que es esta estrategia de adoctrinamiento precoz, para la propia Iglesia, deberían reconocer que sólo 2.300 son concertados. El resto, más de la mitad, son privados y sólo acceden a ellos las clases más privilegiadas de la sociedad, y lo mismo ocurre con los hospitales, la mayoría de ellos privados, etc…
Estos datos son tozudos y no dejan lugar a dudas, pero aunque se afanaran en intentar convencernos de que el poder económico de la Iglesia es beneficioso para la economía, no es de recibo que en un estado laico, aconfesional y moderno una única religión reciba PRIVILEGIOS muy por encima de las demás.
La religión debe formar parte sólo de la esfera privada de las personas. Tiene un valor importante en el desarrollo de las personas, pero debe desaparecer de la esfera pública par poder garantizar la convivencia de todos los que creen en algo diferente, o simplemente no creen.
He dicho.
lunes, 4 de febrero de 2008
DECLARACIÓN DE LA MASONERÍA LIBERAL Y ADOGMÁTICA

La Masonería española que representamos manifiesta su apoyo a todos los colectivos sociales que trabajan para conseguir que el Estado español sea realmente laico. Un Estado donde todos los ciudadanos y entidades, laicas, religiosas u otras, puedan disfrutar de los mismos derechos, deberes y oportunidades, y en el que la vida pública se desenvuelva dentro de un marco legal y operativo plenamente aconfesional.
Firmado:
GRAN LOGIA SIMBÓLICA ESPAÑOLA
GRAN LOGIA FEMENINA DE ESPAÑA
DERECHO HUMANO ESPAÑA
viernes, 4 de enero de 2008
LA CRUZADA DE BENEDICTO XVI
Con la publicación de la encíclica 'Spe salvi', el Papa arremete de nuevo contra la autonomía del ser humano: todo cuanto no se subordine a los dictados de la Iglesia católica, incluida la democracia, es ilícito.
La Cruzada continúa. La encíclica de Benedicto XVI Spe salvi, del pasado 30 de noviembre, ratifica y radicaliza el anatema de la Iglesia católica contra una modernidad culpable de desobedecer a Dios y que se está despeñando por tal causa en la desesperación del nihilismo.
El outing es ahora completo. Incluso la democracia es mentira si la soberanía de los hombres no se subordina al imperio de la "ley natural", es decir, si la libertad no coincide con la obediencia a los ucases de la Iglesia, única intérprete autorizada de tal "ley natural" y de la voluntad de Dios con la que esta coincide. La democracia debe ser cristiana, pues en caso contrario será deshumana.
El misterio ha quedado finalmente resuelto. El culpable es Voltaire o, mejor dicho, Bacon incluso. El Mal es la Ilustración, el proyecto de autonomía del hombre. Autos-nomos, el darse el hombre por sí mismo sus propias leyes, en vez de recibirlas de Dios, o de sus subrogados y ministros (la "Naturaleza" y la Iglesia jerárquica), ahí reside la Culpa inexpiable. El Enemigo (en el sentido preciso de las Escrituras) es la razón que prescinde de Dios, la razón que trabaja iuxta propria principia, la razón que razona, en definitiva.
El autos-nomos, la pretensión de soberanía para todos y cada uno, es más, supone la caída de la humanidad en el Averno de los totalitarismos, donde todo es llanto y crujir de dientes, y cosas peores aún: el Terror de Robespierre y Saint Just y el Gulag de Stalin. A eso se llega, inevitablemente -Ratzinger dixit- si el hombre, en sus relaciones con la naturaleza y con los demás hombres (ciencia y política), se comporta como si Dios no existiera, es decir, si toma en serio la propuesta de Grocio que salvó a Europa de la autodestrucción de las guerras civiles de religión: Etsi Deus non daretur. Precepto, por lo tanto, que es -históricamente hablando- la única auténtica e indiscutible raíz de Europa.
Nada nuevo, se dirá. Extra ecclesiam nulla salus es la piedra angular -desde hace siglos- de todas las exigencias "papistas". Tales exigencias, sin embargo, llevaban varios decenios puestas en sordina. La propia Iglesia parecía -no sin razón- avergonzarse de su pasado "constantiniano" y de sus anatemas contra la ciencia, el liberalismo, la democracia (dispuesta incluso a pedir perdón por algunas cosas). No se citaba ya el Sílabo sino el Concilio Vaticano II.
Desde entonces es como si hubiera pasado un siglo. Con el papa Wojtyla primero, y con el papa Ratzinger ahora (que fue el más estrecho colaborador de Wojtyla en la redacción de encíclicas cruciales como Veritatis splendor y Fides et ratio) los contenidos esenciales del Sílabo han vuelto a recobrar auge: la soberanía pertenece a Dios, un Parlamento -democráticamente elegido por los ciudadanos- que actúe contra la "ley natural" (por ejemplo con una ley que autorice el aborto, aunque sea de forma limitada) se convierte ipso facto en ilegítimo. Así lo manifestó Wojtyla en Varsovia, solemne de furor y de cólera, contra el Parlamento polaco (¡el primero libremente elegido tras medio siglo de comunismo!). El aborto como "genocidio de nuestros días", como un nuevo holocausto. Una mujer que escoge el drama del aborto es tan culpable como el soldado de las SS que arroja a un niño judío al horno crematorio. El mundo laico hizo como si no oyera o no comprendiera, subyugado por la fascinación mediática.
