lunes, 9 de abril de 2012
Los tópicos siempre miran al sur
martes, 4 de mayo de 2010
Héroes de mayo
jueves, 10 de septiembre de 2009
El puño en alto es un saludo

Corría el año 1976 y no hacía mucho que acababa de morir el Dictador, cuando Paco Umbral, por aquel entonces columnista del EL PAÍS, alababa la gran aportación que el "viejo profesor" hacía al espíritu de reconciliación de la, por aquel entonces incipiente, Transición, al afirmar que "el puño en alto ya no es una amenaza, sino un saludo, una manera de diferenciarse del saludo fascista con la mano abierta."
Las declaraciones del Sr. Rajoy equiparando el saludo socialista con el saludo romano fascista reflejan, además, un profundom desconocimiento de la historia. Sepa usted, Sr. Rajoy, que el puño izquierdo levantado es un gesto que ha sido símbolo de la socialdemocracia desde la Segunda Internacional. De hecho, los comunistas levantan también el puño, pero se trata del derecho, el de la Tercera Internacional. El puño izquierdo levantado es, por tanto, el símbolo de los que defendemos la unidad de la clase trabajadora y la lucha por la libertad, en paz y en democracia. Nada comparable al saludo fascista que representa la opresión y el genocidio.
Los socialistas nos sentimos orgullosos de nuestros 130 años de historia y asumimos sus luces y sus sombras, sus símbolos y emblemas. Otros prefieren padecer amnesia. O peor, quieren que la sociedad española la padezca.
Para evitar el olvido, no hay nada mejor que esforzarnos en recordar el pasado. En este caso, de la mano de un Paco Umbral del que Mariano Rajoy ha afirmado que "es el gran cronista de la España contemporánea, capaz de mirar la realidad desde la altura de su independencia y capaz de ofrecernos esa mirada convertida en arte gracias a su talento."
Tiene usted mucho que aprender de Paco Umbral, Sr. Rajoy.
El puño en alto
FRANCISCO UMBRAL 13/06/1976
A don Enrique Tierno Galván le he visto el otro día levantar el puño blandamente, casi sin cerrarlo, y dijo que el puño en alto ya no es una amenaza, sino un saludo, una manera de diferenciarse del saludo fascista con la mano abierta. A Tierno Galván le va debiendo la política española no sólo la relajación de los ánimos, sino incluso la relajación de los puños.Lola Gaos saluda con el puño muy levantado. Está entre Dolores Ibarruri y su hermano José Gaos, el gran filósofo muerto de soledad en el exilio. Los jóvenes obreros levantan un puño duro como una fruta temprana y las jóvenes estudiantes levantan un puñito rosa como un melocotón en almíbar marxista-leninista. Una periodista escribía una vez en el «Ya» diciendo que había visto a Paco García Salve, puño en alto, cuando salió de la cárcel, y que le había dado miedo. Tampoco es como para ponerse en esa tesitura, madama. Yo he charlado algunas mañanas con García Salve sobre literatura, teatro, política y mujeres, y le puedo prometer a usted, señora (en Serrano decimos prometer, que jurar es más ordinario), que el joven jesuíta, vestido antes de sotana y vestido ahora de chabola, no asusta a nadie. Tiene una bondad de camisa a cuadros y mucho madrugar, que ha hecho que, efectivamente, amanezca más temprano, pero sin sangre.
El saludo puño en alto se va haciendo frecuente en el país. Va habiendo como una granazón de puños por la arboleda perdida a la que Alberti no acaba de regresar, quizá por aquello de que Madrid, y no sólo Roma, también es peligro para caminantes, que de noche todos los «missinos» son pardos. Hay ya un limonar de puños en la vida española, pero esperemos que no sean los limones amargos de Durrell, sino los limones redondos del Camborio, y que vayan poniendo de oro el agua mansa de la vida nacional, sin el prendimiento y la muerte de Federico, con que acaba el famoso romance y empieza nada menos que la guerra civil.
En esta cosecha de puños, en esta granazón de oro e idea que para algunos va. siendo alarmante, retrospectiva y prematura al mismo tiempo, don Enrique Tierno Galván ha puesto, una Vez más, el bálsamo de su palabra sosegada y casi clerical de izquierdas. Su palabra, que ha dado en el naranjal de los jóvenes puños cerrados como da el sol suave de la media tarde, endulzándolos.
-No es una amenaza -ha dicho. Es un saludo.
Pensemos ya por nuestra cuenta (hay quienes sólo piensan por cuenta de Tierno o de Balmes, pero siempre por cuenta de alguien) que el darse la mano también empezó siendo un gesto bélico, una comprobación de que el contrario no llevaba armas en ella, y hoy ese gesto se ha quedado en saludo, perdida para siempre la connotación bizarra y guerrera del origen. Pues igual puede pasar con la floración temprana y la fruta impaciente de los puños.
Tampoco la mano extendida, la mano en alto, era agresiva en principio, porque al fin y al cabo, los gestos no son nada, pero aquello tenía una genealogía romana, imperial, que implantó un palmar sangriento en el corazón de Europa. Los gestos significan porque la historia los cargó de significado, como pistolas. Y me parece oportuno, por eso, lo que le he oído a Tierno Galván a propósito del puño en alto y, sobre todo, su manera de levantar el puño, un poco floja, un poco cansada. Es el puño que no esconde nada -ni siquiera el dije del rencor milenario-, sino que se cierra con la mínima energía imprescindible del que quiere poner un punto y aparte en la escritura del aire que es la historia.
-Ya no damos miedo -ha dicho él mismo.
Y acto seguido bajó el puño para dar la mano.
viernes, 12 de septiembre de 2008
EL URBANISMO SOCIAL
Algunos observadores han señalado que, en realidad, el proceso que denominamos globalización es un proceso doble. Mientras que ciertas actividades económicas precisan espacios cada vez más amplios para su desarrollo y de este modo pierden todo carácter local, los hombres buscan espacios cada vez más pequeños en los que poder sentirse como en casa y en los que desarrollar un sentimiento de pertenencia. "Pensar globalmente, actuar localmente", este es el lema con el que Ralf Dahrendorf, Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en 2007, describe esta tesis.
Hoy nadie discute el papel de los municipios como grandes motores económicos, así como su capacidad de convertirse en los núcleos donde más fácilmente puede favorecerse la innovación política y social. Son la administración que mejor puede funcionar como unidad integradora de la compleja sociedad moderna. Los ayuntamientos son las administraciones que mayor capacidad de adaptación a las demandas de los ciudadanos han demostrado, incluso en ámbitos que no son de su competencia, a pesar de sus problemas de financiación que, por necesidad en unos casos, e irresponsabilidad en otros, muchos municipios han hecho recaer sobre la gestión urbanística. En Sevilla, por ejemplo, durante los años en que gobernó la derecha, se impuso un modelo de urbanismo especulativo (basta recordar el lamentable episodio de la recalificación de Uralita). La llegada de los socialistas al gobierno de la ciudad puso freno a estas prácticas especulativas, imponiendo un modelo que ha creado escuela: El urbanismo productivo, con resultados más que evidentes (Abengoa, Cruzcampo, Fasa-Renault, el Puerto de Sevilla, EADS-CASA, la construcción de VPO, el Metro, el AVE Sevilla-Málaga, la SE-40, la futura SE-35, etc.)
Sin embargo, aunque las empresas son importantes, un ejemplo como el de Sevilla nos debe servir para darnos cuenta de que lo verdaderamente importante para el desarrollo de una ciudad son las personas, lo que nos ha llevado a acuñar un lema que es toda una declaración de principios: "Sevilla, la ciudad de las personas".
Richard Florida se ha convertido en los últimos años en el referente de esta nueva forma de entender el urbanismo. Florida defiende que el "factor humano" es más importante que otros factores económicos y ha establecido el concepto de "clases creativas". Desde nuestra perspectiva, ésta es la clave, por ejemplo, de que grandes corporaciones como Renault o EADS-CASA hayan apostado por Sevilla. Florida concluye que las clases creativas buscan ciudades creativas para vivir, en las que buscan seguridad, oportunidades e infraestructuras para el desarrollo personal y profesional, un liderazgo político de altura, respeto y tolerancia y, lo más importante, auténtico carácter, alma. Es por esto que estoy convencido de que Sevilla cuenta con la materia prima necesaria para convertirse en uno de las principales ciudades creativas de España, sin duda de Europa y, probablemente, del mundo.
La política urbanística debe trascender de la preocupación, casi exclusiva, por la ordenación del territorio y la arquitectura. Necesitamos puntos de vista que coloquen al ser humano en el centro del discurso, para lo que debemos propiciar aproximaciones multidisciplinares al fenómeno urbano. Para ello hemos apostado por el urbanismo social que pone los instrumentos y recursos del urbanismo al servicio del ser humano y que bebe también de las fuentes del un urbanismo cívico que tiene como grandes pilares la transparencia y la participación ciudadana. Se trata, en definitiva, de un modelo de urbanismo sostenible, transparente y participativo, que busca proteger a los más débiles, que se preocupa por el pleno desarrollo de todos los barrios de la ciudad, que apuesta firmemente por la construcción de vivienda protegida y que quiere mejorar la calidad de vida de nuestra generación, y de las generaciones que nos van a suceder.
Y lo mejor de todo esto es que el urbanismo social es, en Sevilla, una apuesta en términos reales, y no teóricos.
jueves, 10 de julio de 2008
TECNOLOGÍA, TALENTO Y TOLERANCIA
EL PAÍS. FERNANDO GONZÁLEZ LAXEjueves, 8 de mayo de 2008
DE LA VEGA VIAJA HACIA LA LAICIDAD
lunes, 31 de marzo de 2008
"EL LAICISMO NO ES ANTIRRELIGIOSO"
"La educación pública tiene que ser laica a todos los niveles. Dentro de una educación pública laica sólo se pueden transmitir conocimientos científicos y principios constitucionales", resumió el pensador. Savater defendió la educación como pilar esencial de las democracias. "Una democracia tiene que ser educativa", recalcó.
Savater remontó el concepto de separación entre la Iglesia y el Estado a las propias raíces del cristianismo. "Hace unos años, con motivo de la frustrada Constitución europea, se planteó si se debía hacer una mención específica a las raíces cristianas de Europa en esa Constitución. Parecía que era una pretensión que podría ser inmanejable y engañosa. Yo veía algo tramposo en ella porque, precisamente, lo que aporta el cristianismo es una separación entre el Estado y la religión entendida como legitimación del poder, las instituciones y el emperador. Ello convierte a la religión en algo que está al margen del Estado", detalló el escritor donostiarra.
"La verdadera raíz cristiana es la separación de la Iglesia y el Estado. La aportación del cristianismo es la separación entre el Estado y la religión. Las raíces cristianas de Europa son el laicismo. Eso es lo que no existe en el mundo musulmán, donde no ha existido nunca una separación entre el Estado y la religión", agregó Savater. El filósofo recordó, además, que "la expresión más sencilla y comprensible del laicismo está en el Evangelio: 'Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".
Savater hizo un repaso histórico del rechazo de la Iglesia católica a la democracia y la libertad de conciencia a lo largo de los siglos XVIII, XIX y parte del XX. El Concilio Vaticano rompió con esta tendencia. "A partir del Concilio Vaticano se acepta la libertad de conciencia como parte de la libertad humana", señaló Savater. "Como decía Voltaire en una de sus cartas, 'Cada inglés va al cielo o al infierno por el camino que prefiera. Ésa es la libertad de conciencia", añadió el escritor.
Savater hizo un elogio de la libertad de conciencia y de sus consecuencias. Esa libertad supone, a su juicio, que "se respeten todas las posturas sabiendo que eso implica que a uno le molesten muchas de las cosas que oye y muchas de las conductas que ve". "El verdadero laicismo es el reconocimiento de esta situación y que todos nos acostumbremos a que tenemos que convivir con aspectos ideológicos que no nos agradan", afirmó el filósofo.
Savater, que defendió la asignatura de Educación para la Ciudadanía, hizo hincapié en que las expresiones públicas de la religión "tienen que ser a título privado y no se pueden convertir en obligatorias para todo el mundo". Sobre la obligatoriedad de la religión en el ámbito privado de las personas contó una anécdota pavorosa. El protagonista de esta historia fue Casanova, el aventurero y escritor italiano del siglo XVIII. Cuenta Casanova en sus memorias que cuando llegó a Madrid, sintió un primer motivo de asombro al ver que en la habitación de su pensión no había pestillo. La posadera le explicó que el pestillo estaba en la parte exterior de la puerta. Y le dijo que cerraban la puerta por fuera por si venían los sabuesos de la Inquisición a comprobar con quién dormía cada huésped. "Esto ha existido hasta ahora. En Europa ha habido integrismo hasta hace poco. No es algo que les pase exclusivamente a los islámicos", recordó Savater.
El filósofo insistió en su defensa de la libertad de conciencia. "La religión o la irreligión es un derecho de cada cual. Lo malo es que para el verdadero creyente la religión no es un derecho, sino un deber para él y para los demás", concluyó el pensador.
jueves, 13 de marzo de 2008
CREYENTES Y NO CREYENTES
La situación de los musulmanes en Europa constituye una parte significativa de este debate, pero es importante recordar que las cuestiones son mucho más amplias. En los últimos tiempos, la discusión sobre los musulmanes en Europa ha cristalizado en torno a unos cuantos personajes públicos, incluidas ciertas opiniones que se me atribuyen a mí. Esta personalización del debate contribuye a darle más visibilidad, pero también corre el riesgo de que se deshaga en oscuros callejones polémicos del tipo de "quién dijo o no dijo qué sobre quién". Seguramente es más útil dejar de lado a las individualidades, por el momento, y volver a formular algunos de los principios fundamentales de la posición liberal laica que yo propongo. Como es natural, no puedo detallarlos en un solo artículo -haría falta un libro-, pero he aquí unos cuantos elementos básicos.
Los musulmanes parten del islam. Los liberales parten del liberalismo. Yo soy liberal, de modo que mi origen está en el liberalismo; no en la parodia propagada por la derecha estadounidense, sino en el liberalismo debidamente interpretado como la búsqueda del máximo grado posible de libertad individual, siempre que sea compatible con la libertad de los demás. Creo que, ante los retos que supone una diversidad en aumento, los ciudadanos debemos ponernos de acuerdo y detallar con más claridad los principios fundamentales de una sociedad libre. Una forma de avanzar en este sentido sería una carta de los derechos y los deberes de los ciudadanos como la que propone el primer ministro británico, Gordon Brown.
Uno de esos principios fundamentales es la libertad de expresión, que se ha visto erosionada de manera alarmante por las amenazas de muerte de los extremistas y por la desacertada voluntad de apaciguarlos de antemano por parte de diversas instituciones públicas y privadas. La libertad de expresión incluye necesariamente el derecho a ofender; no el deber, sino el derecho. En especial, debemos ser libres de decir lo que queramos sobre las figuras históricas, se trate de Moisés, Jesús, Mahoma, Churchill, Hitler o Gandhi, y luego dejar que se contrasten nuestras afirmaciones con las pruebas documentales. Puede que no estemos de acuerdo con lo que digan quienes quieren levantar controversias sobre estas figuras, pero debemos defender hasta la muerte su derecho a decirlo. Por motivos obvios, debe haber límites a lo que se puede decir sobre personas que aún están vivas, pero deben ser unos límites muy precisos.
Otro principio fundamental del liberalismo es la igualdad ante la ley, que incluye la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Otro es la libertad religiosa. Como una de las ideas liberales por excelencia es que debemos ser libres -no sólo de perseguir nuestra propia versión de lo que es una buena vida, sino de cuestionarla y revisarla-, se deduce que debemos ser libres para propagar, poner en tela de juicio, cambiar y abandonar nuestra religión. En una sociedad libre, el proselitismo, la herejía y la apostasía no son delitos. Eso es algo, especialmente en el caso de la apostasía, que muchas versiones tradicionales del islam -para no hablar de las extremistas- no aceptan, pero es una idea liberal fundamental a la que no podemos renunciar.
Para garantizar estas libertades necesitamos una esfera pública laica. ¿Pero a qué nos referimos exactamente cuando decimos eso? Si hablamos de "los valores de la Ilustración", hay que preguntar: ¿qué Ilustración? ¿La Ilustración de John Locke, que reivindicaba la libertad religiosa, o la de Voltaire, que aspiraba a que estuviéramos libres de religión? (simplifico deliberadamente una historia más compleja). ¿Un orden liberal en el que los devotos de todos los dioses tengan libertad para intervenir en la vida pública, en igualdad de condiciones con quienes afirman -a mi juicio, con razón- que no existe Dios? ¿O un orden liberal en el que se mantenga a todos los dioses lo más lejos posible de la plaza pública? (El término republicano francés de laicité se aproxima más a la segunda modalidad, y la tradición de la primera enmienda estadounidense, a la primera). Yo me inclino más hacia Locke, pero no creo que convenga realizar este debate en el nivel abstracto y teórico de ¿qué Ilustración? Es mejor abordar aspectos concretos: escuelas religiosas, nuevas mezquitas, la enseñanza de la evolución, el hiyab, las caricaturas de Mahoma, y así sucesivamente.
No obstante, lo que sí debemos dejar más claro es la diferencia entre el laicismo y el ateísmo. En mi opinión, el laicismo debería consistir en una discusión sobre las normas para una vida social y pública común; el ateísmo es un debate sobre la verdad científica, la liberación individual y la esencia de una buena vida. El debate actual sobre el islam está pervertido por una confusión entre las dos cosas. Los ateos deben tener derecho a decir a los musulmanes, cristianos y judíos: "Seríais mucho más libres de mente si abandonarais vuestra ridícula fe en Dios". Y los creyentes deben tener derecho a contestar: "Tendríais un sentido más profundo de la libertad personal si tuvierais fe". Ahora bien, ninguno puede imponer su postura al otro ni convertirla en condición indispensable para participar como ciudadano en una sociedad libre. El debate político sobre la libertad para la religión y el debate personal sobre la libertad de religión o de la religión tienen que producirse en planos distintos.
Esa distinción, por supuesto, perdería valor si ser un musulmán devoto fuera verdaderamente incompatible con ser un ciudadano de pleno derecho en una sociedad libre. Me da la impresión de que eso es lo que creen varios de quienes participan en el debate actual, tanto ateos como cristianos, aunque no suelen decirlo con todas las letras. Pero la idea asoma una y otra vez: por ejemplo, en la fórmula de que "el islam es incompatible con la democracia". Sin embargo, yo, que no soy musulmán, no tengo más remedio que coincidir con el autor Edward Mortimer, que en su estudio sobre la política del islam, Faith and power, llegaba a la conclusión de que no existe un islam único e inmutable -"no hay más que lo que oigo decir y veo hacer a los musulmanes"-. Lo que dicen y hacen los musulmanes, en nombre del islam, ha variado enormemente a lo largo de la historia, y sigue variando hoy día. Están el Corán y el Hadith (tradiciones orales sobre la vida y enseñanzas de Mahoma), desde luego, igual que está la Biblia. Pero, como en todas las grandes religiones, se trata de textos complejos, sujetos a diversas interpretaciones.
Cuando, esta semana, en The Guardian, un musulmán escribía una carta en la que decía, apoyándose en referencias del Corán, que el islam, debidamente interpretado, apoya "el principio crucial de la libertad de expresión", ¿qué interés podemos tener los liberales no musulmanes en discutirle esa afirmación? Si un cristiano apoya el imperio de la ley, tal como lo entendemos en un Estado liberal y laico del siglo XXI, no se nos ocurre gritar: ¡pero tu Antiguo Testamento dice "vida por vida, ojo por ojo, diente por diente!". A no ser que los intereses ateos -demostrar que la religión no sólo es una tontería, sino una tontería peligrosa- puedan más que los intereses laicos liberales, que consisten en ver cómo puede convivir gente de distintas creencias en paz y libertad.
Se me acaba el espacio, y no he hecho más que empezar. Hay mucho que decir todavía. Todos los comentarios serán bien recibidos, y seguiremos con esta conversación tan importante.
viernes, 4 de enero de 2008
LA CRUZADA DE BENEDICTO XVI
Con la publicación de la encíclica 'Spe salvi', el Papa arremete de nuevo contra la autonomía del ser humano: todo cuanto no se subordine a los dictados de la Iglesia católica, incluida la democracia, es ilícito.
La Cruzada continúa. La encíclica de Benedicto XVI Spe salvi, del pasado 30 de noviembre, ratifica y radicaliza el anatema de la Iglesia católica contra una modernidad culpable de desobedecer a Dios y que se está despeñando por tal causa en la desesperación del nihilismo.
El outing es ahora completo. Incluso la democracia es mentira si la soberanía de los hombres no se subordina al imperio de la "ley natural", es decir, si la libertad no coincide con la obediencia a los ucases de la Iglesia, única intérprete autorizada de tal "ley natural" y de la voluntad de Dios con la que esta coincide. La democracia debe ser cristiana, pues en caso contrario será deshumana.
El misterio ha quedado finalmente resuelto. El culpable es Voltaire o, mejor dicho, Bacon incluso. El Mal es la Ilustración, el proyecto de autonomía del hombre. Autos-nomos, el darse el hombre por sí mismo sus propias leyes, en vez de recibirlas de Dios, o de sus subrogados y ministros (la "Naturaleza" y la Iglesia jerárquica), ahí reside la Culpa inexpiable. El Enemigo (en el sentido preciso de las Escrituras) es la razón que prescinde de Dios, la razón que trabaja iuxta propria principia, la razón que razona, en definitiva.
El autos-nomos, la pretensión de soberanía para todos y cada uno, es más, supone la caída de la humanidad en el Averno de los totalitarismos, donde todo es llanto y crujir de dientes, y cosas peores aún: el Terror de Robespierre y Saint Just y el Gulag de Stalin. A eso se llega, inevitablemente -Ratzinger dixit- si el hombre, en sus relaciones con la naturaleza y con los demás hombres (ciencia y política), se comporta como si Dios no existiera, es decir, si toma en serio la propuesta de Grocio que salvó a Europa de la autodestrucción de las guerras civiles de religión: Etsi Deus non daretur. Precepto, por lo tanto, que es -históricamente hablando- la única auténtica e indiscutible raíz de Europa.
Nada nuevo, se dirá. Extra ecclesiam nulla salus es la piedra angular -desde hace siglos- de todas las exigencias "papistas". Tales exigencias, sin embargo, llevaban varios decenios puestas en sordina. La propia Iglesia parecía -no sin razón- avergonzarse de su pasado "constantiniano" y de sus anatemas contra la ciencia, el liberalismo, la democracia (dispuesta incluso a pedir perdón por algunas cosas). No se citaba ya el Sílabo sino el Concilio Vaticano II.
Desde entonces es como si hubiera pasado un siglo. Con el papa Wojtyla primero, y con el papa Ratzinger ahora (que fue el más estrecho colaborador de Wojtyla en la redacción de encíclicas cruciales como Veritatis splendor y Fides et ratio) los contenidos esenciales del Sílabo han vuelto a recobrar auge: la soberanía pertenece a Dios, un Parlamento -democráticamente elegido por los ciudadanos- que actúe contra la "ley natural" (por ejemplo con una ley que autorice el aborto, aunque sea de forma limitada) se convierte ipso facto en ilegítimo. Así lo manifestó Wojtyla en Varsovia, solemne de furor y de cólera, contra el Parlamento polaco (¡el primero libremente elegido tras medio siglo de comunismo!). El aborto como "genocidio de nuestros días", como un nuevo holocausto. Una mujer que escoge el drama del aborto es tan culpable como el soldado de las SS que arroja a un niño judío al horno crematorio. El mundo laico hizo como si no oyera o no comprendiera, subyugado por la fascinación mediática.
martes, 20 de noviembre de 2007
EL PODER DECISORIO DE LA "IZQUIERDA VOLÁTIL"
La creencia de que las elecciones generales en España son decididas por los votantes centristas es incorrecta. La evidencia empírica muestra que estos votantes, definidos como aquéllos cuyo voto oscila entre el PSOE y el PP, tienen escasa relevancia. Los votos decisivos son los de la izquierda volátil, aquellos que oscilan entre el PSOE, IU y la abstención. Esto equivale a decir -y sé que la equivalencia no es obvia- que en las elecciones generales el PP siempre juega en campo contrario: las puede ganar, pero lo tiene a priori cuesta arriba. En este artículo me propongo mostrar que estas afirmaciones y equivalencias están respaldadas por los datos electorales y, también, extraer algunas consecuencias que me parecen interesantes.
En primer lugar, analizaré los resultados de las elecciones generales desde 1982 con el objetivo de cuantificar el voto centrista y el de la izquierda volátil. En segundo lugar, y aunque este artículo trate de elecciones generales, recogeré algunas enseñanzas de las elecciones locales del 27 de mayo pasado. En tercer lugar, me detendré en la relación que existe entre el voto al PSOE, por una parte, y la abstención y el voto a IU por la otra. En cuarto lugar, discutiré hasta qué punto un incremento notable de la abstención en Cataluña puede hacer perder al PSOE las elecciones de 2008. Por último, haré observaciones sobre las estrategias de los dos grandes partidos estatales.
Con una única excepción: en el último cuarto de siglo, España ha votado mayoritariamente izquierda. Desde 1982 ha habido siete elecciones generales. En seis de ellas la izquierda (PSOE, IU y sus antecesores) obtuvo entre un mínimo de 2,3 y un máximo de 3,5 millones de votos más que la derecha (PP, aliados regionales y sus antecesores). Sólo en las elecciones de 2000, que tuvieron la tasa de participación más baja de la actual etapa democrática (69%), la derecha superó en votos a la izquierda: la diferencia fue de 1 millón de votos. En 2000 la izquierda perdió 2,7 millones de votos respecto a 1996, de los cuales 2 millones fueron a incrementar la abstención. Esos 2,7 millones de votos los volvió a ganar en 2004. La derecha ganó 0,6 millones de votos, alcanzando su máximo histórico de 10,3 millones, pero los volvió a perder en 2004. Me parece razonable utilizar estas cifras para cuantificar los colectivos que antes he denominado votantes centristas e izquierda volátil. Los primeros pueden estimarse en 0,6 millones, que son los votos que ganó la derecha en 2000 tras una etapa de gobierno en minoría del PP en la que hizo gala de moderación y de buena administración. Esta cifra coincide con los votos perdidos en 2004 tras una etapa de mayoría absoluta en la que la arrogancia sustituyó a la moderación y en la que se tomaron decisiones, como la guerra de Irak, alejadas del sentir de muchos ciudadanos. Cabe señalar que esos 0,6 millones de votos no decidieron las elecciones de 2000: el PP hubiese seguido gobernando aunque no los hubiese obtenido. Lo decisivo fue el desplome de la izquierda por la huida del voto volátil. Esta izquierda volátil puede estimarse en unos 2 millones de electores: los que votaron a la izquierda en 1996, se abstuvieron en 2000 y volvieron a votarla en 2004.
Las elecciones locales de mayo de 2007 ilustran bien que el voto de la izquierda volátil es decisivo en España no sólo en las elecciones generales, sino también en elecciones de otro tipo. En el conjunto de España, y relativo a las elecciones locales de 2003, el PSOE perdió 240.000 votos, pero el PP sólo ganó 38.000. La aplastante victoria del PP en el municipio de Madrid resultó de una pérdida de 139.000 votos para el PSOE y de una ganancia de tan sólo 709 (sí, setecientos nueve) para el PP. La izquierda volátil volvió a decidir, esta vez a nivel local. No hay trazos de un trasvase significativo de votos del PSOE al PP. Además, el carácter decisorio del voto de la izquierda volátil no es un rasgo exclusivo de la actual etapa democrática. En las elecciones de 1933, la izquierda volátil -entonces el anarquismo- se abstuvo. Y ganó la derecha. En 1936, los anarquistas fueron a las urnas y los votos se incrementaron en más de 1 millón. Ganó la izquierda. No tengo ni conozco ninguna explicación convincente de por qué en España la izquierda volátil tiene este carácter decisorio, que no ha menguado ni tan siquiera con la aparición de una numerosa clase media en la segunda mitad del siglo XX. Sea cual sea la explicación, en esto los españoles somos atípicos. En la mayoría de los países de nuestro entorno la alternancia en el poder la deciden los votantes de centro, que votan ora a la izquierda ora a la derecha. Aquí, por algún motivo, somos diferentes.
Paso ahora a desarrollar el tercer punto de mi argumentación. Si bien, según mis definiciones, derecha y PP son casi sinónimos, izquierda y PSOE no lo son. En 1996 la izquierda obtuvo 12,06 millones de votos y la derecha 9,76 millones. En 2004 se repitieron las cifras: la izquierda obtuvo 12,06 millones de votos y la derecha 9,72 millones. En el primer caso ganó las elecciones el PP y en el segundo el PSOE. La diferencia la marcó el resultado de IU, que obtuvo un 11% de los votos totales en 1996, su máximo histórico, tras la memorable pinza Aznar-Anguita, y solamente un 4% del total en 2004. Un análisis estadístico de los datos electorales utilizando modelos sencillos de regresión, que cualquiera puede replicar descargando los datos del Ministerio del Interior en una hoja de cálculo, ofrece los siguientes resultados: 1. Existe una relación estadística muy significativa entre el porcentaje de votos totales válidos que obtiene el PSOE, por una parte, y el porcentaje de participación en las elecciones y el porcentaje de voto a IU, por la otra parte; un aumento de la participación electoral de un 1% causa un aumento del porcentaje de voto al PSOE del 0,6%, mientras que un aumento del porcentaje de voto a IU del 1% causa una disminución del porcentaje del voto al PSOE del 1%. 2. No existe ninguna relación estadística significativa entre el porcentaje de votos totales válidos que obtiene el PP y el porcentaje de participación en las elecciones. En román paladino, estos resultados quieren decir lo siguiente: con una participación lo suficientemente alta y con un voto a IU lo suficientemente bajo, el PSOE siempre ganará unas elecciones generales, haga lo que haga el PP. Esta "ley de hierro" fundamenta las afirmaciones y la equivalencia enunciadas en el primer párrafo de este artículo.
Con los parámetros mencionados en el párrafo anterior se puede construir una tabla de doble entrada para estimar el porcentaje del voto total al PSOE en función de la participación electoral y del porcentaje de voto a IU. Esta tabla, que, insisto, todo el mundo puede construirse, muestra que es improbable que el PSOE gane las elecciones de 2008 si el voto a IU se mantiene en el 4% y la participación cae por debajo del 71% (en 2004 fue el 76%). Si el voto a IU subiese al 6%, el PSOE necesitaría una participación del 74% o superior para ganar. Si bien una participación superior al 71% parece probable, una participación del 74% (coincidente con la media histórica) parece más difícil de conseguir. Este mismo tipo de tabla puede utilizarse para evaluar los efectos que tendría un gran aumento de la abstención en Cataluña, como resultado de la sensación de desgobierno que podrían tener los votantes de esa comunidad. Si la participación catalana cayese hasta el 64%, el mínimo histórico alcanzado en 2000, el PSC podría perder 3 o 4 escaños y entonces el PSOE necesitaría una participación mínima del 73% en el resto de España para seguir gobernando, algo que me parece complicado pero no imposible. No pueden descartarse participaciones inferiores al 64% en Cataluña. En este caso, el PSOE lo tendría muy difícil para ganar en 2008.
Para concluir, quiero recalcar que la metodología agregada y "de arriba abajo" usada en este artículo ignora aspectos tan importantes del proceso electoral como la Ley d'Hondt o la incorporación al censo de nuevas cohortes. Sin embargo, considero que es la mejor para obtener una visión de conjunto de la problemática electoral, que muchas veces se pierde en el análisis desagregado por circunscripciones. La izquierda volátil es un conjunto heterogéneo con pocos denominadores comunes, todos ellos negativos. Es común su rechazo frontal al PP y a todo lo que representa la derecha. Es común también su desdén hacia el PSOE, al que votan tapándose la nariz cuando le votan. Por lo razonado hasta aquí, el objetivo principal de una campaña electoral, de cualquier campaña electoral, en España debe ser para el PP que no vayan a votar los que le detestan y para el PSOE que acudan a las urnas los que le desprecian. ¿Son consistentes sus estrategias electorales con estos principios?