Ya con anterioridad había comentado mi debilidad por este famosísimo discurso de Martin Luthe King pronunciado el 28 de agosto de 1963 y conocido como “I have a dream” (Grandes discursos de la Historia I: "I have a dream")
Hoy reproduzco algunas de sus frases que me parecen brutalmente actuales, casi 50 años después, en vísperas de una huelga general:
Los remolinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia. Pero hay algo que debo decir a mi gente que aguarda en el cálido umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma.
“Durante mucho tiempo se creyó que con el avance de los conocimientos y de la cultura democrática, la religión, esa forma elevada de superstición, se iría deshaciendo, y que la ciencia y la cultura la sustituirían con creces. Ahora sabemos que esa era otra superstición que la realidad ha ido haciendo trizas”.
Bonito espectáculo el de Madrid invadido por cientos de miles de jóvenes procedentes de los cinco continentes para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud que presidió Benedicto XVI y que convirtió a la capital española por varios días en una multitudinaria Torre de Babel. Todas las razas, lenguas, culturas, tradiciones, se mezclaban en una gigantesca fiesta de muchachas y muchachos adolescentes, estudiantes, jóvenes profesionales venidos de todos los rincones del mundo a cantar, bailar, rezar y proclamar su adhesión a la Iglesia católica y su “adicción” al papa (“Somos adictos a Benedicto” fue uno de los estribillos más coreados).
Salvo el millar de personas que, en el aeródromo de Cuatro Vientos, sufrieron desmayos por culpa del despiadado calor y debieron ser atendidas, no hubo accidentes ni mayores problemas. Todo transcurrió en paz, alegría y convivencia simpática. Los madrileños tomaron con espíritu deportivo las molestias que causaron las gigantescas concentraciones que paralizaron Cibeles, la Gran Vía, Alcalá, la Puerta del Sol, la Plaza de España y la Plaza de Oriente, y las pequeñas manifestaciones de laicos, anarquistas, ateos y católicos insumisos contra el Papa provocaron incidentes menores, aunque algunos grotescos, como el grupo de energúmenos al que se vio arrojando condones a unas niñas que, animadas por lo que Rubén Darío llamaba “un blanco horror de Belcebú”, rezaban el rosario con los ojos cerrados.
Hay dos lecturas posibles de este acontecimiento, que “El País” ha llamado “la mayor concentración de católicos en la historia de España”. La primera ve en él un festival más de superficie que de entraña religiosa, en el que jóvenes de medio mundo han aprovechado la ocasión para viajar, hacer turismo, divertirse, conocer gente, vivir alguna aventura, la experiencia intensa pero pasajera de unas vacaciones de verano. La segunda la interpreta como un rotundo mentís a las predicciones de una retracción del catolicismo en el mundo de hoy, la prueba de que la Iglesia de Cristo mantiene su pujanza y su vitalidad, de que la nave de San Pedro sortea sin peligro las tempestades que quisieran hundirla.
Una de estas tempestades tiene como escenario a España, donde Roma y el gobierno de Rodríguez Zapatero han tenido varios encontrones en los últimos años y mantienen una tensa relación. Por eso, no es casual que Benedicto XVI haya venido ya varias veces a este país, y dos de ellas durante su pontificado. Porque resulta que la “católica España” ya no lo es tanto como lo era. Las estadísticas son bastante explícitas. En julio del año pasado, un 80 por ciento de los españoles se declaraba católico; un año después, solo 70 por ciento. Entre los jóvenes, 51 por ciento dicen serlo, pero solo 12 por ciento aseguran practicar su religión de manera consecuente, en tanto que el resto lo hace solo de manera esporádica y social (bodas, bautizos, etcétera). Las críticas de los jóvenes creyentes —practicantes o no— a la Iglesia se centran, sobre todo, en la oposición de esta al uso de anticonceptivos y a la píldora del día siguiente, a la ordenación de mujeres, al aborto, al homosexualismo.
Mi impresión es que estas cifras no han sido manipuladas, que ellas reflejan una realidad que, porcentajes más o menos, desborda lo español y es indicativo de lo que pasa también con el catolicismo en el resto del mundo. Ahora bien, desde mi punto de vista esta paulatina declinación del número de fieles de la Iglesia católica, en vez de ser un síntoma de su inevitable ruina y extinción es, más bien, fermento de la vitalidad y energía que lo que queda de ella —decenas de millones de personas— ha venido mostrando, sobre todo bajo los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI.
Es difícil imaginar dos personalidades más distintas que las de los dos últimos papas. El anterior era un líder carismático, un agitador de multitudes, un extraordinario orador, un pontífice en el que la emoción, la pasión, los sentimientos prevalecían sobre la pura razón. El actual es un hombre de ideas, un intelectual, alguien cuyo entorno natural son la biblioteca, el aula universitaria, el salón de conferencias. Su timidez ante las muchedumbres aflora de modo invencible en esa manera casi avergonzada y como disculpándose que tiene de dirigirse a las masas. Pero esa fragilidad es engañosa pues se trata probablemente del Papa más culto e inteligente que haya tenido la Iglesia en mucho tiempo, uno de los raros pontífices cuyas encíclicas o libros un agnóstico como yo puede leer sin bostezar (su breve autobiografía es hechicera y sus dos volúmenes sobre Jesús más que sugerentes). Su trayectoria es bastante curiosa. Fue, en su juventud, un partidario de la modernización de la Iglesia y colaboró con el reformista Concilio Vaticano II convocado por Juan XXIII.
Pero, luego, se movió hacia las posiciones conservadores de Juan Pablo II, en las que ha perseverado hasta hoy. Probablemente, la razón de ello sea la sospecha o convicción de que, si continuaba haciendo las concesiones que le pedían los fieles, pastores y teólogos progresistas, la Iglesia terminaría por desintegrarse desde adentro, por convertirse en una comunidad caótica, desbrujulada, a causa de las luchas intestinas y las querellas sectarias. El sueño de los católicos progresistas de hacer de la Iglesia una institución democrática es eso, nada más: un sueño. Ninguna Iglesia podría serlo sin renunciar a sí misma y desaparecer. En todo caso, prescindiendo del contexto teológico, atendiendo únicamente a su dimensión social y política, la verdad es que, aunque pierda fieles y se encoja, el catolicismo está hoy día más unido, activo y beligerante que en los años en que parecía a punto de desgarrarse y dividirse por las luchas ideológicas internas.
¿Es esto bueno o malo para la cultura de la libertad? Mientras el Estado sea laico y mantenga su independencia frente a todas las iglesias, a las que, claro está, debe respetar y permitir que actúen libremente, es bueno, porque una sociedad democrática no puede combatir eficazmente a sus enemigos —empezando por la corrupción— si sus instituciones no están firmemente respaldadas por valores éticos, si una rica vida espiritual no florece en su seno como un antídoto permanente a las fuerzas destructivas, disociadoras y anárquicas que suelen guiar la conducta individual cuando el ser humano se siente libre de toda responsabilidad.
Durante mucho tiempo se creyó que con el avance de los conocimientos y de la cultura democrática, la religión, esa forma elevada de superstición, se iría deshaciendo, y que la ciencia y la cultura la sustituirían con creces. Ahora sabemos que esa era otra superstición que la realidad ha ido haciendo trizas. Y sabemos, también, que aquella función que los librepensadores decimonónicos, con tanta generosidad como ingenuidad, atribuían a la cultura, esta es incapaz de cumplirla, sobre todo ahora. Porque, en nuestro tiempo, la cultura ha dejado de ser esa respuesta seria y profunda a las grandes preguntas del ser humano sobre la vida, la muerte, el destino, la historia, que intentó ser en el pasado, y se ha transformado, de un lado, en un divertimento ligero y sin consecuencias, y, en otro, en una cábala de especialistas incomprensibles y arrogantes, confinados en fortines de jerga y jerigonza y a años luz del común de los mortales.
La cultura no ha podido reemplazar a la religión ni podrá hacerlo, salvo para pequeñas minorías, marginales al gran público. La mayoría de seres humanos solo encuentra aquellas respuestas, o, por lo menos, la sensación de que existe un orden superior del que forma parte y que da sentido y sosiego a su existencia, a través de una trascendencia que ni la filosofía, ni la literatura, ni la ciencia, han conseguido justificar racionalmente. Y, por más que tantos brillantísimos intelectuales traten de convencernos de que el ateísmo es la única consecuencia lógica y racional del conocimiento y la experiencia acumuladas por la historia de la civilización, la idea de la extinción definitiva seguirá siendo intolerable para el ser humano común y corriente, que seguirá encontrando en la fe aquella esperanza de una supervivencia más allá de la muerte a la que nunca ha podido renunciar. Mientras no tome el poder político y este sepa preservar su independencia y neutralidad frente a ella, la religión no solo es lícita, sino indispensable en una sociedad democrática.
Creyentes y no creyentes debemos alegrarnos por eso de lo ocurrido en Madrid en estos días en que Dios parecía existir, el catolicismo ser la religión única y verdadera, y todos como buenos chicos marchábamos de la mano del Santo Padre hacia el reino de los cielos.
Quiero empezar con un precioso poema homónimo de Mario Benedetti.
Se trata, sin duda, de un precioso poema de amor. Nada que ver con la estrategia política ¿verdad? Sin embargo, recomiendo al lector que vuelva a leerlo, pero desde un punto de vista político. Yo lo hice una vez y no he encontrado un texto que explique mejor la diferencia entre táctica y estrategia y que, además, resuma muchos de los elementos principales de una buena estrategia en oposición.
No es casualidad. Como ya hemos comentado en alguna ocasión, la política tiene mucho que ver con las emociones y con la seducción y, por tanto, no es casualidad que la más breve y acertada expresión de una buena estrategia política venga de parte de uno de los mejores poetas en lengua hispana.
1. “Mi táctica es mirarte, aprender como sos, quererte como sos”
No debe haber nada más importante que saber exactamente como es nuestro votante. Debemos utilizar todas las herramientas que podamos permitirnos para averiguar qué hace, qué quiere, dónde está y cómo es.
Suele ganar las elecciones el candidato o el partido con el que más se identifican los votantes. En definitiva, el que consigue parecerse más a ellos y, por lo tanto, el mejor consejo para empezar esta lección de estrategia política del Maestro Benedetti es “estudia a tus votantes, aprende como son y quiérelos tal y como son, no como quieres que sean”
Un grupo en la oposición no debería escatimar, sin más limitación que la presupuestaria, evidentemente, en sondeos y estudios cuantitativos y cualitativos. Hay varios aspectos, que profundizaremos en otros apartados, de los que conviene tener la mayor información, y de mejor calidad: un buen mapa electoral, con un análisis cuantitativo y cualitativo de los resultados electorales a nivel de sección electoral, comparativa con los resultados electorales en contiendas anteriores; un buen targeting territorial y ciudadano, en base al análisis de los resultados con un informe de territorios-objetivo y de grupo de ciudadanos-objetivo; un detallado mapa de aliados, stakeholders y líderes de opinión, incluyendo los posibles colaboradores en el funcionariado; un conocimiento detallado de los recursos humanos y materiales del partido y de su disponibilidad; un buen análisis de debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades de los partidos y candidatos (incluyendo al nuestro); análisis cuantitativos y cualitativos periódicos, etc.
En definitiva, cuida y alimenta un buen laboratorio de inteligencia.
2. “Mi táctica es hablarte y escucharte, construir con palabras un puente indestructible”
Después del análisis de datos, lo siguiente que debe hacer un partido en oposición es construir un relato para los próximos cuatro años.
¿Qué significa “construir un relato”? La palabra de moda es storytelling, que no es más que el arte de contar historias.
Contar historias está en nuestra propia arquitectura cultural. Desde tiempo inmemorial hemos aprendido a formar parte de una comunidad a través de historias, ya fueran sagas, mitos o simplemente cuentos infantiles. El storytelling, como disciplina, surge en Estados Unidos en los años 90 y desde entonces su uso no ha hecho sino aumentar en el mundo de la comunicación y en el de la política.
A menudo, la tentación de los políticos, y con mayor frecuencia en los políticos progresistas, es la de hacer listas, creyendo que con eso los votantes caerán rendidos a sus pies. Se presentan ante el electorado con listas de inauguraciones, con inversiones y con balances de gestión de muchas páginas de extensión. Cuando pierden, estos políticos suelen decir eso tan socorrido de “lo hemos hecho bien, pero no lo hemos sabido comunicar”. En esta frase tan usada se esconde una gran verdad, pero también una enorme falacia. Ha existido un error de comunicación, pero no ha consistido en contar mal lo que se ha hecho, sino que, normalmente, habremos estado contando una historia que nadie había planificado, ni verificado, ni medido su eficacia.
Según Seth Godin, el inventor norteamericano del marketing viral, “el nuevo marketing tiene como objetivo contar historias, y no concebir realidades”, “según el mismo autor, “todo, en el personaje político, cuenta una historia, su ropa, su esposa, sus asesores…”
Este es el reto, planificar un relato coherente y que todos los elementos “cuenten” ese relato. Un relato de superación de dificultades, con héroes y con villanos y, recuerde, todo lo que haga, diga o deje de hacer o de decir, estará contando un relato sobre el que, si no ha hecho sus deberes, no tendrá ningún control.
Debemos recordar también que, en la actualidad, “comunicar es dialogar”. No basta con “vender” o “colocar” nuestro mensaje. Actualmente la política, o mejor dicho la ciudadanía, exige que exista retroalimentación en la comunicación con sus representantes.
Se le acercarán muchos consultores, más o menos profesionales, verdaderos gurús de la llamada política 2.0, que le venderán la importancia de estar en las redes sociales. Es normal, está de moda.
Dele la dimensión exacta a su campaña 2.0. Recuerde que este es un espacio en el que hay que estar, pero debemos evitar la tentación de pensar que la política 2.0 es la principal vía de contacto con los ciudadanos y ciudadanas. Según el último barómetro del CIS de junio de 2011, en España, el 62,1% de los españoles nunca utiliza Internet para obtener información acerca de la política o la sociedad. A menudo, las campañas 2.0 se limitan a emitir información a los propios militantes y simpatizantes, que estos comparten entre ellos mismos, en un círculo endogámico del que rara vez se sale para llegar a la inmensa mayoría de los ciudadanos, que son los que deben darle la victoria en una campaña electoral. Utilice su campaña 2.0 como una herramienta más para llegar a los ciudadanos, junto con otras, como la interlocución directa, el puerta a puerta, el voluntariado, etc. (eso que últimamente, adquirido de las campañas americanas, denominamos en el argot, como grassroots).
No olvide, por tanto, que las redes sociales no son un fin, sino un medio. No debe utilizar estas redes únicamente para vocear y amplificar su mensaje. Lo mejor que tienen estas herramientas es que nos van a dar la posibilidad de escuchar a nuestros vecinos, de llegar mucho más lejos de lo que lo podríamos hacer personalmente para escucharlos y demostrarles que nos importa lo que tienen que decirnos. Esa es la verdadera revolución digital de la política contemporánea: hoy gobernamos con los ciudadanos.
3. “Mi táctica es quedarme en tu recuerdo, no sé cómo, ni sé con qué pretexto, pero quedarme en vos”
Benedetti vuelve a tocar varios elementos claves: la notoriedad, el grado de conocimiento y el posicionamiento de nuestro partido y de nuestro candidato.
El grado de conocimiento y valoración son factores que suelen ser despreciados en muchas campañas electorales y, sin embargo, deben ser tenidos en cuenta. Si sus votantes no le conocen, no podrán tener una opinión sobre Vd. Si no lo valoran positivamente no será fácil que tengan la intención de votarlo, teniendo en cuenta que, de los que manifiestan la intención, no todos son los que depositan finalmente el voto en la urna. Si, además, Vd. espera que pasados cuatro años vuelvan a votarlo, deberá tener en cuenta que la fidelización casi siempre es inferior al voto anterior. Es decir que, partiendo del grado de conocimiento, todos los demás elementos tienden a decrecer. Si quiere que le voten, primero tienen que saber quién es.
4. “Mi táctica es ser franco y saber que sos franca, y que no nos vendamos simulacros para que entre los dos no haya telón ni abismos”
No debemos mentir nunca y debemos cuidar que no exista lo que técnicamente se denomina “disonancia cognitiva”, es decir que lo que hacemos, decimos y somos mantenga siempre una coherencia.
Hemos de ser conscientes de lo exigente que es el votante con sus responsables políticos. Eso es un factor positivo, porque habla de la salud que goza nuestra democracia. Casi el 80% de los españoles, lo que más valora en un político es su honradez, hasta el punto de que más del 60% preferirían votar a un/a político/a honrado/a pero poco eficaz, a lo contrario.
Puede ser injusto, pero un responsable político hoy debe trasmitir imagen de integridad, o lo más probable es que se tenga que dedicar a otra cosa. Si ha decidido dedicarse a la política, recuerde que esto le va a implicar estar en el punto de mira de los ciudadanos y ciudadanas. Sea ejemplar en su comportamiento y haga siempre lo mismo que predica y, recuerde esta regla de oro: nunca, bajo ningún concepto, mienta. Si le pillan falseando la verdad, por nimio que pueda parecer en un principio, pocos se lo van a perdonar.
5. “Mi estrategia es en cambio más profunda y más simple. Mi estrategia es que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto, por fin me necesites”
Y, por fin, hemos llegado a la estrategia. Es, en palabras de María José Canel, Catedrática de Comunicación Política de la Universidad Complutense de Madrid y prestigiosa consultora política, una campaña es “un proceso secuencial en el que tras el análisis del contexto o situación, se diseña el mensaje electoral, se comunica y, finalmente se evalúa”.
Una campaña electoral no es un periodo limitado por ley a los quince días anteriores a unas elecciones. Muchos expertos coinciden en que, principalmente desde la era Reagan, se ha acuñado e impuesto el concepto de “Campaña Permanente” para referirse a la utilización del cargo por parte de los elegidos para construir y mantener una amplia y suficiente base de apoyo popular (usando para ello los instrumentos de la comunicación política) a fin de abrirle espacios a sus programas y de lograr la victoria en la siguiente convocatoria electoral.
La estrategia, una vez fijada, no debe cambiarse. Puede cambiar de tácticas para adaptarse mejor a los acontecimientos, pero si tiene que cambiar de estrategia durante la campaña es que, probablemente, haya planificado mal y, si no le queda más remedio que corregir el rumbo, con casi total seguridad, lo va a pagar en las urnas.
Si gobierna, recuerde que su trabajo y el de sus asesores no ha concluido. No ha alcanzado la meta, sólo ha cubierto una etapa. Si, en cambio, se encuentra en su particular travesía del desierto desde los bancos de la oposición, contemplando como su adversario utiliza estas estrategias, prepárese todos los días, profesionalice su comunicación y espere a “que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto”, por fin le necesiten. Recuerde que el éxito electoral no sólo depende de la campaña que haga, ni se puede evaluar una campaña exclusivamente por su resultado. Magníficas campañas y magníficos candidatos pueden fracasar estrepitosamente, y viceversa, pero, utilizando la estrategia y las herramientas adecuadas, con disciplina y tenacidad, cualquier día puede llegar su oportunidad. Procure estar preparado para cuando eso ocurra.
Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.