viernes, 11 de mayo de 2012

UN PUÑADO DE REFLEXIONES SOBRE EL PAPEL DE TWITTER EN LA COMUNICACIÓN POLÍTICA Y ELECTORAL


Últimamente, algunos de los más prestigiosos consultores políticos españoles se han enfrascado en un debate on-line alrededor de la utilidad, o no, de Twitter en política. Todos han hecho un magnífico trabajo y todas las lecturas me han resultado tremendamente interesantes y me han aportado mucha luz sobre esta cuestión. Pero, la verdad es que no he podido evitar la tentación de aportar mi granito de arena al debate. No quiero echar más leña al fuego, pero sí poner un poquito de la mía encima de la mesa.

Cuando escucho y leo algunos comentarios sobre Twitter, siempre me acuerdo de Henri Bergson, cuando venía a decir eso de que nuestra tendencia a establecer categorías y clasificaciones era como intentar pillar el argumento de una película, observándola fotograma a fotograma. La realidad es un continuo y discutir sobre si Twitter es un medio de comunicación o una red social nos aleja de la auténtica realidad: Twitter es Twitter. Ni todos los usuarios nos acercamos igual a esta herramienta, ni el uso que se hace de ella es igual hoy que ayer y, probablemente, mañana sea muy diferente. Pero, lo queramos o no, Twitter está en escena. Quizás no sea el protagonista, pero está y tiene “su” papel.

Por otra parte, el debate sobre si es bueno o malo en política, útil o inútil, así sin más, para todos los escenarios, en todas las campañas, en cualquier parte del mundo, me parece que simplemente tiende a alejarnos de la realidad. Quizás se equivoquen aquellos que quieren ver en él la herramienta democratizadora definitiva, que ha venido a revolucionar los procesos de generación de eso que llamamos “opinión pública”. Quizás se equivoquen aquéllos que manifiestan que no sirve para nada, o para casi nada. O quizas todos tengan una parte de razón. Lo que está claro es que está y no podemos mirar para otro lado.

“El medio es el mensaje”. Todos los que nos dedicamos, en mayor o menor medida, al mundo de la comunicación, llevamos grabada a fuego esta máxima de Marshall McLuhan. Evidentemente la podemos aplicar también a Twitter, porque el hecho de utilizar esta herramienta transmite un mensaje en sí mismo. Por tanto, insisto en el hecho de que creo que no se trata de que sea intrínsecamente bueno o malo, pero es evidente que “no estar” emite un mensaje, y que “estar” emite otro muy diferente y que, por lo tanto, desde el punto de vista de la comunicación política, lo que debemos es tenerlo en cuenta y saber si nos interesa emitir ese mensaje o el contrario, y siempre será mejor intentar controlar lo que comunicamos porque es imposible no comunicar.

Twitter es sesgado. Ya sea para emitir, recibir, dialogar, observar, pulsar la realidad, o cualquier otra cosa que se nos ocurra que se puede hacer con él, lo que es evidente es que existe un sesgo sociodemográfico en el uso de esta herramienta. Si atendemos a los datos del estudio del uso de Twitter en España realizado por ADIGITAL (Asociación de la Economía Digital) de julio de 2010, hace casi un año, el perfil del usuario de Twitter en España era mayoritariamente el de un hombre joven, cuya edad oscilaba entre los 25 y los 44 años, con formación de grado superior y trabajador por cuenta ajena. Por otro lado, cabe señalar que casi la mitad de los usuarios vivían en Madrid y Cataluña. Evidentemente este perfil está muy lejos de ser una fiel traslación del de la sociedad española y debemos ser muy cuidadosos a la hora de interpretar hasta qué punto un sentir, más o menos multitudinario en Twitter, es reflejo o tiene reflejo en la opinión pública, pero no podemos obviar algunos aspectos importantes.

En primer lugar, no es un medio nada desdeñable en cuanto al número de usuarios potenciales. Las últimas cifras de Nielsen Netratings muestran como la red social, en España, ha pasado de registrar 1,5 millones de usuarios únicos en diciembre de 2009, a alcanzar una audiencia de 2,8 millones de usuarios únicos en diciembre de 2010 que, para que nos hagamos una idea, vendría a situarse en cifras próximas a la audiencia media de un programa líder como “Hoy por hoy” de la Cadena Ser. ¿Os imagináis a algún candidato rechazando una entrevista de Francino? De todas formas, por ser fiel a la realidad, para igualar la audiencia de Francino tendríamos que ser capaces de que nos siguieran absolutamente todos los usuarios de Twitter españoles. Si atendemos a los datos de la última Campaña de Elecciones Generales en España, ninguno de los candidatos alcanzó esta cifra. Rajoy tenía unos 108.000 seguidores, mientras que Rubalcaba tenía 74.000 y, francamente, la mayoría de ellos militaban en las respectivas parroquias. Tiene mucha razón Luis Arroyo cuando dice que, en general, “los que te siguen están ya convencidos”.

De todas formas, si vemos el “Klout Score” (indicador de medida de la influencia en redes sociales en una escala de 1 a 100) de Rajoy, por ejemplo, vemos que el Presidente del Gobierno tiene hoy más de 300.000 seguidores que llevan a cabo unos 14.000 retweets y unas 120.000 menciones —aquí, evidentemente, las habrá de partidarios y detractores—, y se le calcula una influencia real sobre unas 170.000 personas. No voy a profundizar demasiado en un aspecto que, por otra parte, creo que es un elemento muy a tener en cuenta, pero para interpretar estos datos debemos partir de la base de que todos somos mucho más permeables a un argumento propagado por personas a las que seguimos, que por el propio personaje político en cuestión, como nos demuestran los datos de la investigación de mercado Global Web Index, y como creen firmemente la mayoría de las empresas presentes en Internet, que no paran de intentar captar a nuevos “influenciadores”.

Este último dato puede ser interpretado de muchas maneras: alto, bajo, bueno, malo… cada candidato y cada campaña deberá valorar si estas cifras son rentables poniéndolas en relación con lo que les cuesta llevar a cabo la denominada campaña 2.0. Siento no poder extraer una conclusión a este respecto ya que este mercado se encuentra en una fase en la que podemos encontrar desde quienes contratan a algún “visionario o gurú”, que cobra una fortuna por este “elemento imprescindible y decisivo de la campaña electoral”, a quienes lo resuelven con voluntarios de mayor o menor capacidad con, a menudo, muchas ganas pero pocos conocimientos. En este sentido, si se hace un sencillo cálculo del coste por impacto —una medida muy habitual para el cálculo de la rentabilidad de cualquier acción publicitaria—, se podrá saber si tal candidato ha hecho el “canelo” o ha conseguido sacar provecho de sus escasos recursos económicos. Aquí suele haber de todo, y, por mi experiencia, quiénes menos tienen suelen sacar más partido a este tipo de comunicación, que puede conseguir un buen nivel de impacto a unos precios más que razonables. Esto no es la tele, pero es que la televisión suele costar muchísimo más y está, sobre todo en España, bastante más regulada y no suele tratar demasiado bien a los partidos sin representación parlamentaria, que también tienen que establecer sus estrategias de comunicación y para quienes Internet, a menudo, es la alternativa más rentable.

Hasta este momento he querido ser muy pragmático, pero quiero terminar esta breve aportación —sin ninguna pretensión de agotar el tema en cuestión, que tiene enormes y apasionantes matices y que soporta, como estamos comprobando, toneladas de bits—, mencionando un aspecto que, desde mi punto de vista, tiene más valor cualitativa que cuantitativamente.

La credibilidad de nuestros políticos está por los suelos. La confianza y el interés de las “personas normales” —permítaseme el uso de este término— por las cosas de los políticos —que no por la política— se encuentra bajo mínimos, lo que lleva al votante a ser bastante impermeable a los mensajes lanzados desde el mundo de la política. Creo que debemos, por tanto, reflexionar no sólo alrededor del uso de herramientas para “colocar” mensajes. Los políticos no andan sobrados de baños de realidad, ni de contacto real con el “ciudadano de a pie” —otro término clásico que me tomo la licencia de utilizar—. Por tanto, si Twitter, o Facebook —o lo que sea que aparezca mañana—, le permiten recibir mensajes desde la sociedad, aunque sean sesgados y vengan en pequeñas dosis homeopáticas de 140 caracteres, bienvenidos sean. Confieso que, más que como un medio para transmitir mensajes, me gustan estas herramientas porque permiten acercar a muchos ciudadanos a unos políticos que rara vez se suelen poner a tiro. Y, evidentemente, no podremos dialogar con todos —es ciertamente imposible—pero siempre será mejor que vivir aislado en un despacho, alimentándote de una realidad también sesgada, que importa a muy poca gente y filtrada por unos medios de comunicación que también dejan mucho que desear. Las distintas herramientas que nos aporta Internet no son la panacea, pero representan una bocanada de aire fresco después de lustros de comunicación mediada: Comunicar es dialogar, hoy más que ayer y, tengo la esperanza, menos que mañana.

Y, dicho esto, voy a “tuitear” que he escrito esta entrada en el blog a todos mis seguidores


Antonio Hernández Espinal @el_hermeneuta

Senior Partner de Dialoga Consultores

lunes, 9 de abril de 2012

Los tópicos siempre miran al sur

EL PAÍS - Carmen Morán - 08/04/2012

Andalucía era en el siglo XIX el lugar más visitado de España por los que entonces, en lugar de turistas, se llamaban viajeros. Algunos de ellos, de renombre y buena pluma, ingleses, pero sobre todo franceses, retrataron una sociedad muy atrasada, aunque no lo estaba más que el resto del país. Y, esto es lo relevante, extendieron dentro y fuera de las fronteras una estampa costumbrista que se fijó como un daguerrotipo: bandoleros, tabernas, mujeres salerosas. Algunos contaron lo que vieron, pero muchos vinieron ya con el cuento en la cabeza. El tópico se abonó con abundancia.

Esta es parte de la mala prensa de la que habla el historiador de la Universidad de Málaga Juan Antonio Lacomba. También hubo, dice, mala suerte prolongada. El cóctel de ambas ha depositado sobre Andalucía un peso, en ocasiones intolerable, de clasismo, xenofobia y clichés que se ceban con esta región hasta el punto de convertirla en la reina del sur, el sur maldito al que unos pocos, bien que machaconamente, se permiten mirar por encima del hombro o apellidar con saña a sus ciudadanos porque votan en las elecciones al partido que les da la gana, o sea, como todo el mundo. Afortunadamente, como señala el periodista Francisco Giménez Alemán, “la gente normal no participa de esas tropelías”.

Dieron los valencianos mayoría absoluta a un presidente entonces imputado en tribunales y los comentarios se quedaron en la arena política. La corrupción y el desgaste han retirado en Andalucía nueve escaños al partido gobernante y alzado venced or —que no victorioso— al opositor, y se ha desencadenado una marea de insultos de pegajosa resaca, algunos de los cuales da pudor hasta reproducirlos.

Al historiador español José Manuel Cuenca Toribio le gusta poner la línea divisoria en el Tajo. Alguna diferencia habrá por cima y por bajo de ese río para que se repitan los desmanes que de tarde en tarde tienen que escuchar los andaluces. Mala prensa y mala suerte, decía Lacomba. La mala prensa se extendió todo el siglo XX, desde los tebeos hasta las series de televisión, de las películas a los comentarios domésticos: andaluz luego paleto; andaluz, por tanto, vago; el chistoso, el subsidiado; las horas muertas en la taberna, la juerga, el taconeo, la chacha y el jornalero. Y en la última vuelta de tuerca, el ciudadano que no vota lo correcto.

Curiosamente, son los políticos los que más burlan lo políticamente correcto cuando les viene bien. “A algunos habría que taparles la boca, desde luego. Fue muy desafortunado aquel ‘pitas, pitas, pitas’ que señaló Esperanza Aguirre para referirse al andaluz subvencionado”, menciona Giménez Alemán, que fue director del diario Abc de Sevilla durante años. Y Javier Arenas, el candidato de la derecha tantas veces frustrado en esa región, bien tuvo que lamentar, en otra campaña electoral, las declaraciones de su correligionaria, ahora ministra de Sanidad, Ana Mato, cuando se dejó engañar por un vídeo para afirmar que algunos niños andaluces, pobrecillos, daban clase “en el suelo” por falta de pupitres. Sobre esa mentira se revolvió de nuevo la memoria colectiva de los andaluces para recordar que unas décadas atrás, no hace tanto, lo que faltaba eran escuelas. Y ahora las tienen. Con mesas y sillas.

No hay uno solo de los consultados para este reportaje que no coincida en que los andaluces han votado legítimamente lo que han tenido a bien. Pero todos opinan también que ciertas “redes clientelares” y una suerte de “neocaciquismo” pueden estar afeando algunas de las estadísticas andaluzas: educativas, de desempleo. Dicho esto, ¿queda algo para la mala suerte que citaba Lacomba? El historiador sostiene que sí. Mala suerte que está en el origen del retraso que aún se atisba en algunos ámbitos. La mala suerte del sur de España, del sur de Italia, la fatalidad de todos los sures del mundo. Algo han de tener en común. “El clima puede propiciar ciertas formas de vida y determinados modelos de producción, desde luego”, afirma Juan Carlos Pereira, director del Departamento de Historia Contemporánea de la Complutense.

No es sencillo buscar el desencadenante de la historia, pero sí cabe analizarla y señalar sus consecuencias. Cuando se habla de la de Andalucía, como de la extremeña, por seguir en el margen sur del Tajo, el libro de Miguel Delibes, que fue después famosa película, está en mente de todos: Los santos inocentes. “Hay enormes diferencias entre la industrialización del norte y su burguesía, de mente liberal, más abierta a la formación y la cultura, y los propietarios del sur, latifundistas cerrados y conservadores. Estos últimos son más resistentes a las aperturas, son continuistas”, dice Pereira. “Eso configura sociedades más inmovilistas, cuando no explota la revolución, que en Andalucía [y en Badajoz], hay que recordarlo, se aplastó ferozmente en la guerra y la dictadura”, añade.

La madrileña Carmen Anula Castells, andaluza de adopción, es catedrática de Sociología la Universidad de Sevilla. Recuerda cuando llegó a Andalucía y se pateó los pueblos para hacer su tesis, El mito de la Andalucía subsidiada: “Me llamó mucho la atención que la gente desayunaba en la calle, en el bar... El origen de esa costumbre es jornalero, cuando salían a la plaza para que el amo de las tierras los seleccionara uno a uno para trabajar ese día. Giménez Alemán dice que “en Andalucía sigue habiendo residuos del señoritismo. “En Sevilla es fácil ver en los barrios acomodados a empleadas del hogar vestidas con el uniforme de rayadillo y a rentistas terratenientes que no dan un palo al agua. Llegué a la capital en 1984 y me llamó la atención el Círculo de Labradores y Propietarios. Son propietarios, no empresarios, esa terminología hay que cambiarla, porque en Andalucía hay empresas punteras en muchos sectores, tecnológicos, científicos y el AVE viaja lleno de ejecutivos”, sostiene este periodista que reconoce que le hubiera gustado que cambiara el color del Gobierno regional. Pero el cliché aún se apoya en aquellos residuos de épocas en que la tierra se dividía fatalmente entre amos y criados, una imagen que el franquismo congeló durante 40 años. Los unos ociaban, los otros trabajaban sin descanso, a veces solo por estar bajo un techo. De los amos era la tierra, las órdenes las daban ellos y el poder les era natural.

Por eso, a algunos se les encoge el corazón cuando Javier Arenas repite lo de la “apropiación indebida de las instituciones” por parte de los socialistas. ¿De quién son las instituciones y el poder? La izquierda en Andalucía ha atizado el tópico del miedo al señorito; la derecha no siempre ha podido convencer de que pertenecía al pasado. Tan poco ayudan algunas declaraciones políticas, como las críticas impúdicas al pueblo llano de un aristócrata de los Alba, a lomos de su caballo. Baste decir que le reconvino hasta su madre.

El campo no necesitaba más formación que la fuerza de un par de brazos y a los señoritos no les entusiasmaba que sus jornaleros estudiaran. La maldición del analfabetismo se heredaba de padres a hijos. Hasta anteayer. “Pobres y analfabetos, que no incultos”, puntualiza el historiador andaluz Cuenca Toribio.

El prestigio y la clase al sur del Tajo lo determinaba la posesión de tierras y palacios, donde se lucía una suerte de indolencia que se daba también entre los hacendados de otros países. Trabajar no estaba bien visto. Cazar, sí. Y jugar. Y hacer fiestas.

Pero Andalucía siempre fue tierra hermosa y rica. Tenían agricultura, también minas y hubo una floreciente y prometedora industria. Lo recuerda Lacomba: “En Málaga estuvieron los Loring (finanzas), los Heredia (grandes ferreteros, de los primeros de España), y los Larios (los segundos del textil en todo el país). También los Ibarra, Carbonell... Ninguno era andaluz”. Tampoco los bodegueros. Y, para colmo, acababan imitando las costumbres, “cuando hacían dinero, compraban tierras”, dice Lacomba.

La minería, que pudo explotarse con éxito, “chocó con medidas gubernamentales proteccionistas que beneficiaban a las regiones del norte”, sigue Lacomba. Otra vía muerta. De nada sirvió que la mayoría de los ministros del siglo XIX, algunos de los más influyentes, fueran andaluces. Arriba se protegía la industria, abajo campaban los terratenientes.

Y sin embargo, a finales del XIX, Andalucía es el símbolo de lo español. “Esa idea se fabricó en Madrid, ya desde los noventayochistas”, dice el catedrático de Sociología de la Complutense Fermín Bouza. El frasco de las esencias patrias lo tenía antes Castilla, “la nobleza, la austeridad, la sinceridad castellanas, pero perdió su influencia simbólica en favor del sur”. “Madrid empieza a sentirse una excepción fiel a lo español frente a Cataluña, País Vasco, Galicia... La periferia se le escapa de las manos y los unitaristas elevan a Andalucía al trono de la españolidad”, explica. El franquismo retoca y hace suya esa idea de los unitaristas frente a los federalistas. Los andaluces triunfan en la capital y, en su nombre, promocionan España. El exotismo de su tierra atrae al turismo, y eso da dinero. “Con el turismo de los sesenta los andaluces se andalucean, porque era la vía de atraer recursos. ¿Flamenco querían? Flamenco les daban”, explica Lacomba. Folklore y emigrantes analfabetos.

Hoy todavía se siente el clasismo que llega del norte. Algunos dicen que, sobre todo, de Madrid, del “pijerío madrileño”. “Puede que en el sur este extendido el clientelismo, pero de ahí a decir que los andaluces son vagos... La derecha madrileña no ha podido reprimir su frustración”, dice Jaime Pastor, profesor de Política en la UNED. Benjamín García, profesor de Ecología y Población de la Complutense, dice, sin embargo: “Ellos creen en la igualdad y en el reparto, muy bien, pero para repartir hay que crear primero. No quieren el desarrollo, no quieren trabajar”. ¿Cree que no quieren trabajar? “Lo que digo es que si con el paro les dan 400 euros y trabajando 600, pues claro, yo haría lo mismo. Los pobres del Norte no tienen nada que ver con los pobres del Sur. Pero el desarrollo no depende de la gente, sino de las políticas y ellos han optado por lo que les conviene”, dice.

Parecida opinión se ha oído en algunos medios de comunicación madrileños —“solo la caverna”, dice Giménez Alemán— que abrieron la caja de los truenos tras los resultados electorales, despertando una queja de la Asociación de la Prensa de Sevilla. Pero, como en Valencia, los andaluces votan, en noviembre y en marzo, lo correcto, que es, exactamente, lo que les da la gana.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Yo voy a la huelga

Ya con anterioridad había comentado mi debilidad por este famosísimo discurso de Martin Luthe King pronunciado el 28 de agosto de 1963 y conocido como “I have a dream” (Grandes discursos de la Historia I: "I have a dream")


Hoy reproduzco algunas de sus frases que me parecen brutalmente actuales, casi 50 años después, en vísperas de una huelga general:


Los remolinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia. Pero hay algo que debo decir a mi gente que aguarda en el cálido umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma.

miércoles, 31 de agosto de 2011

La fiesta y la cruzada

La Prensa - Mario Vargas Llosa - 28/08/2011

“Durante mucho tiempo se creyó que con el avance de los conocimientos y de la cultura democrática, la religión, esa forma elevada de superstición, se iría deshaciendo, y que la ciencia y la cultura la sustituirían con creces. Ahora sabemos que esa era otra superstición que la realidad ha ido haciendo trizas”.

Bonito espectáculo el de Madrid invadido por cientos de miles de jóvenes procedentes de los cinco continentes para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud que presidió Benedicto XVI y que convirtió a la capital española por varios días en una multitudinaria Torre de Babel. Todas las razas, lenguas, culturas, tradiciones, se mezclaban en una gigantesca fiesta de muchachas y muchachos adolescentes, estudiantes, jóvenes profesionales venidos de todos los rincones del mundo a cantar, bailar, rezar y proclamar su adhesión a la Iglesia católica y su “adicción” al papa (“Somos adictos a Benedicto” fue uno de los estribillos más coreados).

Salvo el millar de personas que, en el aeródromo de Cuatro Vientos, sufrieron desmayos por culpa del despiadado calor y debieron ser atendidas, no hubo accidentes ni mayores problemas. Todo transcurrió en paz, alegría y convivencia simpática. Los madrileños tomaron con espíritu deportivo las molestias que causaron las gigantescas concentraciones que paralizaron Cibeles, la Gran Vía, Alcalá, la Puerta del Sol, la Plaza de España y la Plaza de Oriente, y las pequeñas manifestaciones de laicos, anarquistas, ateos y católicos insumisos contra el Papa provocaron incidentes menores, aunque algunos grotescos, como el grupo de energúmenos al que se vio arrojando condones a unas niñas que, animadas por lo que Rubén Darío llamaba “un blanco horror de Belcebú”, rezaban el rosario con los ojos cerrados.

Hay dos lecturas posibles de este acontecimiento, que “El País” ha llamado “la mayor concentración de católicos en la historia de España”. La primera ve en él un festival más de superficie que de entraña religiosa, en el que jóvenes de medio mundo han aprovechado la ocasión para viajar, hacer turismo, divertirse, conocer gente, vivir alguna aventura, la experiencia intensa pero pasajera de unas vacaciones de verano. La segunda la interpreta como un rotundo mentís a las predicciones de una retracción del catolicismo en el mundo de hoy, la prueba de que la Iglesia de Cristo mantiene su pujanza y su vitalidad, de que la nave de San Pedro sortea sin peligro las tempestades que quisieran hundirla.

Una de estas tempestades tiene como escenario a España, donde Roma y el gobierno de Rodríguez Zapatero han tenido varios encontrones en los últimos años y mantienen una tensa relación. Por eso, no es casual que Benedicto XVI haya venido ya varias veces a este país, y dos de ellas durante su pontificado. Porque resulta que la “católica España” ya no lo es tanto como lo era. Las estadísticas son bastante explícitas. En julio del año pasado, un 80 por ciento de los españoles se declaraba católico; un año después, solo 70 por ciento. Entre los jóvenes, 51 por ciento dicen serlo, pero solo 12 por ciento aseguran practicar su religión de manera consecuente, en tanto que el resto lo hace solo de manera esporádica y social (bodas, bautizos, etcétera). Las críticas de los jóvenes creyentes —practicantes o no— a la Iglesia se centran, sobre todo, en la oposición de esta al uso de anticonceptivos y a la píldora del día siguiente, a la ordenación de mujeres, al aborto, al homosexualismo.

Mi impresión es que estas cifras no han sido manipuladas, que ellas reflejan una realidad que, porcentajes más o menos, desborda lo español y es indicativo de lo que pasa también con el catolicismo en el resto del mundo. Ahora bien, desde mi punto de vista esta paulatina declinación del número de fieles de la Iglesia católica, en vez de ser un síntoma de su inevitable ruina y extinción es, más bien, fermento de la vitalidad y energía que lo que queda de ella —decenas de millones de personas— ha venido mostrando, sobre todo bajo los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI.

Es difícil imaginar dos personalidades más distintas que las de los dos últimos papas. El anterior era un líder carismático, un agitador de multitudes, un extraordinario orador, un pontífice en el que la emoción, la pasión, los sentimientos prevalecían sobre la pura razón. El actual es un hombre de ideas, un intelectual, alguien cuyo entorno natural son la biblioteca, el aula universitaria, el salón de conferencias. Su timidez ante las muchedumbres aflora de modo invencible en esa manera casi avergonzada y como disculpándose que tiene de dirigirse a las masas. Pero esa fragilidad es engañosa pues se trata probablemente del Papa más culto e inteligente que haya tenido la Iglesia en mucho tiempo, uno de los raros pontífices cuyas encíclicas o libros un agnóstico como yo puede leer sin bostezar (su breve autobiografía es hechicera y sus dos volúmenes sobre Jesús más que sugerentes). Su trayectoria es bastante curiosa. Fue, en su juventud, un partidario de la modernización de la Iglesia y colaboró con el reformista Concilio Vaticano II convocado por Juan XXIII.

Pero, luego, se movió hacia las posiciones conservadores de Juan Pablo II, en las que ha perseverado hasta hoy. Probablemente, la razón de ello sea la sospecha o convicción de que, si continuaba haciendo las concesiones que le pedían los fieles, pastores y teólogos progresistas, la Iglesia terminaría por desintegrarse desde adentro, por convertirse en una comunidad caótica, desbrujulada, a causa de las luchas intestinas y las querellas sectarias. El sueño de los católicos progresistas de hacer de la Iglesia una institución democrática es eso, nada más: un sueño. Ninguna Iglesia podría serlo sin renunciar a sí misma y desaparecer. En todo caso, prescindiendo del contexto teológico, atendiendo únicamente a su dimensión social y política, la verdad es que, aunque pierda fieles y se encoja, el catolicismo está hoy día más unido, activo y beligerante que en los años en que parecía a punto de desgarrarse y dividirse por las luchas ideológicas internas.

¿Es esto bueno o malo para la cultura de la libertad? Mientras el Estado sea laico y mantenga su independencia frente a todas las iglesias, a las que, claro está, debe respetar y permitir que actúen libremente, es bueno, porque una sociedad democrática no puede combatir eficazmente a sus enemigos —empezando por la corrupción— si sus instituciones no están firmemente respaldadas por valores éticos, si una rica vida espiritual no florece en su seno como un antídoto permanente a las fuerzas destructivas, disociadoras y anárquicas que suelen guiar la conducta individual cuando el ser humano se siente libre de toda responsabilidad.

Durante mucho tiempo se creyó que con el avance de los conocimientos y de la cultura democrática, la religión, esa forma elevada de superstición, se iría deshaciendo, y que la ciencia y la cultura la sustituirían con creces. Ahora sabemos que esa era otra superstición que la realidad ha ido haciendo trizas. Y sabemos, también, que aquella función que los librepensadores decimonónicos, con tanta generosidad como ingenuidad, atribuían a la cultura, esta es incapaz de cumplirla, sobre todo ahora. Porque, en nuestro tiempo, la cultura ha dejado de ser esa respuesta seria y profunda a las grandes preguntas del ser humano sobre la vida, la muerte, el destino, la historia, que intentó ser en el pasado, y se ha transformado, de un lado, en un divertimento ligero y sin consecuencias, y, en otro, en una cábala de especialistas incomprensibles y arrogantes, confinados en fortines de jerga y jerigonza y a años luz del común de los mortales.

La cultura no ha podido reemplazar a la religión ni podrá hacerlo, salvo para pequeñas minorías, marginales al gran público. La mayoría de seres humanos solo encuentra aquellas respuestas, o, por lo menos, la sensación de que existe un orden superior del que forma parte y que da sentido y sosiego a su existencia, a través de una trascendencia que ni la filosofía, ni la literatura, ni la ciencia, han conseguido justificar racionalmente. Y, por más que tantos brillantísimos intelectuales traten de convencernos de que el ateísmo es la única consecuencia lógica y racional del conocimiento y la experiencia acumuladas por la historia de la civilización, la idea de la extinción definitiva seguirá siendo intolerable para el ser humano común y corriente, que seguirá encontrando en la fe aquella esperanza de una supervivencia más allá de la muerte a la que nunca ha podido renunciar. Mientras no tome el poder político y este sepa preservar su independencia y neutralidad frente a ella, la religión no solo es lícita, sino indispensable en una sociedad democrática.

Creyentes y no creyentes debemos alegrarnos por eso de lo ocurrido en Madrid en estos días en que Dios parecía existir, el catolicismo ser la religión única y verdadera, y todos como buenos chicos marchábamos de la mano del Santo Padre hacia el reino de los cielos.