lunes, 17 de diciembre de 2012

Concierto benéfico: Misa en mi menor de Bach


Este jueves 20, a las 21:00 en la Iglesia del Sagrario. Concierto en beneficio del Banco de Alimentos.

Participan:
  • Orquesta Sinfónica Hispalense 
  • Coro de la Universidad de Sevilla 
  • Coro Sacrae Armonia 
  • Director: José Carlos Carmona 
  • Rocío de Frutos, Soprano I 
  • Mª Jesús Pacheco, Soprano II 
  • Jorge E. Gª Ortega, Alto 
  • Francisco Romero, Tenor 
  • Javier Jiménez, Bajo 
Entradas: 10 €

Venta de entradas:

  • Coro de la Universidad de Sevilla 
  • En la entrada del concierto desde 30 min. antes. 
  • Por las mañanas, de 10 a 14 hs en calle Peral, 51, bajo (final de la Alameda). Unión de Actores e Intérpretes de Andalucía.

miércoles, 20 de junio de 2012

Si...

Si puedes mantener en su lugar tu cabeza cuando todos a tu alrededor,
han perdido la suya y te culpan de ello.

Si crees en ti mismo cuando todo el mundo duda de ti,
pero también dejas lugar a sus dudas.

Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no te domina el odio
Y aun así no pareces demasiado bueno o demasiado sabio.

Si puedes soñar y no hacer de los sueños tu amo;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes conocer al triunfo y la derrota,
y tratar de la misma manera a esos dos impostores.
Si puedes soportar oír toda la verdad que has dicho,
tergiversada por malhechores para engañar a los necios.
O ver cómo se rompe todo lo que has creado en tu vida,
y agacharte para reconstruírlo con herramientas maltrechas.

Si puedes amontonar todo lo que has ganado
y arriesgarlo todo a un solo lanzamiento ;
y perderlo, y empezar de nuevo desde el principio
y no decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón y tus nervios y tus tendones,
para seguir adelante mucho después de haberlos perdido,
y resistir cuando no haya nada en ti
salvo la voluntad que te dice: "Resiste!".

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
o caminar junto a reyes, y no distanciarte de los demás.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el inexorable minuto,
con sesenta segundos de lucha bravia...

Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,

y lo que es más: serás un hombre, hijo mío.

Rudyard Kipling

lunes, 4 de junio de 2012

LA LÍNEA 26


(Un relato breve de Antonio Hernández Espinal)


Querida Elena,

Después de tantos meses, he considerado necesario ponerme en contacto con usted por medio de esta carta.

Hoy hace justo un año que nos conocemos o, por decirlo con más propiedad, que yo la conocí a usted Es curioso, pero lo recuerdo perfectamente, a pesar de que en aquel momento no era consciente de que ese hecho me iba a marcar la vida ¡Tenemos tanto en común!

Soy una persona acomodada que he podido organizar todos y cada uno de los aspectos que rodean  mi vida, justo a la medida de mis necesidades. Tengo un buen trabajo, considerando que un buen trabajo es aquel en el que me pagan mucho más de lo que quizás merezco por la labor que desempeño, y que me da suficiente tiempo libre como para no tener que vivir exclusivamente para trabajar. No trabajo de cara al público, gracias a Dios; nunca me ha gustado demasiado tratar con la gente. Por eso vivo cómodamente, en una soledad elegida y bien administrada, en una amplia casa —quizás demasiado para mí— en las afueras. Soy un hombre cultivado y muy prudente, aficionado a la buena literatura y usuario diario del transporte público, ya que detesto los coches y ni siquiera tengo permiso de conducir.

Fue en enero, me dirigía a mi trabajo en autobús, como hago todos los días. Es la misma línea 26 que ambos solemos tomar y que nos lleva por un interminable recorrido hasta el centro, donde ambos tenemos nuestro trabajo. Yo suelo cogerlo a las siete y treinta y cinco y usted lo hace a las ocho y veintidós, puntualmente, todos los días. Nunca se ha retrasado, ni me ha sorprendido tomando el autobús que pasa cinco minutos antes, ni el que lo hace cinco minutos después. Siempre el mismo, y eso la hace aún más fascinante.

Como le decía, era enero y hacía mucho, mucho frío. Era uno de esos días de enero lluviosos y desagradables en los que uno está deseando ponerse a cubierto para calentarse un poco. Son días en los que el obligado tránsito hasta el trabajo, o de vuelta a casa, se vuelve insoportable, se hace más largo que nunca, si cabe. Y usted sabe bien que en días así el autobús suele ir repleto hasta la bandera.

A menudo suelo llevar algún libro a mano pero en esta ocasión no llevaba nada, así que me dediqué, como he hecho tantas veces, a observar a las personas que abarrotaban aquel autobús. Las juzgo en silencio y aventuro cómo serán sus vidas. Me gusta sacar conclusiones según los hábitos que observo en ellos. Si leen tal o cual cosa, si se quedan dormidos; veo cómo visten cada día o si juegan o hablan por el teléfono móvil.

He de confesarle que soy terriblemente bueno en esto. Me imagino, por ejemplo lo aburrida que tiene que ser la vida de esa señora que, desde que la conozco, lee novelas de amor sentada en el autobús. Cuando hablo de novelas de amor, no me refiero a grandes obras de la literatura universal, como “Desayuno con diamantes”, “Lolita” o “Cumbres borrascosas”. Me refiero a esas novelillas de poca calidad que suelen tener dibujos, en la portada, de hombres musculosos, con el torso desnudo y moreno, que abrazan a mujeres vestidas como si se hubieran escapado de “Lo que el viento se llevó”, que se ofrecen lánguidas, presas de un amor arrebatado y pecaminoso. Todo sobre un fondo de acantilados en un atardecer con tormenta. —¿Por qué dibujan a estos señores con el torso desnudo, con el día tan feo que hace?— No sé si se habrá percatado de la existencia de esa señora, de que ella nunca se arregla, ni se pinta, y lleva años con la misma ropa, pero se entrega con fruición a la lectura de esas novelillas, para huir, sin duda, de una vida aburrida y sin emociones. Una vez se me sentó a mi lado y pude comprobar, con desagrado, que huele a gato. Un olor insoportable y penetrante que no puedo resistir, le confieso. Sin duda vive sola, probablemente acompañada por uno o más felinos. En fin, esta mujer desagradable y solitaria no viene al caso, sólo quería ilustrarle mi afición a observar a las personas cuyos destinos convergen por azar con el mío, unos minutos, en el autobús de la línea 26 y que me ayudan a matar el tiempo que tengo que invertir obligatoriamente en mis traslados.

Pero aquel maravilloso día de enero fue diferente porque usted entró en mi vida. Fue, como tienen que ser las sorpresas agradables, sin avisar. Fue como un rayo de sol en aquel día lluvioso. Desde entonces, los viajes en la línea 26 no han vuelto a ser los mismos.

La verdad es que no la vi entrar. Había demasiadas personas en el autobús aquella mañana y yo estaba sentado en el fondo, pendiente de la conversación de una muchacha vulgar y gritona con el que supuse que era su novio. Cuando me aburrí de la conversación empecé a mirar al resto del pasaje, pero no encontré a nadie que captara mi atención.

Buscando algo que me ayudara a matar el tiempo alcancé a ver, por fin, su reflejo en el cristal. Aquella visión fue hipnótica, fue una revelación, una epifanía. Su imagen aparecía desdibujada, cambiante, pero intuí su belleza, su piel rosada y pálida y aquellos rizos anaranjados con que tanto he soñado desde entonces. Quería ver su imagen nítida, pero se me escapaba, a veces por el efecto de las luces de la ciudad, que igual me la revelaban con claridad un instante, que la oscurecían o la teñían de colores imposibles, como si se hubiera escapado de un cuadro de Chagall. Su reflejo se iba desfigurando por el efecto de las gotas de agua que salpicaban aquel cristal grabado —no lo olvidaré nunca—con el letrero de “Romper en caso de emergencia”, que se exhibía como una amenaza, puesto que en aquel momento aquel cristal era la bola mágica que unía mi mundo con el suyo. Si se rompía, aunque fuera por una emergencia real, como un incendio o un accidente, usted y yo podríamos quedar separados para siempre y ese pensamiento me angustiaba y me hacía sentir deseos de detener el tiempo, si eso hubiera sido posible.

El autobús se detuvo y usted se levantó por fin. Pude verla en todo su esplendor. Comprobé que aquellos rizos dorados que tanto me habían cautivado estaban, en realidad, mojados y pegados a su cabeza. Se le había corrido el maquillaje y tenía la ropa mojada y pegada al cuerpo —su cuerpo menudo y torneado fue para mí una revelación. Aquella visón duró tan sólo unos segundos, hasta que llegó a su parada, pero su imagen permaneció en mis retinas toda aquella jornada e, incluso, aquella misma noche. No piense mal de mí, me limitaba a rememorar aquel viaje en la línea 26 y de cómo usted había venido a romper el habitual hastío y la monotonía. Yo no la llamé, pero irrumpió en mi vida y la cambió para siempre.

A la mañana siguiente me desperté como un niño en su primer día de colegio, expectante. Volví a tomar el autobús temiendo no volver a verla, enumerando mentalmente las muchas razones que podían hacer que no volviéramos a coincidir. De hecho, yo tomaba todos los días el 26 a la misma hora pero jamás antes la había visto, y eso no era una buena señal, puesto estaba convencido de que, de haberlo hecho, habría reparado sin duda en su presencia —ya le he comentado lo buen observador que soy y cómo suelo reparan con detalle en todos mis insignificantes compañeros de viaje.

Pero allí estaba usted, puntual, como siempre desde aquel día. No fallaba usted ni una sola vez a nuestra cita.

Intenté no perderla de vista cada día desde entonces. Procuraba ocupar algún asiento que me permitiera observarla con detenimiento, memorizar cada uno de sus detalles, de sus gestos. Durante aquellos meses aprendí a apreciar su buen gusto por la buena literatura, la exquisitez de sus movimientos, la deliciosa forma en que le gustaba pasar desapercibida reservándose, sin duda, sólo para mí.

Aquel invierno leyó usted “Sabor a chocolate”, una interesante novela de José Carlos Carmona, un relativamente conocido autor español. Recuerdo que me fijé en que no llevaba alianza, lo que no significaba necesariamente que no estuviera casada. Pero me descubrí contento y aliviado por pensar que usted era libre, libre como yo.

En primavera, leyó usted “El Gran Gatsby”, de Scott Fitzgerald. Yo disfrutaba con sus blusas y agradecí, enormemente, que el clima nos hubiera librado a los dos de unas ropas de abrigo que la ocultan y que no le hacen justicia. En aquella época reparé en que de su cuello pendía un colgante con la letra “E” y estuve semanas elaborando listas, aventurando cual sería su nombre: Edurne, Edelmira, Edna, Eduvigis, Esther, Eleonor, Eloisa o, quizás, el más moderno y desgraciadamente de moda en la época en que sus padres decidieron cómo llamarla, Elisabeth. No, no podía ser Elisabeth. Usted no se merecía llamarse así.

Imagino que puede estar preguntándose por qué no la abordé, ni intenté entablar conversación. La verdad es que yo sabía que usted había reparado en mi existencia. Alguna vez nuestras miradas se habían cruzado en el autobús. Cuando eso ocurría, yo fingía recorrer el interior del vehículo con la mirada, fijando la vista en otras personas, a pesar de que ya no me importaba nadie más que usted Me sabía patético y sé que jamás la pude engañar con ese ardid, pero comprenderá que no sabía cuál iba a ser su reacción y no quería, no podía permitirme perturbar, de aquella manera, la relación que habíamos forjado día a día, en aquel autobús de la línea 26.

A veces, el azar hacía que se sentara a mi lado, lo que yo solía recibir con tal estremecimiento, que temía que usted se percatara y saliera huyendo de mí. Pero eso nunca ocurrió. En esos días me deleitaba con su suave y grácil movimiento de manos, con sus uñas cuidadas y pintadas, con su magnífico gusto para elegir sus pulseras o su reloj pero, sobre todo, me embriagaba de su perfume, aquel perfume sutil que tenía el poder de trasportarme a otros mundos, que me hacía vivir una vida que no era mía. Un perfume que usted dosificaba, sin duda, con el mimo necesario para que no fuera agresivo, sino sugerente.

Le confieso que, la primera vez que lo olí, dediqué toda la tarde a buscarlo en unos grandes almacenes. Fue una tarea durísima en la que, sin duda, mi pituitaria tuvo que sufrir un sinfín de aromas arrogantes y ofensivos, hasta que di con él, entre otros muchos de una estantería. “Luz” de Victorio & Luccino, en aquel envase transparente y redondo, decorado con tres letras serigrafiadas en rojo sobre. Cuando acerqué el ridículo cartoncito que dispensan para las pruebas, su olor me transportó a aquel autobús de la línea 26, junto a usted, leyendo “Libertad” de Jonathan Franzen. Le confieso con rubor que compré un frasco. Quizás piense que mi comportamiento fue un poco enfermizo pero debe tener presente que aquel recipiente era lo único que nos mantenía unidos a los dos, las muchas horas que teníamos que pasar separados y que se me antojaban eternas. Debería haber intuido que un perfume con ese nombre era el suyo. Luz. Exactamente lo que usted representaba para mí en todos mis amaneceres de autobús, oscuros y lóbregos. Para mí, amanecía cada día exactamente a las ocho y veintidós.

A final de la primavera, la sorprendí leyendo “La Crónica del pájaro que le da cuerda al mundo” de Murakami; o mejor debería decir que fue usted quien me sorprendió a mí. Habíamos compartido el mismo gusto por todos aquellos títulos con que usted se deleitaba durante sus viajes en autobús, pero nunca pensé que podría ser aficionada a la literatura oriental, tan lejana a nuestra cultura. No lo dudé ni un instante y me compré el libro esa misma tarde, lo que, sin duda, fue una de las decisiones más acertadas de toda mi vida. No sólo porque me descubriera usted, sin saberlo, un autor interesante y me abriera nuevas perspectivas literarias, sino por lo que ocurrió cuando se dio cuenta de que estábamos leyendo el mismo libro en el autobús —aunque yo prácticamente no leía nada y me limitaba a observarla pasar las hojas, apartarse el pelo de la cara, morderse delicadamente el labio inferior…—  Usted aquella mañana de mayo, me deleitó con su sonrisa y yo, instintivamente, ruborizado, se la devolví. Fue sólo un instante fugaz, quizás no llegara si quiera a un segundo, una fracción insignificante de una vida humana, pero para mí fue más que suficiente. Nunca me he sentido tan cerca de alguien, en una comunión tan absoluta como en aquella milésima de segundo, cuando se entrecruzaron nuestras sonrisas cómplices, gracias a Murakami.

El once de junio salí tarde de trabajo y, como si el destino nos hubiera unido a los tres —a usted, a mí y a la línea 26 del autobús urbano— coincidimos también en el viaje de vuelta. Tenía aspecto de estar cansada, aunque su luz se abría paso frente el agotamiento. Se bajó en su parada habitual y echó a andar en dirección a los edificios. No lo dudé, pero le confieso que tampoco lo tenía pensado. Fue un acto reflejo, un movimiento instintivo. Algo tiró de mí, salté como impulsado por un resorte y me deslicé furtivamente detrás suyo. Mantuve prudentemente cierta distancia, por miedo a ser descubierto. Esa tarde marcó un punto de inflexión en nuestra relación. Por fin iba a conocer su refugio, su hogar, donde pasa las horas que no está conmigo —si ignoramos, evidentemente, las que pasa trabajando.

Era una típica urbanización de las afueras, de altos edificios, de personas jóvenes que viven unas ajenas a las demás. En fin, usted sabe perfectamente donde vive. Entró en un portal y anoté mentalmente el número. Debe saber —no sé si lo habrá arreglado su Comunidad después de tantos meses— que tienen la puerta de la calle averiada. Se lo aviso porque desde aquel día me perturba que cualquier desaprensivo pueda seguirla hasta su domicilio. ¡Y yo no estaría con usted para socorrerla! Le confieso que este pensamiento me ha amenazado desde entonces y que, alguna vez, me he bajado en su parada sólo para comprobar que usted llegaba bien a casa.

Me acerqué al ascensor, donde se había subido y comprobé que se detenía en la planta diez y seis. Me imaginé que usted no se sentiría a gusto viviendo en una planta tan alta. Yo, desde luego, sería incapaz de hacerlo y por eso me compré una casa en las afueras que, si bien es verdad que me obliga a estar metido en el autobús bastante tiempo, me permite vivir sin preocuparme por los siempre molestos vecinos. Calculé mentalmente: el edificio tenía 18 plantas; a 4 viviendas por planta son un total de 72 viviendas, que con una media de 3 miembros, hacen un total de 213 insufribles vecinos, que no eran capaces de arreglar el mísero portal de la entrada.

Este razonamiento me alarmó porque, según las estadísticas, en su piso deberían vivir también tres personas, lo que significaba que usted no viviría sola y que —desde que descubrí que no llevaba alianza, me había relajado y nunca había vuelto a reparar en ello— usted podía estar casada e, incluso tener algún hijo. Me acerqué casi perdiendo el sentido hacia los buzones y busqué, inmediatamente, los que correspondían a la planta 16. Enseguida me tranquilicé, allí estaba usted, sin duda, “Elena García Fernández”, sola en su buzón, como invitándome a pasar.

Elena, tenía que ser Elena, me fui pensando mientras volvía a mi casa en el 26. Nombre de origen griego que significa “la que resplandece”, rezaba en la palma de mi mano la respuesta a la pregunta que había lanzado en Internet. Usted era perfecta en todo, también en el nombre.

Los siguientes días del mes de julio coincidimos, como siempre, en nuestro viaje matinal, pero me acostumbré a almorzar en el centro y esperar unas horas haciendo tiempo, mientras la esperaba para que volviéramos juntos a casa, ya bien entrada la tarde.

El mes de agosto se me hizo eterno, interminable. Intentaba pensar si habría alguna forma de localizarla en su lugar de vacaciones pero, lamentablemente no encontré ninguna. No me quedó otro remedio que montarme todas las mañanas en el mismo 26 donde habíamos forjado nuestra relación. Debido a que yo también estaba de vacaciones, y que ya no tenía que trabajar, resultaba un poco tedioso hacer tiempo hasta la tarde por si la veía montarse de nuevo en el autobús. Finalmente, tomé la decisión de esperar junto a su casa, en el parque que hay junto a su edificio, esperando a verla a usted o, al menos, a descubrir una señal que me indicara que, por fin, había vuelto. No fue fácil, aunque encontré fuerzas de flaqueza, esperando a  que usted apareciera. Sabrá muy bien que aquel parque está un poco huérfano de sombra y, en algunos momentos, el calor que pasaba esperando al sol, llegaba a resultar ciertamente sofocante.

Po fin llegó septiembres y allí estuvo usted de nuevo, puntual en nuestro autobús número 26 de las ocho y veintidós de la mañana. Observé que tenía el pelo algo más largo y la piel, quizás menos pálida, pero no había perdido nada del encanto que me llevó, aquel día de enero, a fijarme en usted. Leía “La guerra del fin del mundo” del genial peruano Mario Vargas Llosa y volví a sentirme en comunión con usted.

Las siguientes semanas fueron maravillosas y retomamos nuestra relación justo en el punto en el que la habíamos dejado hacía poco menos de un mes.

Sin embargo, un buen día, usted me dejó. Fue el momento más triste de mi vida y, creame, si le digo que, desde entonces, me cuesta encontrar una razón para seguir viviendo. Fue un 13 de octubre el primer día en que usted falló a nuestra cita puntual en el 26. Y, después de aquella fatídica cifra, hubo un catorce y un quince, llegó noviembre y pasó diciembre, y nunca más volvimos a vernos. Allí estábamos yo y aquella señora leyendo una novela de amor, con una portada diferente, y sin embargo igual a todas las que le había visto antes.

Por eso le escribo esta carta, a aquella dirección que furtivamente encontré aquel día en que la acompañé a su casa. No podía pasar un mes más sin saber de su existencia, aunque eso significara revelarle la mía.

Mañana tomaré, puntual como siempre, el autobús de la línea 26 a las siete treinta y cinco y, a las ocho y veintidós, la estaré esperando. Si usted quiere, podemos hablar. Soy un gran conversador, a pesar de no tener, la verdad, demasiadas personas con quienes cultivar el placer de una buena charla. Si usted quiere, ignóreme. Retomemos nuestra relación en los mismos términos en que la dejamos.

Pero, por favor, no vuelva a dejarme solo, como hizo aquel día, maldita sea la hora, en que decidió comprarse un coche.

domingo, 3 de junio de 2012

Algunas preguntas para un "hombre bueno"

Bueno, pero ¿para qué?
Dices que no eres sobornable,
pero el rayo que cae sobre la casa tampoco es sobornable.
De lo que una vez has dicho no te retractas.
Pero, ¿qué has dicho?
Dices que eres honesto, que lo que piensas lo dices.
Pero, ¿qué piensas?
Que eres valiente. ¿Contra quién?
Que eres sabio. ¿Para quién?
No te preocupa tu beneficio personal.
¿El de quién entonces?
Que eres un buen amigo. ¿De buena gente?
Entonces escucha: sabemos que eres nuestro enemigo.
Por eso ahora vamos a mandarte al paredón.
Pero teniendo en cuenta tus méritos y tus buenas cualidades,
será un buen paredón, y te dispararemos
con buenas balas de buenos fusiles
y te enterraremos con una buena pala en una buena tierra.

Nuestras derrotas no demuestran nada
Cuando los que luchan contra la injusticia
muestran sus caras ensangrentadas,
la incomodidad de los que están a salvo es grande.
¿Por qué se quejan ustedes?, les preguntan.
¿No han combatido la injusticia? Ahora
ella los derrotó.
No protesten.
El que lucha debe saber perder
El que busca pelea se expone al peligro.
El que enseña la violencia
no debe culpar a la violencia.
Ay, amigos.
Ustedes que están asegurados,
¿por qué tanta hostilidad?
¿Acaso somos
vuestros enemigos los que somos
enemigos de la injusticia?
Cuando los que luchan contra la injusticia
están vencidos,
no por eso tiene razón la injusticia.
Nuestras derrotas lo único que demuestran
es que somos pocos
los que luchan contra la infamia.

Y de los espectadores, esperamos
que al menos se sientan avergonzados.

Bertolt Brecht

viernes, 11 de mayo de 2012

UN PUÑADO DE REFLEXIONES SOBRE EL PAPEL DE TWITTER EN LA COMUNICACIÓN POLÍTICA Y ELECTORAL


Últimamente, algunos de los más prestigiosos consultores políticos españoles se han enfrascado en un debate on-line alrededor de la utilidad, o no, de Twitter en política. Todos han hecho un magnífico trabajo y todas las lecturas me han resultado tremendamente interesantes y me han aportado mucha luz sobre esta cuestión. Pero, la verdad es que no he podido evitar la tentación de aportar mi granito de arena al debate. No quiero echar más leña al fuego, pero sí poner un poquito de la mía encima de la mesa.

Cuando escucho y leo algunos comentarios sobre Twitter, siempre me acuerdo de Henri Bergson, cuando venía a decir eso de que nuestra tendencia a establecer categorías y clasificaciones era como intentar pillar el argumento de una película, observándola fotograma a fotograma. La realidad es un continuo y discutir sobre si Twitter es un medio de comunicación o una red social nos aleja de la auténtica realidad: Twitter es Twitter. Ni todos los usuarios nos acercamos igual a esta herramienta, ni el uso que se hace de ella es igual hoy que ayer y, probablemente, mañana sea muy diferente. Pero, lo queramos o no, Twitter está en escena. Quizás no sea el protagonista, pero está y tiene “su” papel.

Por otra parte, el debate sobre si es bueno o malo en política, útil o inútil, así sin más, para todos los escenarios, en todas las campañas, en cualquier parte del mundo, me parece que simplemente tiende a alejarnos de la realidad. Quizás se equivoquen aquellos que quieren ver en él la herramienta democratizadora definitiva, que ha venido a revolucionar los procesos de generación de eso que llamamos “opinión pública”. Quizás se equivoquen aquéllos que manifiestan que no sirve para nada, o para casi nada. O quizas todos tengan una parte de razón. Lo que está claro es que está y no podemos mirar para otro lado.

“El medio es el mensaje”. Todos los que nos dedicamos, en mayor o menor medida, al mundo de la comunicación, llevamos grabada a fuego esta máxima de Marshall McLuhan. Evidentemente la podemos aplicar también a Twitter, porque el hecho de utilizar esta herramienta transmite un mensaje en sí mismo. Por tanto, insisto en el hecho de que creo que no se trata de que sea intrínsecamente bueno o malo, pero es evidente que “no estar” emite un mensaje, y que “estar” emite otro muy diferente y que, por lo tanto, desde el punto de vista de la comunicación política, lo que debemos es tenerlo en cuenta y saber si nos interesa emitir ese mensaje o el contrario, y siempre será mejor intentar controlar lo que comunicamos porque es imposible no comunicar.

Twitter es sesgado. Ya sea para emitir, recibir, dialogar, observar, pulsar la realidad, o cualquier otra cosa que se nos ocurra que se puede hacer con él, lo que es evidente es que existe un sesgo sociodemográfico en el uso de esta herramienta. Si atendemos a los datos del estudio del uso de Twitter en España realizado por ADIGITAL (Asociación de la Economía Digital) de julio de 2010, hace casi un año, el perfil del usuario de Twitter en España era mayoritariamente el de un hombre joven, cuya edad oscilaba entre los 25 y los 44 años, con formación de grado superior y trabajador por cuenta ajena. Por otro lado, cabe señalar que casi la mitad de los usuarios vivían en Madrid y Cataluña. Evidentemente este perfil está muy lejos de ser una fiel traslación del de la sociedad española y debemos ser muy cuidadosos a la hora de interpretar hasta qué punto un sentir, más o menos multitudinario en Twitter, es reflejo o tiene reflejo en la opinión pública, pero no podemos obviar algunos aspectos importantes.

En primer lugar, no es un medio nada desdeñable en cuanto al número de usuarios potenciales. Las últimas cifras de Nielsen Netratings muestran como la red social, en España, ha pasado de registrar 1,5 millones de usuarios únicos en diciembre de 2009, a alcanzar una audiencia de 2,8 millones de usuarios únicos en diciembre de 2010 que, para que nos hagamos una idea, vendría a situarse en cifras próximas a la audiencia media de un programa líder como “Hoy por hoy” de la Cadena Ser. ¿Os imagináis a algún candidato rechazando una entrevista de Francino? De todas formas, por ser fiel a la realidad, para igualar la audiencia de Francino tendríamos que ser capaces de que nos siguieran absolutamente todos los usuarios de Twitter españoles. Si atendemos a los datos de la última Campaña de Elecciones Generales en España, ninguno de los candidatos alcanzó esta cifra. Rajoy tenía unos 108.000 seguidores, mientras que Rubalcaba tenía 74.000 y, francamente, la mayoría de ellos militaban en las respectivas parroquias. Tiene mucha razón Luis Arroyo cuando dice que, en general, “los que te siguen están ya convencidos”.

De todas formas, si vemos el “Klout Score” (indicador de medida de la influencia en redes sociales en una escala de 1 a 100) de Rajoy, por ejemplo, vemos que el Presidente del Gobierno tiene hoy más de 300.000 seguidores que llevan a cabo unos 14.000 retweets y unas 120.000 menciones —aquí, evidentemente, las habrá de partidarios y detractores—, y se le calcula una influencia real sobre unas 170.000 personas. No voy a profundizar demasiado en un aspecto que, por otra parte, creo que es un elemento muy a tener en cuenta, pero para interpretar estos datos debemos partir de la base de que todos somos mucho más permeables a un argumento propagado por personas a las que seguimos, que por el propio personaje político en cuestión, como nos demuestran los datos de la investigación de mercado Global Web Index, y como creen firmemente la mayoría de las empresas presentes en Internet, que no paran de intentar captar a nuevos “influenciadores”.

Este último dato puede ser interpretado de muchas maneras: alto, bajo, bueno, malo… cada candidato y cada campaña deberá valorar si estas cifras son rentables poniéndolas en relación con lo que les cuesta llevar a cabo la denominada campaña 2.0. Siento no poder extraer una conclusión a este respecto ya que este mercado se encuentra en una fase en la que podemos encontrar desde quienes contratan a algún “visionario o gurú”, que cobra una fortuna por este “elemento imprescindible y decisivo de la campaña electoral”, a quienes lo resuelven con voluntarios de mayor o menor capacidad con, a menudo, muchas ganas pero pocos conocimientos. En este sentido, si se hace un sencillo cálculo del coste por impacto —una medida muy habitual para el cálculo de la rentabilidad de cualquier acción publicitaria—, se podrá saber si tal candidato ha hecho el “canelo” o ha conseguido sacar provecho de sus escasos recursos económicos. Aquí suele haber de todo, y, por mi experiencia, quiénes menos tienen suelen sacar más partido a este tipo de comunicación, que puede conseguir un buen nivel de impacto a unos precios más que razonables. Esto no es la tele, pero es que la televisión suele costar muchísimo más y está, sobre todo en España, bastante más regulada y no suele tratar demasiado bien a los partidos sin representación parlamentaria, que también tienen que establecer sus estrategias de comunicación y para quienes Internet, a menudo, es la alternativa más rentable.

Hasta este momento he querido ser muy pragmático, pero quiero terminar esta breve aportación —sin ninguna pretensión de agotar el tema en cuestión, que tiene enormes y apasionantes matices y que soporta, como estamos comprobando, toneladas de bits—, mencionando un aspecto que, desde mi punto de vista, tiene más valor cualitativa que cuantitativamente.

La credibilidad de nuestros políticos está por los suelos. La confianza y el interés de las “personas normales” —permítaseme el uso de este término— por las cosas de los políticos —que no por la política— se encuentra bajo mínimos, lo que lleva al votante a ser bastante impermeable a los mensajes lanzados desde el mundo de la política. Creo que debemos, por tanto, reflexionar no sólo alrededor del uso de herramientas para “colocar” mensajes. Los políticos no andan sobrados de baños de realidad, ni de contacto real con el “ciudadano de a pie” —otro término clásico que me tomo la licencia de utilizar—. Por tanto, si Twitter, o Facebook —o lo que sea que aparezca mañana—, le permiten recibir mensajes desde la sociedad, aunque sean sesgados y vengan en pequeñas dosis homeopáticas de 140 caracteres, bienvenidos sean. Confieso que, más que como un medio para transmitir mensajes, me gustan estas herramientas porque permiten acercar a muchos ciudadanos a unos políticos que rara vez se suelen poner a tiro. Y, evidentemente, no podremos dialogar con todos —es ciertamente imposible—pero siempre será mejor que vivir aislado en un despacho, alimentándote de una realidad también sesgada, que importa a muy poca gente y filtrada por unos medios de comunicación que también dejan mucho que desear. Las distintas herramientas que nos aporta Internet no son la panacea, pero representan una bocanada de aire fresco después de lustros de comunicación mediada: Comunicar es dialogar, hoy más que ayer y, tengo la esperanza, menos que mañana.

Y, dicho esto, voy a “tuitear” que he escrito esta entrada en el blog a todos mis seguidores


Antonio Hernández Espinal @el_hermeneuta

Senior Partner de Dialoga Consultores