lunes, 4 de junio de 2012

LA LÍNEA 26


(Un relato breve de Antonio Hernández Espinal)


Querida Elena,

Después de tantos meses, he considerado necesario ponerme en contacto con usted por medio de esta carta.

Hoy hace justo un año que nos conocemos o, por decirlo con más propiedad, que yo la conocí a usted Es curioso, pero lo recuerdo perfectamente, a pesar de que en aquel momento no era consciente de que ese hecho me iba a marcar la vida ¡Tenemos tanto en común!

Soy una persona acomodada que he podido organizar todos y cada uno de los aspectos que rodean  mi vida, justo a la medida de mis necesidades. Tengo un buen trabajo, considerando que un buen trabajo es aquel en el que me pagan mucho más de lo que quizás merezco por la labor que desempeño, y que me da suficiente tiempo libre como para no tener que vivir exclusivamente para trabajar. No trabajo de cara al público, gracias a Dios; nunca me ha gustado demasiado tratar con la gente. Por eso vivo cómodamente, en una soledad elegida y bien administrada, en una amplia casa —quizás demasiado para mí— en las afueras. Soy un hombre cultivado y muy prudente, aficionado a la buena literatura y usuario diario del transporte público, ya que detesto los coches y ni siquiera tengo permiso de conducir.

Fue en enero, me dirigía a mi trabajo en autobús, como hago todos los días. Es la misma línea 26 que ambos solemos tomar y que nos lleva por un interminable recorrido hasta el centro, donde ambos tenemos nuestro trabajo. Yo suelo cogerlo a las siete y treinta y cinco y usted lo hace a las ocho y veintidós, puntualmente, todos los días. Nunca se ha retrasado, ni me ha sorprendido tomando el autobús que pasa cinco minutos antes, ni el que lo hace cinco minutos después. Siempre el mismo, y eso la hace aún más fascinante.

Como le decía, era enero y hacía mucho, mucho frío. Era uno de esos días de enero lluviosos y desagradables en los que uno está deseando ponerse a cubierto para calentarse un poco. Son días en los que el obligado tránsito hasta el trabajo, o de vuelta a casa, se vuelve insoportable, se hace más largo que nunca, si cabe. Y usted sabe bien que en días así el autobús suele ir repleto hasta la bandera.

A menudo suelo llevar algún libro a mano pero en esta ocasión no llevaba nada, así que me dediqué, como he hecho tantas veces, a observar a las personas que abarrotaban aquel autobús. Las juzgo en silencio y aventuro cómo serán sus vidas. Me gusta sacar conclusiones según los hábitos que observo en ellos. Si leen tal o cual cosa, si se quedan dormidos; veo cómo visten cada día o si juegan o hablan por el teléfono móvil.

He de confesarle que soy terriblemente bueno en esto. Me imagino, por ejemplo lo aburrida que tiene que ser la vida de esa señora que, desde que la conozco, lee novelas de amor sentada en el autobús. Cuando hablo de novelas de amor, no me refiero a grandes obras de la literatura universal, como “Desayuno con diamantes”, “Lolita” o “Cumbres borrascosas”. Me refiero a esas novelillas de poca calidad que suelen tener dibujos, en la portada, de hombres musculosos, con el torso desnudo y moreno, que abrazan a mujeres vestidas como si se hubieran escapado de “Lo que el viento se llevó”, que se ofrecen lánguidas, presas de un amor arrebatado y pecaminoso. Todo sobre un fondo de acantilados en un atardecer con tormenta. —¿Por qué dibujan a estos señores con el torso desnudo, con el día tan feo que hace?— No sé si se habrá percatado de la existencia de esa señora, de que ella nunca se arregla, ni se pinta, y lleva años con la misma ropa, pero se entrega con fruición a la lectura de esas novelillas, para huir, sin duda, de una vida aburrida y sin emociones. Una vez se me sentó a mi lado y pude comprobar, con desagrado, que huele a gato. Un olor insoportable y penetrante que no puedo resistir, le confieso. Sin duda vive sola, probablemente acompañada por uno o más felinos. En fin, esta mujer desagradable y solitaria no viene al caso, sólo quería ilustrarle mi afición a observar a las personas cuyos destinos convergen por azar con el mío, unos minutos, en el autobús de la línea 26 y que me ayudan a matar el tiempo que tengo que invertir obligatoriamente en mis traslados.

Pero aquel maravilloso día de enero fue diferente porque usted entró en mi vida. Fue, como tienen que ser las sorpresas agradables, sin avisar. Fue como un rayo de sol en aquel día lluvioso. Desde entonces, los viajes en la línea 26 no han vuelto a ser los mismos.

La verdad es que no la vi entrar. Había demasiadas personas en el autobús aquella mañana y yo estaba sentado en el fondo, pendiente de la conversación de una muchacha vulgar y gritona con el que supuse que era su novio. Cuando me aburrí de la conversación empecé a mirar al resto del pasaje, pero no encontré a nadie que captara mi atención.

Buscando algo que me ayudara a matar el tiempo alcancé a ver, por fin, su reflejo en el cristal. Aquella visión fue hipnótica, fue una revelación, una epifanía. Su imagen aparecía desdibujada, cambiante, pero intuí su belleza, su piel rosada y pálida y aquellos rizos anaranjados con que tanto he soñado desde entonces. Quería ver su imagen nítida, pero se me escapaba, a veces por el efecto de las luces de la ciudad, que igual me la revelaban con claridad un instante, que la oscurecían o la teñían de colores imposibles, como si se hubiera escapado de un cuadro de Chagall. Su reflejo se iba desfigurando por el efecto de las gotas de agua que salpicaban aquel cristal grabado —no lo olvidaré nunca—con el letrero de “Romper en caso de emergencia”, que se exhibía como una amenaza, puesto que en aquel momento aquel cristal era la bola mágica que unía mi mundo con el suyo. Si se rompía, aunque fuera por una emergencia real, como un incendio o un accidente, usted y yo podríamos quedar separados para siempre y ese pensamiento me angustiaba y me hacía sentir deseos de detener el tiempo, si eso hubiera sido posible.

El autobús se detuvo y usted se levantó por fin. Pude verla en todo su esplendor. Comprobé que aquellos rizos dorados que tanto me habían cautivado estaban, en realidad, mojados y pegados a su cabeza. Se le había corrido el maquillaje y tenía la ropa mojada y pegada al cuerpo —su cuerpo menudo y torneado fue para mí una revelación. Aquella visón duró tan sólo unos segundos, hasta que llegó a su parada, pero su imagen permaneció en mis retinas toda aquella jornada e, incluso, aquella misma noche. No piense mal de mí, me limitaba a rememorar aquel viaje en la línea 26 y de cómo usted había venido a romper el habitual hastío y la monotonía. Yo no la llamé, pero irrumpió en mi vida y la cambió para siempre.

A la mañana siguiente me desperté como un niño en su primer día de colegio, expectante. Volví a tomar el autobús temiendo no volver a verla, enumerando mentalmente las muchas razones que podían hacer que no volviéramos a coincidir. De hecho, yo tomaba todos los días el 26 a la misma hora pero jamás antes la había visto, y eso no era una buena señal, puesto estaba convencido de que, de haberlo hecho, habría reparado sin duda en su presencia —ya le he comentado lo buen observador que soy y cómo suelo reparan con detalle en todos mis insignificantes compañeros de viaje.

Pero allí estaba usted, puntual, como siempre desde aquel día. No fallaba usted ni una sola vez a nuestra cita.

Intenté no perderla de vista cada día desde entonces. Procuraba ocupar algún asiento que me permitiera observarla con detenimiento, memorizar cada uno de sus detalles, de sus gestos. Durante aquellos meses aprendí a apreciar su buen gusto por la buena literatura, la exquisitez de sus movimientos, la deliciosa forma en que le gustaba pasar desapercibida reservándose, sin duda, sólo para mí.

Aquel invierno leyó usted “Sabor a chocolate”, una interesante novela de José Carlos Carmona, un relativamente conocido autor español. Recuerdo que me fijé en que no llevaba alianza, lo que no significaba necesariamente que no estuviera casada. Pero me descubrí contento y aliviado por pensar que usted era libre, libre como yo.

En primavera, leyó usted “El Gran Gatsby”, de Scott Fitzgerald. Yo disfrutaba con sus blusas y agradecí, enormemente, que el clima nos hubiera librado a los dos de unas ropas de abrigo que la ocultan y que no le hacen justicia. En aquella época reparé en que de su cuello pendía un colgante con la letra “E” y estuve semanas elaborando listas, aventurando cual sería su nombre: Edurne, Edelmira, Edna, Eduvigis, Esther, Eleonor, Eloisa o, quizás, el más moderno y desgraciadamente de moda en la época en que sus padres decidieron cómo llamarla, Elisabeth. No, no podía ser Elisabeth. Usted no se merecía llamarse así.

Imagino que puede estar preguntándose por qué no la abordé, ni intenté entablar conversación. La verdad es que yo sabía que usted había reparado en mi existencia. Alguna vez nuestras miradas se habían cruzado en el autobús. Cuando eso ocurría, yo fingía recorrer el interior del vehículo con la mirada, fijando la vista en otras personas, a pesar de que ya no me importaba nadie más que usted Me sabía patético y sé que jamás la pude engañar con ese ardid, pero comprenderá que no sabía cuál iba a ser su reacción y no quería, no podía permitirme perturbar, de aquella manera, la relación que habíamos forjado día a día, en aquel autobús de la línea 26.

A veces, el azar hacía que se sentara a mi lado, lo que yo solía recibir con tal estremecimiento, que temía que usted se percatara y saliera huyendo de mí. Pero eso nunca ocurrió. En esos días me deleitaba con su suave y grácil movimiento de manos, con sus uñas cuidadas y pintadas, con su magnífico gusto para elegir sus pulseras o su reloj pero, sobre todo, me embriagaba de su perfume, aquel perfume sutil que tenía el poder de trasportarme a otros mundos, que me hacía vivir una vida que no era mía. Un perfume que usted dosificaba, sin duda, con el mimo necesario para que no fuera agresivo, sino sugerente.

Le confieso que, la primera vez que lo olí, dediqué toda la tarde a buscarlo en unos grandes almacenes. Fue una tarea durísima en la que, sin duda, mi pituitaria tuvo que sufrir un sinfín de aromas arrogantes y ofensivos, hasta que di con él, entre otros muchos de una estantería. “Luz” de Victorio & Luccino, en aquel envase transparente y redondo, decorado con tres letras serigrafiadas en rojo sobre. Cuando acerqué el ridículo cartoncito que dispensan para las pruebas, su olor me transportó a aquel autobús de la línea 26, junto a usted, leyendo “Libertad” de Jonathan Franzen. Le confieso con rubor que compré un frasco. Quizás piense que mi comportamiento fue un poco enfermizo pero debe tener presente que aquel recipiente era lo único que nos mantenía unidos a los dos, las muchas horas que teníamos que pasar separados y que se me antojaban eternas. Debería haber intuido que un perfume con ese nombre era el suyo. Luz. Exactamente lo que usted representaba para mí en todos mis amaneceres de autobús, oscuros y lóbregos. Para mí, amanecía cada día exactamente a las ocho y veintidós.

A final de la primavera, la sorprendí leyendo “La Crónica del pájaro que le da cuerda al mundo” de Murakami; o mejor debería decir que fue usted quien me sorprendió a mí. Habíamos compartido el mismo gusto por todos aquellos títulos con que usted se deleitaba durante sus viajes en autobús, pero nunca pensé que podría ser aficionada a la literatura oriental, tan lejana a nuestra cultura. No lo dudé ni un instante y me compré el libro esa misma tarde, lo que, sin duda, fue una de las decisiones más acertadas de toda mi vida. No sólo porque me descubriera usted, sin saberlo, un autor interesante y me abriera nuevas perspectivas literarias, sino por lo que ocurrió cuando se dio cuenta de que estábamos leyendo el mismo libro en el autobús —aunque yo prácticamente no leía nada y me limitaba a observarla pasar las hojas, apartarse el pelo de la cara, morderse delicadamente el labio inferior…—  Usted aquella mañana de mayo, me deleitó con su sonrisa y yo, instintivamente, ruborizado, se la devolví. Fue sólo un instante fugaz, quizás no llegara si quiera a un segundo, una fracción insignificante de una vida humana, pero para mí fue más que suficiente. Nunca me he sentido tan cerca de alguien, en una comunión tan absoluta como en aquella milésima de segundo, cuando se entrecruzaron nuestras sonrisas cómplices, gracias a Murakami.

El once de junio salí tarde de trabajo y, como si el destino nos hubiera unido a los tres —a usted, a mí y a la línea 26 del autobús urbano— coincidimos también en el viaje de vuelta. Tenía aspecto de estar cansada, aunque su luz se abría paso frente el agotamiento. Se bajó en su parada habitual y echó a andar en dirección a los edificios. No lo dudé, pero le confieso que tampoco lo tenía pensado. Fue un acto reflejo, un movimiento instintivo. Algo tiró de mí, salté como impulsado por un resorte y me deslicé furtivamente detrás suyo. Mantuve prudentemente cierta distancia, por miedo a ser descubierto. Esa tarde marcó un punto de inflexión en nuestra relación. Por fin iba a conocer su refugio, su hogar, donde pasa las horas que no está conmigo —si ignoramos, evidentemente, las que pasa trabajando.

Era una típica urbanización de las afueras, de altos edificios, de personas jóvenes que viven unas ajenas a las demás. En fin, usted sabe perfectamente donde vive. Entró en un portal y anoté mentalmente el número. Debe saber —no sé si lo habrá arreglado su Comunidad después de tantos meses— que tienen la puerta de la calle averiada. Se lo aviso porque desde aquel día me perturba que cualquier desaprensivo pueda seguirla hasta su domicilio. ¡Y yo no estaría con usted para socorrerla! Le confieso que este pensamiento me ha amenazado desde entonces y que, alguna vez, me he bajado en su parada sólo para comprobar que usted llegaba bien a casa.

Me acerqué al ascensor, donde se había subido y comprobé que se detenía en la planta diez y seis. Me imaginé que usted no se sentiría a gusto viviendo en una planta tan alta. Yo, desde luego, sería incapaz de hacerlo y por eso me compré una casa en las afueras que, si bien es verdad que me obliga a estar metido en el autobús bastante tiempo, me permite vivir sin preocuparme por los siempre molestos vecinos. Calculé mentalmente: el edificio tenía 18 plantas; a 4 viviendas por planta son un total de 72 viviendas, que con una media de 3 miembros, hacen un total de 213 insufribles vecinos, que no eran capaces de arreglar el mísero portal de la entrada.

Este razonamiento me alarmó porque, según las estadísticas, en su piso deberían vivir también tres personas, lo que significaba que usted no viviría sola y que —desde que descubrí que no llevaba alianza, me había relajado y nunca había vuelto a reparar en ello— usted podía estar casada e, incluso tener algún hijo. Me acerqué casi perdiendo el sentido hacia los buzones y busqué, inmediatamente, los que correspondían a la planta 16. Enseguida me tranquilicé, allí estaba usted, sin duda, “Elena García Fernández”, sola en su buzón, como invitándome a pasar.

Elena, tenía que ser Elena, me fui pensando mientras volvía a mi casa en el 26. Nombre de origen griego que significa “la que resplandece”, rezaba en la palma de mi mano la respuesta a la pregunta que había lanzado en Internet. Usted era perfecta en todo, también en el nombre.

Los siguientes días del mes de julio coincidimos, como siempre, en nuestro viaje matinal, pero me acostumbré a almorzar en el centro y esperar unas horas haciendo tiempo, mientras la esperaba para que volviéramos juntos a casa, ya bien entrada la tarde.

El mes de agosto se me hizo eterno, interminable. Intentaba pensar si habría alguna forma de localizarla en su lugar de vacaciones pero, lamentablemente no encontré ninguna. No me quedó otro remedio que montarme todas las mañanas en el mismo 26 donde habíamos forjado nuestra relación. Debido a que yo también estaba de vacaciones, y que ya no tenía que trabajar, resultaba un poco tedioso hacer tiempo hasta la tarde por si la veía montarse de nuevo en el autobús. Finalmente, tomé la decisión de esperar junto a su casa, en el parque que hay junto a su edificio, esperando a verla a usted o, al menos, a descubrir una señal que me indicara que, por fin, había vuelto. No fue fácil, aunque encontré fuerzas de flaqueza, esperando a  que usted apareciera. Sabrá muy bien que aquel parque está un poco huérfano de sombra y, en algunos momentos, el calor que pasaba esperando al sol, llegaba a resultar ciertamente sofocante.

Po fin llegó septiembres y allí estuvo usted de nuevo, puntual en nuestro autobús número 26 de las ocho y veintidós de la mañana. Observé que tenía el pelo algo más largo y la piel, quizás menos pálida, pero no había perdido nada del encanto que me llevó, aquel día de enero, a fijarme en usted. Leía “La guerra del fin del mundo” del genial peruano Mario Vargas Llosa y volví a sentirme en comunión con usted.

Las siguientes semanas fueron maravillosas y retomamos nuestra relación justo en el punto en el que la habíamos dejado hacía poco menos de un mes.

Sin embargo, un buen día, usted me dejó. Fue el momento más triste de mi vida y, creame, si le digo que, desde entonces, me cuesta encontrar una razón para seguir viviendo. Fue un 13 de octubre el primer día en que usted falló a nuestra cita puntual en el 26. Y, después de aquella fatídica cifra, hubo un catorce y un quince, llegó noviembre y pasó diciembre, y nunca más volvimos a vernos. Allí estábamos yo y aquella señora leyendo una novela de amor, con una portada diferente, y sin embargo igual a todas las que le había visto antes.

Por eso le escribo esta carta, a aquella dirección que furtivamente encontré aquel día en que la acompañé a su casa. No podía pasar un mes más sin saber de su existencia, aunque eso significara revelarle la mía.

Mañana tomaré, puntual como siempre, el autobús de la línea 26 a las siete treinta y cinco y, a las ocho y veintidós, la estaré esperando. Si usted quiere, podemos hablar. Soy un gran conversador, a pesar de no tener, la verdad, demasiadas personas con quienes cultivar el placer de una buena charla. Si usted quiere, ignóreme. Retomemos nuestra relación en los mismos términos en que la dejamos.

Pero, por favor, no vuelva a dejarme solo, como hizo aquel día, maldita sea la hora, en que decidió comprarse un coche.